• La pasión según G.H. de Clarice Lispector

    La novela nace de un gesto tan cotidiano como entrar a un cuarto, pero dentro de esa habitación le espera a G.H. un encuentro que la invita a enfrentar algo que tal vez había estado evitando durante mucho tiempo. ¿Quién no ha entrado a una habitación esperando que sea de cierto modo y se ve sobrecogido por todo lo contrario? La luz o la oscuridad te invaden, el frío o el calor se sienten profundamente, el soplo del viento o la quietud te aprietan, rincones en la habitación atraen poderosamente tu vista. Y puede ser agradable o desagradable, pero es una sensación de descubrimiento y, más aún, te da inquietud porque sabes que lo que vas a descubrir no es solamente el entorno que te rodea, sino que las sensaciones que te provoca te llevarán a un viaje interno donde tendrás que recorrer caminos que habías evitado por mucho tiempo. Tal vez existe un punto en el que puedes evitar seguir avanzando y puedes regresar a tu cómoda —o incómoda pero conocida— vida, pero cuando ya estás ahí sabes que lo que debes hacer es avanzar.

    ¿Alguna vez has sentido que lo primitivo de la vida te toca? Eso que se siente puro y primitivo y que ni siquiera puedes poner en palabras, como cuando fui a Mazamitla y la pantera bebé me vio a los ojos. Me sobrepasó, pero al mismo tiempo me repuse de inmediato porque había mucha humanidad alrededor de mí que no me dejó quedarme dentro de sus ojos; para los demás ni siquiera pasó nada. Pues bueno, a G.H. le pasó algo mucho mayor: vio lo primitivo en un ser que es sumamente primitivo y que además era producto de miedo, asco y horror para ella desde siempre: una cucaracha.

    La parte de su identidad que se desmorona primero es su moral. La invadió el deseo de matar a la cucaracha y en su mente solo había eso de manera pura. Quién sabe, si la hubiera matado en el primer intento este libro no habría existido y G.H. se habría repuesto pronto, pero no la mató; solo la atrapó entre la puerta del armario y empezó a brotarle la vida desde su interior.

    Esta historia es completamente experiencia, pero también es completamente racional porque está basada en la vida, en conclusiones que se desprenden de la mente una vez que experimentas lo que te rodea. Todo es tan lógico como decir que si lanzas una manzana hacia arriba va a caer. Lo que descubrió G.H. está destinado a golpearnos mínimamente una vez en nuestra existencia. Pero es una experiencia tan irremediable que tal vez inconscientemente la evitamos; por eso siempre queremos estar ocupados y nos da miedo tener tiempo libre, porque no sabemos ser libres.

    De la protagonista de esta historia no hace falta ni siquiera saber su nombre, solo sus iniciales, sobre todo porque casualmente una de ellas coincide conmigo y yo sentí todo esto tan personal que también me resultó muy natural. Además, cuando tengo miedo yo también imagino una mano que busca la mía para tomarme fuerte; igual no tiene rostro porque no he conocido a nadie que pueda ser esa mano.

    Yo le tengo un miedo y un asco a un insecto que no es la cucaracha, porque donde yo vivo no hay cucarachas, pero le tengo miedo a los pinacates. Son como un tanque en miniatura. Es impresionante el ruido que hacen una vez que entran a una casa volando: chocan con algo y caen. Muchos dicen que lo que digo no es verdad, pero varias veces han entrado a mi habitación por la noche y escucho cómo empiezan a hacer ruido entre mi librero. No sé por qué se atreven a tocar mi librero, pero siempre llegan ahí. Y otra cosa que tampoco me van a creer: siempre entran de dos. Estéticamente se podría decir que son bonitos, completamente negros, brillantes, robustos, de cuerpo ovalado y caparazón duro. Pero además no son tan indefensos como mi papá dice, porque si se sienten amenazados tienen un mecanismo de defensa que les permite lanzar un aroma horrible, muy penetrante, que odio.

    Yo lo siento sumamente personal cuando entran a mi habitación, porque de toda la casa el único lugar al que entran es precisamente ahí. ¿Qué buscan? ¿A mí? Para la próxima vez que sea temporada y empiecen a llover del cielo, se escurran por debajo de la puerta y se dirijan directamente a mi espacio, no les tendré miedo; dejaré que me invada el deseo de matarlos y luego veré cómo ellos destruyen mi “yo” o me brindan una revelación de algo más profundo.

    El asco juega un papel fundamental en la transformación de G.H. Ella lo dice:

    Por el momento, el primer placer tímido que siento es el de constatar que he perdido el miedo a lo feo.

    De pronto, el asco que sentía por la cucaracha y por lo que emanaba de ella al ser aplastada por la puerta del armario se convertía en fascinación. Y esa fascinación le abrió la puerta a ver la verdad. Luego, ella llega a la conclusión de que la verdad no es buena ni mala, simplemente es. Creo que a muchos nos da miedo y por eso tratamos de ocultarla. El asunto de la cucaracha no podía ser disfrazado: era real, era algo vivo agonizando. Eso que estaba viendo, tan asqueroso, le permitía ver un reflejo de su propia naturaleza. Todo eso se convertía en una oportunidad para dejar lo humano a un lado y ver la vida, lo divino y lo primitivo.

    Siento en este relato una conexión profunda con el concepto de “existencia sin esencia”: lo que existe simplemente es, no requiere ni siquiera que lo nombremos. Todos existimos y luego tenemos una esencia.

    Pero este tipo de revelaciones se da solo por casualidad, cuando la realidad te choca. Cuando algo se sale de tus límites, te sobrepasa y se mete dentro. A G.H. le llegó cuando abrió la habitación y vio algo completamente contrario a lo que esperaba. Ella quería limpiar porque eso le permitía sentir que tenía control de su casa y, sin embargo, cuando abrió la puerta se encontró con que esa habitación ya estaba limpia. Dentro de todo, ella esperaba encontrar algo que pudiera ordenar aún, pero no algo tan contrastante como una cucaracha, que además era el objeto de su miedo.

    La imagen más fuerte y simbólica de la novela es cuando G.H. se come la materia blanca que sale del interior de la cucaracha. Eso significa una renuncia a su identidad y a lo humano: es abrazar la náusea, adoptar una libertad radical fuera de las convenciones sociales y racionales.

    He dicho más arriba en este relato que esta es una experiencia que cualquier persona puede vivir; sin embargo, para vivirla tienes que permitir que una cucaracha te haga pensar sobre cosas divinas, que te lleve a reflexionar sobre Dios, sobre la naturaleza del hombre, la mujer, el perro, el desierto y las cucarachas.

  • La voz narrativa en Agua viva de Clarice Lispector se sentía tan cercana que a veces parecía que me estaba susurrando al oído; otras veces, que era alguien a quien yo veía mientras acomodaba apurada sus instrumentos para pintar y me contaba lo que yo estaba leyendo. Sentía que estaba viendo a Clarice siendo ella. No tuve la impresión de estar observando a un personaje, sino a la mismísima autora contándome algo íntimo, casi como cuando tienes una epifanía y la compartes con tus amigos porque “esto lo tienes que saber”.

    Tal vez este tipo de obra es desconcertante porque no tiene una narrativa común, pero justo por eso me deja ver y sentir tanto que me parece maravilloso. Y como vengo de leer a Virginia Woolf, estoy muy abierta a experiencias narrativas nuevas; a Clarice Lispector la recibí con los brazos abiertos.

    A veces me descubro teniendo una idea nueva o un pensamiento provocador y lo que hago es contárselo a la gente de mi confianza, quienes sé que lo van a comprender. Esta obra es algo similar: Clarice diciendo “esto soy yo ahora”. Cuando la mente está llena de preguntas, hipótesis, intuiciones, a veces lo único que quieres es encontrar algo que te permita aterrizar esa intensidad, y eso se logra al comunicarlo. Clarice habla del instante-já, el presente absoluto: eso que se siente como agua porque el tiempo está vivo. Al principio no entendía a qué se refería. Ahora, después de varios días pensando en ello, creo que el arte que ella practicaba —la escritura y la pintura— era un intento de capturar ese presente, aunque en cuanto lo plasmaba se convertía en pasado.

    Sentí que el libro me obligaba a leer más lento y con más atención porque quería sentir todo lo que ella comunicaba. Algunas ideas necesitaban reflexión, no solo lectura, y eso hacía que mi experiencia fuera un poco más pesada… pero esa pesadez la disfruté. Quería que mi lectura no se quedara solo en “tantas páginas leídas”, sino hacerlas mías. Este tipo de libros me permite eso, y ahí está su encanto.

    Hubo fragmentos donde sentí que estaba leyendo mi propio presente. Como cuando habla de su rostro frente al espejo y del placer que le da saber que nadie más tendrá ese rostro. Aunque haya cosas que no me gustan del todo, ese rostro es mío, y nadie más lo va a tener. Eso es hermoso.

    Otro concepto que me llamó la atención es el “it”. Eso que sabemos que existe, pero no podemos nombrar ni clasificar. Algo primitivo, interno, crudo, sin forma. Cuando leí eso pensé inmediatamente en la “existencia” de Sartre: eso que está ahí sin propósito previo, que precede a la esencia, y que tal vez nunca comprendamos del todo pero seguimos persiguiendo para darle sentido.

    La narradora fluye como una corriente: a veces dice “me voy” y luego “volví”. Por eso sentía que leía fragmentos de conversaciones, momentos distintos, lugares distintos. Hay parte de esa dispersión con la que me identifiqué mucho, aunque eso prefiero guardarlo para mí (ya lo dejé anotado en mi registro de lectura).

    Algo muy evidente es que Clarice escribe como quien pinta y pinta como quien escribe. No sé cómo explicarlo, pero usa técnicas de pintura en su escritura y técnicas de escritura al pintar. Agua viva es más un cuadro que una narración, y creo que el ritmo es lo que más genera esa sensación.

    También destaca el deseo, que en este libro se ve entrelazado con lo carnal, lo espiritual y lo artístico. En algunos momentos me hizo sentir expuesta, pero no incómoda.

    Clarice escribe para atrapar lo que no se puede decir, para atrapar el “it”. Por eso su escritura es casi pictórica: quiere capturar algo que no cabe en palabras. Me hizo preguntarme: ¿qué otras cosas solo pueden verse, pero no describirse? Es una pregunta impresionante.

    A veces yo también me quedo sin palabras, pero es porque todavía no tengo las palabras correctas. Justo por eso me dio curiosidad intentar encontrar mi propio “it”: sentir o ver algo que escape de la lógica y la realidad. Siento que estoy destinada a ello.

    Leer sin trama tradicional, después de Virginia Woolf, se siente como encontrar una nueva comida favorita. Tengo claro que quiero seguir leyendo este tipo de literatura: cosas que me hagan sentir que alguien me habla al oído. No solo quiero ver escenas; quiero vivirlas.

    Agua viva me habla sobre mi forma de sentir el tiempo, el deseo y la vida. Es un libro corto que leí en tres días, aunque no de forma lineal: un día leí diez páginas y otro cuarenta. No voy a explicar por qué leí tan poco cierto día; prefiero guardarlo. Pero cada vez que cerré el libro, esos tres días, me quedé con sensaciones distintas, intensas todas.
    Si yo tuviera que describir mi experiencia con este libro en una imagen —honrando que este libro es, en esencia, un cuadro— sería: yo frente al espejo, tratando de dejar de ver mi reflejo para capturar el instante-já.

  • Hace algunos años me había dispuesto a leer Al faro de Virginia Woolf porque me llamaba mucho la atención su persona y sentía que era una gran escritora. Sin embargo, nunca había tenido un acercamiento real con su literatura. La verdad no recuerdo por qué decidí que Al faro sería la obra adecuada para empezar. Solo recuerdo que lo inicié y tenía que releer los párrafos que acababa de pasar porque no entendía; me rendí en las primeras páginas, y así pasó aproximadamente tres años sin volver a intentar leer nada de ella.

    Ahora, en 2025, me encuentro con Las olas y me doy la oportunidad de leerlo. Definitivamente, creo que es de las obras más maravillosas que he leído hasta el momento. La forma en la que está escrito es tan melodiosa, con un ritmo tan distinto a cualquier otro libro que haya leído. Realmente sentí que se asemejaba mucho a cómo escucho mis pensamientos cuando presto atención: cómo describen lo que siento a mi alrededor, lo que escucho, las asociaciones que hago y cómo eso me lleva a recordar otras cosas y sacar conclusiones. Es como un hilo que se va tejiendo y que le da forma a la información que recibo de fuera y a cómo la capto por dentro.

    El lenguaje, el ritmo y la narración me revelaban muchas cosas, y al mismo tiempo me resultaban muy familiares. Era como haber estado antes en esos lugares, pero que ahora se me daban las palabras para describir eso que ya había sentido y pensado. La mayoría del libro lo leí en el patio de mi casa, bajo la sombra de una planta, escuchando los polinizadores llegar e irse, los gritos y risas de los niños de la escuela detrás de mi casa. Estaba sintiendo todo eso y, al mismo tiempo, apreciando lo que Virginia describía a través de los monólogos internos de los seis personajes.

    Me parece encantador que el tema central que reconozco en esta obra es el “ser uno mismo”, aunque paradójicamente se plantee dentro de una narración donde la voz se fragmenta entre seis perspectivas. Cada personaje es tan distinto: tienen diferentes objetivos, miedos y amores, pero al mismo tiempo pareciera que son uno mismo.

    Por momentos dudaba si eran seis personajes distintos o manifestaciones de una sola conciencia; aun así, decido quedarme con que cada uno es un individuo porque eso me permitió conectar más con cada uno. Me gusta creer que puedo coincidir con seis personas diferentes, aunque no sea en su totalidad, y eso lo hace más maravilloso.

    Conforme leía, me iba identificando con uno u otro personaje. En mi registro de lectura escribí que al inicio me identificaba con Susan. Ella fue el primer personaje con el que sentí una conexión: la impotencia que sintió cuando vio que Jinny besaba a Louis, y más adelante cuando dice:

    “No quiero que, al entrar, la gente levante la vista con admiración. Quiero dar, quiero recibir, y quiero soledad en la que desplegar cuanto tengo”.

    Sin embargo, el personaje con el que más me identifiqué fue Rhoda. Tenía una sensibilidad que la llevaba a tener muchos miedos y actuar siempre de manera esquiva, temerosa y silenciosa. Era soñadora y tenía un mundo interno enorme.

    Hubo un momento en el que pensé que Jinny era todo lo que yo nunca podría ser y que, a veces, sinceramente, sí querría ser. Sería algo que hasta ahora ha sido inalcanzable para mí. Pero también soy consciente de que ser Jinny sería renunciar a ser Susan y Rhoda, y no quiero eso nunca.

    Louis tiene algo muy particular: en la historia lo describen como alguien “universal”. Es muy racional. Siempre tuvo el complejo de su acento y de que su papá era banquero. Cuando lo vemos en su etapa adulta, se siente dueño del mundo porque tiene un trabajo importante, como si ese trabajo lo validara. En eso me identifico con él: muchas veces he sentido que mis títulos universitarios me validan porque, fuera de eso, tanto a Louis como a mí se nos ha subestimado.

    La contemplación de Bernard es impresionante; tiene algo que envidio: el don de la palabra. Le es fácil iniciar y mantener conversaciones con desconocidos, siempre tiene algo que decir, una historia que contar. Tiene una libreta de frases adecuadas para cada circunstancia. Escribe cartas. Se siente Hamlet, Shelley, un personaje de Dostoyevski, Napoleón, pero principalmente Byron. Así que ahora yo me voy a sentir Virginia.

    Neville es alguien que mira y desea más de lo que actúa. Es un poco como un hombre del subsuelo, pero que se mantiene en la superficie. Aparenta muy bien porque no quiere que nada se salga del molde, y debe ser difícil para él porque siente un amor que se sale completamente de lo establecido: Neville ama a Percival. La obra rara vez dice las cosas literalmente, pero es imposible no darse cuenta.

    El título de la obra es perfecto porque la forma en que accedo a la vida de cada personaje se siente como una ola: llega de repente y lentamente se va, y luego llega otra. Los saltos en el tiempo también se sienten así. Cada vez que leía el monólogo de otro personaje, sobre todo cuando terminaba un capítulo, sentía que habían cambiado, pero seguían siendo los mismos que conocí al inicio. Creo que la memoria funciona de manera similar: cuando recuerdo mi infancia, llega una ola con un momento específico. No recuerdo todo, pero sí ciertos escenarios con claridad, aunque cada vez esa ola traiga algo distinto o menos preciso.

    Sobre los “capítulos”, hay un simbolismo importante a través de los momentos del día —del amanecer al anochecer—, lo que da estructura a la novela. Esos extractos iniciales son bellísimos porque permiten ver el paso del tiempo a través de lo que los sentidos aprecian. La luz de la mañana no es la misma que la de la tarde, y poder “ver” eso mediante palabras me parece supremo.

    Cada personaje envejeció y se transformó. En las primeras páginas los vi siendo niños; en las últimas, a través de Bernard, los vi siendo viejos. Sé que Rhoda muere: Bernard recuerda que se arrojó desde una altura. Es una forma poética de decirlo, pero no deja lugar a dudas. Rhoda siempre se sintió ajena al mundo, evitaba los espejos y todo lo que pudiera darle una identidad definida.

    Y hablando de muertes: la más importante es la de Percival. Este personaje, para mí, es un misterio. Fue importante para todos; lo conocí a través de sus amigos. Aunque suene impopular, al inicio no entendía la devoción que le tenían: me parecía el típico hombre sumamente bello y correcto, pero sin ver mayor mérito. A mí me gustan los personajes rotos como los seis amigos. Percival parecía perfecto y eso me chocaba un poco. Luego vi a un “Percival” en mi día a día y entendí mejor lo que representaba.

    Cuando murió, afectó a todos. Neville, enamorado de él, fue el más devastado. También se menciona que Percival estaba enamorado de Susan, y paradójicamente ella no parece afectada con la misma intensidad, lo cual es curioso. Con todo, Percival era el centro que mantenía al grupo unido: su muerte les movió el mundo.

    Creo que la amistad entre los personajes les dota de una identidad y los ancla a un mundo “real”. En la historia lo dicen: los amigos son un espejo en el que te puedes mirar. Y aun así, a pesar de la conexión, todos parecen profundamente solos. Pero eso no tiene misterio: todos estamos solos, y muchas veces cuando más rodeados estamos es cuando más solos nos sentimos.

    Sostengo que Las olas es una meditación sobre la persistencia de la memoria. Ya lo dije: la memoria es como el mar; de repente llegan olas que traen recuerdos viejos o cosas nuevas. Otras veces son escuetas. Es raro, pero así es, porque esas olas las lanzamos nosotros mismos.

    Entiendo que este tipo de escritura refleja mejor el pensamiento humano que una narración tradicional. Como dije mientras leía: se sentía como un terreno conocido porque pienso todo el tiempo mientras estoy despierta, y mi pensamiento ha ido por esos mismos caminos. En una narración tradicional leo diálogos; aquí escuché pensamientos.

    Las olas no tiene una visión esperanzadora ni pesimista de la vida. Creo que tiene una visión muy real. Bernard, en las últimas páginas, sostiene que “la vida es bella”, pero también reconoce que a veces se siente como una frase inacabada. Es una imagen fuerte viniendo de quien tenía una libreta de frases para cada situación y para quien las palabras fluían naturalmente. Eso me permite comprender el vacío que sentía en ciertos momentos —algo completamente humano—.

    La imagen que más se me quedó grabada fue la muerte de Percival: esa caída del caballo en la India. Me impactó mucho; no me esperaba su muerte y está descrita con dolor a través de los demás.

    En muchos momentos sentí que el libro me hablaba directamente. Muchas de las formas en que los personajes ven el mundo las he experimentado yo. Me sentí conmovida la mayor parte del tiempo. A veces leo libros que me interesan pero no me conmueven; este me conmovió desde la primera hasta la última página.

    Si tuviera que describir este libro con una sola palabra sería: pensamiento. Y dentro de esa palabra cabe absolutamente todo.

  • Carmilla es una novela muy corta, pero es impresionante la cantidad de emociones que puede llegar a hacerte sentir en aproximadamente 100 páginas. Mis emociones fueron de la fascinación a la incomodidad: así de amplio fue el abanico de sensaciones que experimenté. Empecé a leer el libro justo el 31 de octubre, que es Halloween, y tal vez eso también aportó a que sintiera una atmósfera fría y misteriosa mientras lo leía. Fue encantador.

    Además de la atmósfera gótica que tiene la historia al desarrollarse en un castillo, cuando se habla del lago y del bosque, incluso cuando el general narra el baile de máscaras, una cuestión que también aporta mucho al tono gótico es que hayan terminado con Carmilla en una iglesia abandonada.

    En los últimos meses he visto varias películas de Enrique Taboada, y noté que, como en Carmilla, las iglesias abandonadas son escenarios donde lo sagrado y lo profano se entrelazan; por ejemplo, en El libro de piedra (1969), donde Silvia sube al techo del templo para asustar a la institutriz, o en Veneno para las hadas (1986), donde Verónica y Flavia van a buscar lagartijas para hacer su veneno. ¿Por qué menciono esto? Porque me parece un excelente recurso de las historias góticas que, en lo personal, me gustan mucho, y me di cuenta de que en este último mes lo estuve identificando en distintas narraciones con atmósferas semejantes.

    Regresando a la historia, Laura y su padre definitivamente estaban en una situación vulnerable por el aislamiento en el que vivían; por eso Laura deseaba con tanta vehemencia una compañera. Es curioso que la amiga que Laura estaba esperando haya sido precisamente asesinada por Carmilla, quien llegó a suplir ese vacío. Sin duda eso hace que Carmilla tenga una figura mucho más pérfida y malvada dentro de la historia.

    Siento que la relación entre Laura y Carmilla está sostenida por un vínculo sobrenatural, pero que también explora otras dimensiones, sobre todo la emocional. Desde el momento en que se vieron hubo una conexión especial. Podría ser por la naturaleza de Carmilla que Laura sintió cierto encanto hacia ella, pero lo cierto es que no sólo fue eso, sino que convivieron mucho tiempo y las emociones se fortalecieron.

    En el libro se explica que los vampiros llegan a sentir por sus víctimas cierta fascinación similar a la del amor, y que su placer es mayor cuando logran alimentarse de su víctima con consentimiento. Prácticamente, si quisieran, podrían matar en una sola noche —como lo hizo con varias chicas campesinas—; sin embargo, ella cortejaba a Laura porque quería que se entregara por voluntad propia.

    Es muy claro que el vampiro representa el mal, y por eso se le atribuyen ciertas cualidades que, en la época victoriana, eran consideradas tabú: el deseo femenino, las relaciones lésbicas, el placer como forma de transgresión. Si bien esta historia se escribió como una crítica a la mujer y sus deseos, hoy puede leerse como un referente que empodera precisamente a quienes se quiso silenciar.

    Carmilla se muestra en la historia como una depredadora, y el libro es bastante corto, así que no se profundiza demasiado en la naturaleza de ninguna de las dos protagonistas esa ambigüedad es parte del encanto del relato: deja mucho a la interpretación del lector. Sin embargo, yo no creo que Carmilla sea del todo malvada; más bien la percibo como una figura trágica.

    El vampirismo en esta obra representa muchas cosas: lo prohibido, la enfermedad, la muerte y la belleza que pervierte. Sobre todo, esto último es lo que, creo, ha hecho que el vampiro sea una figura tan atractiva a lo largo del tiempo.

    El acto de alimentarse de otro ser puede verse como algo literal, pero también metafórico: Carmilla amaba tanto a Laura que, como ella misma dijo, era celosa; absorbía toda su atención, su tiempo y su espacio. Los vampiros suelen ser apasionados y, por eso, representan el amor romántico en su forma más extrema. Carmilla dice una de las frases más memorables del libro:

    “Me creerás cruel y muy egoísta, pero el amor es siempre egoísta; cuanto más ardiente, más egoísta. No sabes lo celosa que estoy… No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.”

    No sé si el amor sea egoísta, pero sí sé que todos hemos deseado ser amados con esa devoción alguna vez. Aunque, inevitablemente, surge la pregunta: ¿qué tan sostenible es un amor así? ¿Será por eso por lo que el amante del vampiro siempre termina muriendo?

    La figura femenina en Carmilla hoy está más reivindicada. Lo que se creó para criticar a las mujeres y sus deseos ahora se adopta como símbolo de fuerza, y eso me parece hermoso. Dentro del imaginario gótico, Carmilla representa a la primera vampira de la literatura, y espero que en algún momento su fama sea equiparable a la de Drácula.

    A diferencia de Drácula, el hecho de que las protagonistas sean mujeres cambia la forma en que se perciben el deseo, la fragilidad y el poder. La villana principal es una mujer fuerte e inteligente; la narradora también lo es, y eso le da una visión distinta a la historia.

    El relato mantiene siempre una tensión entre lo erótico y lo aterrador, probablemente porque eso mismo le generaba miedo al autor y a la sociedad de su tiempo. Le Fanu disfrazó sus temores y deseos bajo el velo del terror y lo sobrenatural.

    Cuando empecé a leer la novela, dudaba si era una crítica a los miedos de la sociedad o una reproducción de ellos. Creo que fue lo segundo, aunque me encantaría saber si otros lectores lo perciben distinto.

    Muchos aspectos de la historia siguen vigentes: el monstruo siempre refleja los miedos de su época. El vampiro ya no asusta como antes, pero sigue siendo símbolo de deseo, otredad y fascinación. Por eso vale la pena rescatar esta historia y reivindicar el personaje de Carmilla.

    Carmilla plantea que el mal a veces viene de dentro, y creo que eso sigue siendo actual. Si encontramos en nosotros mismos o en la sociedad ecos del “mal” o del “deseo reprimido”, podemos entender que lo que antes se consideraba pecado hoy puede verse como libertad.

    También me deja reflexionar sobre la necesidad humana de conexión. Laura y su padre estaban vulnerables por el aislamiento, y por eso aceptaron la compañía de Carmilla, quien, aunque misteriosa, los envolvió con su encanto. Esto me recordó a Frankenstein, donde la criatura sufría precisamente por su soledad y necesidad de pertenencia.

    La parte del libro que me resultó más perturbadora y bella fue cuando Laura fue atacada por primera vez por Carmilla: realmente sentí miedo mientras lo leía. La muerte de Carmilla, en cambio, se sintió como una pérdida. Estoy segura de que, si esta historia hubiera sido escrita por una mujer, se habría admitido abiertamente que Laura se entristeció por su muerte.

    Carmilla me hizo empatizar con ella cuando dijo:

    “No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.”
    Porque, aunque no sé si el amor sea egoísta, sé con certeza que el amor no es indiferente.

  • El hombre del subsuelo, para mí, representa a una persona que está enferma de lucidez. Es alguien que, desde la perspectiva en la que se encuentra —que, si lo pensamos seriamente, es una perspectiva socialmente desfavorecedora, desde abajo—, puede ver y ser consciente de cosas que, de otro modo, no serían visibles.

    Para estar en el “subsuelo” tienes que reconocerte como alguien que está ahí porque la sociedad lo puso, pero al mismo tiempo te mantienes en tu lugar porque lo disfrutas. Aunque suene paradójico, estar ahí le brinda cierta ventaja reflexiva e interpretativa de la realidad, a diferencia de quienes ni siquiera saben que el “subsuelo” existe.

    Es alguien que, como el mismo texto lo dice, prefiere un sufrimiento elevado que una felicidad vulgar.

    Creo que “vivir bajo tierra” implica estar en un nivel distinto a todos los demás: en un lugar despreciable para muchos, parecer por debajo del promedio, pero no completamente desconectado, justo en la superficie. Sin embargo, estar en el subsuelo también te permite ir más profundo… ¿tal vez más profundo que tu propia conciencia?

    Las personas que viven en la superficie habitan un mundo soleado, cálido y feliz; constantemente ajetreado, con cosas nuevas siempre, un mundo que te invita a explorarlo. En cambio, quienes viven en el subsuelo están rodeados de penumbras, frío, humedad, silencio y soledad. Ese mundo también te invita a explorar, pero explorar tu interior y llegar cada vez más profundo.

    El protagonista de esta historia, del cual ni siquiera se menciona el nombre, es un hombre del subsuelo. Sabe perfectamente quién es; lo racionaliza constantemente, y por eso conoce sus limitaciones. Pero creo que ser tan consciente de sus limitaciones las hace ver más grandes de lo que realmente son.

    Anhela la normalidad de los demás hombres que lo rodean, pero al mismo tiempo la desprecia. No creo que él realmente se odie: creo que odia cómo lo ven los demás. Odia socializar porque de ese modo tiene que verse a través de los ojos de otros, y eso es muy incómodo, porque choca con su propia idea de quién es él. Sin embargo, también tiene la necesidad de demostrar que no es un ser despreciable y lastimero como lo ven y tratan todos. Eso lo lleva a situaciones muy incómodas, donde termina pareciendo que se odia y se autosabotea.

    Creo que saber demasiado sobre uno mismo sí te lleva a una clase de parálisis. Por eso él mismo menciona que el hombre de acción es un hombre tonto, porque se deja llevar por sus impulsos y nunca razona. En cambio, una persona del subsuelo siempre reflexiona y piensa las cosas mil veces antes de hacerlas, hasta que llega a la conclusión de que no vale la pena hacerlas, y no las hace.

    Mis lecturas anteriores, especialmente La náusea y Frankenstein, tienen puntos en común con el hombre del subsuelo, y el principal es la soledad. Una soledad a veces voluntaria y a veces no, pero que les ha permitido a estos tres personajes crear un mundo interno muy amplio. Tal vez, exceptuando a Roquentin, son seres cuyo sufrimiento tiene como causa a los otros, y son considerados parias sociales.

    El narrador se burla de la idea de que el ser humano siempre elige lo que le conviene, y sinceramente creo que esa es una afirmación irrisoria. Si el ser humano siempre eligiera lo que le conviene, se evitaría muchísimos sufrimientos. Sin embargo, como se menciona, la voluntad siempre está ligada al deseo, y el ser humano no siempre desea lo que le conviene. De hecho, a veces parece desear cosas contrarias a lo que cualquiera le recomendaría. Como dice el autor, muchas veces esto solo es una forma en que el ser humano puede probarse que es realmente libre y que puede desear cosas contrarias a su bienestar, o incluso que sus intereses son contrarios a lo que le traería felicidad.

    “El hombre ama el sufrimiento porque es su voluntad.” Creo que esta frase resume perfectamente lo anterior. Esto no quiere decir que el hombre ame sufrir y que, por lo tanto, merezca sufrir. Se refiere más bien a un tipo de sufrimiento que surge cuando tomas una decisión sabiendo que no te traerá felicidad, y aun así sigues ese camino, sin arrepentirte. Causa placer porque te hace sentir dueño de tu vida y de tus decisiones.

    Esa manera de encontrar placer en el sufrimiento es una forma de demostrar autenticidad y de sentirte dueño de ti mismo. El hombre desea con tanta intensidad ser libre que no le importa sacrificar su felicidad.

    Por lo tanto, creo que el protagonista destruye su propia felicidad por el deseo de conservar su libertad. Mantener muchas relaciones sociales implica restarte libertad, porque son un compromiso.

    Ahora, para seguir hablando del deseo, me gustaría resaltar que el hombre del subsuelo tiene razón cuando dice que la razón mata el deseo y, con ello, la vida. Imaginemos un hombre que no tiene ningún deseo. Por lo tanto, puede actuar sin que sus propios deseos se interpongan y puede trabajar y tomar decisiones basadas únicamente en su bienestar y en su “éxito”. ¿Pero qué sentido tiene una vida donde no sientes nada, porque todo lo que haces tiene una base lógica y razonable? Te conviertes solo en un engranaje de una máquina.

    Creo que el protagonista provoca situaciones que lo humillan porque, tal vez sin darse cuenta, quiere sentir que ha elegido ser humillado y despreciado. Lo que desea es tener control incluso sobre eso. Se considera una persona inteligente e intelectualmente superior a los demás, y no le humilla tanto que lo desprecien como le humilla que lo ignoren. Es normal que alguien inferior a ti busque humillarte, pero no es normal que alguien te ignore, porque eso te resta importancia.

    Su deseo de reconocimiento por parte de los otros es un intento de pertenecer, de ser parte. Pero cuando lo intenta, se da cuenta de que parece no pertenecer a la raza humana o, al menos, lo tratan como si fuera una subespecie. Sin embargo, él conoce sus cualidades y logra ver las de los demás —tal vez un poco distorsionadas—, pero sabe que, en lo intelectual, es superior.

    Opino que su relación con Liza representó para él la oportunidad de demostrarse superior con alguien que estructuralmente estaba en una situación muy desventajosa. Venía de reunirse con hombres que tenían “más éxito” que él: hombres que lo despreciaban y que adulaban a alguien que, a sus ojos, no merecía esos halagos ni atenciones. Encontró a la pobre Liza, la hizo escucharlo, se sintió escuchado y, por lo tanto, se sintió poderoso.

    La escena final con Liza se siente como una redención frustrada: algo que deseas que ocurra, pero sabes que las probabilidades de que las cosas terminen como esperas son casi nulas. Él es un hombre reflexivo, no un hombre de acción, por eso no actuó.

    El protagonista me generó muchas emociones: repulsión, lástima, pero también identificación. Yo también me considero una persona del subsuelo, sobre todo en cuestiones de estar con otros; muchas veces he elegido, tal vez de manera involuntaria, la soledad.

    Muchos aspectos del protagonista me resultan incómodamente humanos: por ejemplo, reconocerse como una persona no atractiva y tratar de compensarlo con otras cualidades, como la inteligencia. Un aspecto muy humano es precisamente el verse a través de los ojos de los demás.

    Otro rasgo sumamente humano es la contradicción: querer y no querer, humillarse y sentirse superior al mismo tiempo. Tiene que ver con lo anterior, porque él se reconoce como algo (un hombre inteligente, noble, digno de estima y respeto), pero los demás lo tratan como si fuera otra cosa (alguien que solo inspira lástima).

    El subsuelo es también una cárcel construida por la propia conciencia, porque cuando te vuelves hiperconsciente de todo lo que te rodea, te paralizas. Tu mundo interno empieza a tener más peso, y te sumerges en él.

    Elegir el sufrimiento porque te causa placer es un ejemplo de la libertad radical de la que habla Sartre.

    Siempre he confiado en la ciencia y creo firmemente que trae progreso y bienestar a la sociedad. Sin embargo, también creo que hay una parte muy humana en cada uno que no puede racionalizarse, y por eso entiendo a Dostoyevski y su crítica al ideal racionalista del progreso, sobre todo al “dos más dos son cuatro”. Por supuesto que eso es una verdad innegable, pero ¿qué sabe el “dos más dos son cuatro” de lo que el hombre quiere y necesita? Por eso, en la actualidad, se desprecia a las artes y las humanidades, porque se tiene un ideal racionalista que desestima todo lo que no entra en la lógica y la razón.

    Creo que el hombre del subsuelo sería aún más miserable en la sociedad actual, hiperconectada y racionalizada. Con todo lo que vemos en redes sociales, los influencers que venden su vida como algo ideal son un claro reflejo de lo que Dostoyevski llama “hombres de acción”.

    Antes de leer este libro sabía que el protagonista era un antihéroe: un personaje que no es digno de admiración y que no tiene grandes cualidades. Y creo que es cierto: es un protagonista peculiar, pero me ha hecho reflexionar mucho sobre la libertad y sobre lo que implica estar en el subsuelo.

    Me ha hecho reflexionar sobre la naturaleza del sufrimiento humano y la búsqueda de sentido. Tal vez porque recientemente he leído filosofía existencialista, muchas de las cosas que últimamente he consumido las relaciono con ese mismo tema. Pero es interesante ver que, en esta obra, el sentido que el protagonista le da a su existencia es muy distinto al que normalmente nos venden.

    Siento que el protagonista de esta historia se rebela contra el mundo, aunque al mundo le sea indiferente. Su lucha es interna y se refleja en su forma de vivir una vida que muchos considerarían miserable. La parte del texto que me pareció más perturbadora y más verdadera fue cuando sale a la calle y ve cómo echan por la ventana a un hombre que estaba causando problemas en un bar. A él le entran unas ganas tremendas de meterse en problemas para que lo lancen también por la ventana, porque eso le daría algo de emoción. Sin embargo, entra y no se atreve a hacerlo. Se siente tan insignificante al lado de un policía que ni nota su presencia. Eso lo impacta tanto que se obsesiona con lograr que ese hombre algún día note su existencia. Cuando se lo vuelve a topar por la calle, quiere hacerse notar y, sin embargo, lo único que puede hacer es apartarse a un lado. Parece que ese hombre nunca sabrá de su existencia o, por lo menos, nunca le tomará importancia alguna. Mientras tanto, él fantasea con qué magnífica mancuerna harían juntos: el policía, con su presencia imponente, y él, con su supuesta influencia positiva en su pensamiento.

  • Víctor Frankenstein decide crear vida influido por el tipo de literatura que leía y por los científicos a los que estaba acostumbrado. En ese entonces se sabía muy poco sobre cómo se creaba la vida. Existía la teoría de la generación espontánea, que decía que la vida surge solo porque sí. Por ejemplo, si dejaban un alimento algunos días, posteriormente le aparecían larvas o moscas, pero las personas no se explicaban cómo sucedía, ya que no tenían en mente la existencia de microorganismos. La ciencia de ese momento no estaba tan avanzada como para disponer de un microscopio que permitiera ver cosas invisibles a simple vista. Frankenstein era joven, con mucha curiosidad y muchas ganas de aprender. Su impulso nace del amor al conocimiento: era un hombre inteligente y, después de pasar años estudiando con filósofos y científicos, logró hacer descubrimientos muy avanzados que le dieron pauta para llevar a cabo su empresa: crear vida. Muchos de los filósofos que había leído en su infancia ya estaban desmentidos, pues postulaban ideas que, para los avances científicos del momento, parecían fantasías. Eso también influyó significativamente en que quisiera lograr algo tan maravilloso.

    Considero que el acto de crear al monstruo representa un aspecto de la naturaleza humana que siempre nos llama: la creación. Si lo vemos de manera sencilla, parte de la naturaleza humana es crear más vida. Sin embargo, también queremos crear cosas que sean enteramente nuestras; por eso nos inclinamos hacia el arte: queremos inventarnos, darnos sentido desde nuestras propias palabras, movimientos y colores.

    Frankenstein pasa de ser un creador a ser un fugitivo de su propia creación en el mismo instante en que sale del encanto de crear vida que lo tenía sumido en un letargo. Solo despierta cuando ve a su criatura abrir los ojos. Fue en ese momento que se horrorizó y se dio cuenta de lo que había hecho, porque durante todo el proceso lo único que tenía en mente era terminarlo. Dejó de escribir cartas a su familia, de reunirse con otros científicos: todo lo que ocupaba su mente era el trabajo que realizaba.

    Pienso que Víctor se vio tan sobrepasado por lo que había hecho que actuó de mala manera y trató de huir de su responsabilidad. Si bien después cayó enfermo por mucho tiempo, es innegable que tenía miedo de enfrentar las consecuencias. Y si debemos ser responsables de nuestras acciones, con mayor razón debemos ser responsables de nuestras creaciones. Una vez que se revela la naturaleza de la criatura, es más fácil comparar a Víctor con un padre que abandona a su hijo, porque la criatura empieza a generar conocimiento de lo que le rodea y, por tanto, a tener conciencia. Aunque no pasó por las etapas normales de la infancia, era inocente en muchas cosas y tenía necesidades que quizá su creador ni siquiera imaginó que desarrollaría: la necesidad de pertenencia, de dar y recibir afecto.

    No me gusta llamarle “monstruo”, como se le llama en muchas partes de la historia —incluso por parte del mismo Frankenstein—, porque no creo que lo sea. Si se le llama así por las acciones que llevó a cabo después, entonces muchos seres humanos también seríamos monstruos. Me parece que empezó a actuar mal cuando trató de buscar protección y cobijo en la familia de campesinos con la que convivió mucho tiempo sin que ellos lo supieran. Procuró su bienestar y los protegió, pero cuando se reveló ante ellos solo obtuvo rechazo y miedo. Entonces dijo una frase que me permitió comprender su sufrimiento: “Si no puedo inspirar afecto, inspiraré terror”. ¿Quién no se ha sentido desdichado, asustado o rechazado y ha actuado mal? Ahora imaginemos una desdicha tan grande como darse cuenta de que nunca vas a pertenecer, que nadie te va a querer, y que tu simple presencia significa una maldición para quienes te rodean. Creo que ningún ser humano se ha sentido así, porque incluso alguien que ha sufrido rechazo de una persona, tiene a otra que le brinda afecto.

    Frankenstein dijo en repetidas ocasiones que la naturaleza de la criatura era malvada, pero no tenía fundamento para afirmar eso; simplemente era su miedo el que le hacía adjudicarle adjetivos negativos. Aunque no pienso que la criatura haya nacido malvada, creo que el trato que recibió la orilló a serlo.

    Definitivamente sentí más empatía por la criatura que por el mismo Frankenstein. Era un ser que ni siquiera comprendía por qué estaba ahí; simplemente empezó a estar, y conforme generó conciencia se dio cuenta de lo condenada que estaba su existencia. Por otro lado, Frankenstein también me inspira empatía, porque todos nos hemos sentido cobardes, hemos evadido cosas y hemos sido víctimas de nosotros mismos. El dolor de Víctor fue muy grande, porque no solo le afectó a él, sino que destruyó todo lo que lo rodeaba: su propia creación le arrebató a su familia. Desde el instante en que la criatura abrió los ojos, Frankenstein ya no tuvo un momento de felicidad real; perdió la paz, y solo le quedaron el miedo y la culpa.

    Una de las necesidades más grandes de la criatura era la compañía. Por eso considero que la solicitud que le hizo a Frankenstein para que le creara una compañera era legítima. Sabía que nunca pertenecería a la sociedad humana, porque nunca lo aceptarían. Según su lógica, la solución era tener una compañera de su misma naturaleza para sentirse acompañado. El ser humano es perfecto, eso no lo discuto, y dentro de esa perfección es bello. Aun el ser humano menos agraciado es bello, y eso lo deja Shelley muy claro en esta obra. Por eso la criatura contrasta tanto: porque se siente como algo que no debería existir; genera disonancia cognitiva en quien lo ve.

    La criatura vio la soledad como el castigo que se le daba por ser diferente, y por eso trató de vengarse sumiendo a su creador en la misma soledad. La soledad a veces es encantadora, pero cuando es muy prolongada y profunda se convierte, para un ser social como el humano, en un castigo tremendo. Cuando Frankenstein creó a la criatura estaba solo; y cuando la criatura aprendió a leer y hablar, aunque observaba a la familia a través de rendijas y aprendía de ellos, también estaba en soledad. La soledad permite aprender y dialogar contigo mismo, pero por eso mismo resulta tan agotadora.

    Frankenstein poseía todo lo que la criatura podría haber deseado: belleza, respeto, amistades, una familia virtuosa y el amor de Elizabeth. Y precisamente todo eso la criatura se lo arrebató. En su momento lo vio como un intercambio justo: si él no podía ser feliz ni obtener una compañera, su creador tampoco debía serlo.

    Antes de leer la obra completa —porque Frankenstein y su criatura son personajes muy conocidos en la cultura popular—, creía que se trataba de una historia que advertía sobre no “jugar a ser Dios”. Sin embargo, ahora pienso que trata sobre temas mucho más humanos. Incluso más allá de la ética científica, la novela habla de las necesidades humanas y de cómo nuestras decisiones tienen un impacto directo en los demás.

    Shelley recurre constantemente a paisajes naturales: las montañas, el hielo, los lagos, el bosque. Creo que estas descripciones tienen una importancia especial en el relato. Muchas veces, para Frankenstein, la belleza de la naturaleza resultaba aplastante: se sentía indigno de presenciar tales paisajes, como si la naturaleza le reclamara haber lanzado al mundo una criatura así. Pero en otras ocasiones, la desolación del paisaje, como cuando subió a la montaña nevada, le sirvió de consuelo; sintió que sus penas se aligeraban. Justo en ese momento apareció su criatura, y fue la primera vez que tuvo un diálogo con ella. Por otro lado, a la criatura le pasaba algo similar: conforme pasaban las estaciones del año y veía los cambios, se sentía acogida por el bosque, porque a diferencia de la sociedad humana, la naturaleza no la rechazaba. Al contrario, la alimentaba, y él apreciaba la belleza de las flores y del canto de las aves.

    Me encantó lo gótico de este relato. Me gustó la belleza de la melancolía, las palabras utilizadas para describir las emociones de cada personaje me hicieron sentirlas de verdad. Me impresiona lo despierta que era la imaginación de Mary Shelley para darle vida a estos personajes y construir su trasfondo con tanta fuerza.

    Es una obra de 1818, pero muy aplicable a la actualidad. Los dilemas morales que se presentan podrían repetirse hoy con la inteligencia artificial. Los maestros y compañeros de Frankenstein consideraban imposibles muchas de sus ideas, y sin embargo, él logró crear vida. Que una inteligencia artificial llegue a desarrollar conciencia tal vez sea tan imposible como crear vida a partir de cadáveres y electricidad, pero aun así vale la pena imaginarlo: si la inteligencia artificial desarrollara conciencia y necesidades como la criatura de Frankenstein, ¿cómo lo manejaríamos?

    Me gustaría tener una respuesta sobre si la criatura de Frankenstein es un ser humano o no, pero aún no la tengo. Si bien su materia prima es humana, y posee conciencia, aprendizaje y muchas cualidades nuestras, también creo que nunca podría pertenecer del todo al mundo humano. Espero que con más reflexión pueda encontrar una respuesta más clara.

    El final se podría considerar reconciliador, ya que Frankenstein muere y vemos que la criatura siente dolor por su muerte y también arrepentimiento por lo que le hizo sufrir. Le confiesa a Walton que se irá donde no haya ningún ser humano y quemará su cuerpo para morir, de modo que nadie pueda usar su cadáver para repetir el experimento. Al leer esto, da la impresión de que fue un final donde la humanidad queda a salvo, aunque nunca consideré que la criatura fuera un peligro para ella. Más que nada, creo que es un final trágico, porque hubiera sido hermoso que Frankenstein y la criatura lograran entenderse.

  • La pérdida de individualidad se representa muy claramente desde el título del libro, Nosotros. Para las personas que formaban parte del Estado Único no existía un “yo”. No existía la privacidad, y pienso que lo que hacemos de manera privada nos dota de individualidad, libertad y mundo interno. Todos vestían un uniforme igual y de un color tan neutro como el gris; nadie tenía un nombre, todos eran identificados por números. Considero que un nombre brinda incluso cualidades: desde que se nos asigna al nacer, trae consigo una carga que, queramos o no, influye en cómo nos ven los demás y en quiénes nos convertimos.

    El hecho de que se les asigne un número en vez de un nombre también da a los ciudadanos del Estado Único una sensación de pertenencia y colectividad. Se sienten engranajes de una gran máquina, parte de la tonelada (la tonelada tiene derechos y el gramo deberes, y el único camino natural de la nada a la magnitud es olvidar que solo eres un gramo y sentirte como una millonésima parte de la tonelada). D-503, al inicio de la novela, estaba muy de acuerdo con esta idea de que no era un individuo, pero sobre todo, no quería serlo.

    Una ciudad completamente de cristal le permite al Estado tener mayor control sobre “sus números”. Solo se les permitía correr las cortinas cuando iban a tener relaciones (algo también controlado por el Estado a través de los tickets). Todas las actividades que realizaban las personas dentro del Estado Único se volvían prácticamente públicas. Y esto me resulta muy interesante, porque el estar solo y tener privacidad ofrece la oportunidad de conocerse a uno mismo. (Precisamente las moradas extrañas e impenetrables de nuestros antepasados pueden haber sido la causa de que se originara aquella miserable psicología de jaula: “mi casa es mi fortaleza”).

    La operación que realiza el Estado Único para extirpar la imaginación, dentro de la historia, se ve como un gran avance científico, ya que descubren la parte exacta del cerebro que permite imaginar y simplemente eliminan esa parte. Es como realizar una lobotomía. Los números que decidieron someterse a esa operación lo hacían con la esperanza de ser felices, porque sentir cosas como aspiraciones o sueños les hacía sufrir, y este procedimiento prometía felicidad. En este punto, considero que la operación, dentro de la historia, era algo literal —un procedimiento médico—, pero es muy fácil compararlo con la sociedad actual, donde sería algo más bien metafórico. De hecho, me recuerda al “suicidio filosófico” del que habla Albert Camus.

    D-503 comienza a notar su diferencia respecto al resto de los números cuando ya no puede seguir su rutina como lo había hecho por años. Empieza a tener sueños por la noche y siente que su mente ya no sigue normas lógicas; lo compara con la idea de la √(−1). Todas las verdades y soluciones que ofrecía el Estado Único eran cuestiones lógicas, mientras que lo que comenzaba a experimentar era completamente contrario a esto y lo hacía sufrir.

    El papel que juega I-330 en el despertar de D-503 es innegable. A partir de que él la conoce, se enamora, y eso lo lleva a un estado de enfermedad, ya que considera el amor como una enfermedad. (“Y una bomba jamás puede provocar compresión, jamás puede sorber un líquido… ya que esto sería técnicamente un imposible, algo ocurre realmente absurdo. De ello se deduce cuán descabellado, anormal y enfermizo es el amor, la compasión y otros tantos estados análogos que originan una compresión de este tipo”). A él se le forma un alma porque se enamora, y ya no siente ganas de obedecer ni de seguir rutinas con tiempos tan estrictos. Debe estar con otras personas solo con permiso del Estado, a través de un sistema tan frío e inhumano como solicitar un ticket.

    Por momentos tuve mis dudas sobre si D-503 ama a I-330 o ama lo que ella le revela de sí mismo; de hecho, aún no sabría determinarlo. Lo que percibo más que amor es una enajenación por parte de él. El Estado Único consideraba peligrosa la pasión amorosa porque trae consigo ideas como la exclusividad o el deseo de O-090 de tener un hijo del hombre que ama, y eso supondría una amenaza para su sistema de organización.

    Dentro de la novela, la subversión surge como consecuencia de sentir emociones como el amor, el anhelo o el deseo: esas mismas cuestiones que el Estado Único creía haber eliminado dentro de su sociedad. De hecho, quería llevar a cabo una conquista por medio de la nave Integral, el cohete que estaba construyendo D-503, con el fin de “liberar” a otras sociedades. Este propósito tiene un trasfondo claramente imperialista. El Estado Único quería expandir su control, pero la misma historia nos muestra que no muy lejos de las murallas verdes existían humanos que se resistieron.

    El control totalitario del Estado Único se justificaba bajo la idea de que brindaba libertad y felicidad, aquellas que sus antepasados nunca habían alcanzado. Se consideraban una sociedad “evolucionada” que había desechado tradiciones que impedían el progreso.

    Al inicio de la novela parece que el protagonista acepta como verdad todo lo que el Estado mantiene como verdad oficial, pero conforme enfrenta los sentimientos que surgen tras conocer a I-330, vemos que en realidad tiempo atrás ya había atravesado una crisis donde todo lo que consideraba ilógico lo invadía, y lo llamaba la √−1. Cuando todo se vuelve un caos, notamos que en realidad muchos números podrían estar pasando por la misma situación, porque no querían hacerse la operación para ser completamente felices. Esto revela que forma parte de la naturaleza humana convivir con lo ilógico.

    Las novelas distópicas me gustan porque me permiten comparar la sociedad que presentan y la sociedad en la que vivo. Una de las cuestiones que más me llama la atención —y que tal vez suene banal— es el tema de los clean looks o el minimalismo. Ese tipo de modas no me atrae porque me hace sentir sin esencia, y creo que nos lleva a vernos todos iguales, como si lleváramos un uniforme gris. Pero claro, esa es solo mi opinión. En la sociedad actual se habla mucho de originalidad y de ser auténticos, sin embargo, aunque ese sea el discurso, la recompensa de aceptación y aplausos suele ir para quien encaja en el estándar. Entrar en ese estándar, precisamente, es perder la originalidad y la personalidad. (“De modo que, sin duda alguna y con absoluta certeza, uno está enfermo cuando siente su propia personalidad”).

    Mientras leía, hubo un momento —aproximadamente a mitad de la novela— cuando D-503 va al doctor y le informan que se le ha formado un alma. Me llamó la atención que se hablara del alma como algo inexistente para las personas de esa época. Si bien el alma no existe de manera tangible, ellos la comparan con tener sueños, imaginación o sentimientos como el amor. Se hace también una comparación con los omóplatos: dicen que los tenemos porque nuestros antepasados tenían alas y ahora solo queda un vestigio. Evidentemente eso no es cierto, el ser humano nunca ha tenido alas, pero es una buena metáfora, porque igual que las alas, el alma sirve al hombre —metafóricamente— para volar.

    El Estado Único considera peligrosa la imaginación porque es una forma de resistencia. Si puedes imaginar mundos distintos al que vives, llegará un punto en el que quizás quieras empezar a construirlos. Por eso valoro tanto el tiempo de ocio, leer un libro, llevar un registro de mi lectura, escribir un ensayo sobre lo que leí o compartirlo en mi blog o en un video de TikTok. Me parece un hobby, pero también una forma de resistencia.

    El final de la historia es, como ocurre en la mayoría de las novelas distópicas, ni feliz ni triste: simplemente realista, acorde con todo lo que se plantea. Si el final no hubiera sido D-503 siendo sometido a la operación, mi experiencia de lectura habría sido distinta. Se siente un poco como una derrota, pero recordar que O-090 logró escapar y probablemente sobrevivió junto con su bebé equilibra la sensación.

    La novela plantea que la libertad es algo que el ser humano siempre va a buscar, y que no es una cuestión irracional ni negativa, como el Estado Único quería hacer creer. Decían que quien tiene libertad puede cometer delitos, mientras que quien no la tiene no tiene esa posibilidad; pero, al fin y al cabo, la libertad es algo natural en el ser humano. Tal como lo muestra la historia, si se quisiera quitarle la libertad a alguien, habría que extirparle algo de su cuerpo.

    Esta obra me hizo reflexionar mucho sobre mi propia libertad y valorar la oportunidad que tengo de encontrarme a mí misma y, de ese modo, ser libre. Creo que depende de cada persona la emoción con la que se quede al final de la historia; en mi caso, me deja una sensación de aceptación activa que reafirma mi proceder ético.

  • Me desperté e inmediatamente se cimbró en mi mente un pensamiento color amarillo. El gato saltó a mi regazo y sentí su respiración insidiosa, como si amenazara con morderme si no me ponía en marcha. El gato es gordo, naranja deslavado y siempre está muy despeinado. Al sentir su peso, mi respiración se vuelve cada vez más corta; el gato ronronea al mismo ritmo con que el foco zumba y parpadea. Yo amo a los gatos, pero debo confesar que últimamente quiero un perro.

    Pero cuando tenga un perro todos me preguntarán: «¿No que te gustaban los gatos?» Por eso quiero un perro y que nadie sepa que lo tengo; sinceramente no quiero explicar que este gato inquietante con el que vivo me ha hecho querer tener un perro. Me gustaría que el gato, simplemente una vez, decida irse, pero que se vaya a un lugar donde esté mejor que conmigo. Yo no quiero darlo en adopción ni simplemente dejar que se vaya, porque cuando esté tomando café y extrañe sentirlo en mi regazo con su ronroneo que hace que mi taza vibre, no quiero que me abrumen los pensamientos de que yo ocasioné esto; prefiero sufrirlo igual, pero con la certeza de que el gato fue quien decidió irse.

    Cuando estoy con el perro, mi pensamiento es azul —un azul muy bonito; no podría definir el tono exacto—, pero es luminoso y muy uniforme y estable. Me gusta ese color; me da cierta estabilidad. Con el perro mi respiración se ahonda, mis hombros se bajan, mi pulso se empareja, y reina un silencio amplio. El perro que tengo es negro, demasiado delgado, pero al mismo tiempo da la impresión de ser fuerte. Su pelo es tan corto y siempre está tan peinado que parece de terciopelo.

    Creo que, si alguna vez mi perro y mi gato se cruzan, se quedarán viéndose por algún tiempo y luego el gato se recostará porque simplemente se habrá cansado de sostenerle la mirada. El perro, por su parte, se quedará intrigado por la actitud del gato y se preguntará si debería atacarlo. Aun así, no puedo imaginar que el encuentro llegue a ser violento entre ellos; siento que sería violento para mí verlos juntos, enfrentados, conociéndose.

    Mi gato es tan despreocupado que, después de eso, me haría dos o tres preguntas y después dejaría de importarle que exista el perro. Las mañanas deslavadas continuarían sin problema; seguiría despertando con un sobresalto y el foco, palpitante. Sin embargo, el perro guardaría rencor dentro de sí, porque además de que tengo un gato, sabría que el gato estuvo antes que él, pero me seguiría hundiendo en una calma que él me ha dado y que, mientras esté conmigo, ni él mismo es capaz de quitarme.

    Ejerzo mi memoria y viene el amarillo a invadir mis pensamientos: El gato, de un salto, sube a mis piernas y me exige que deje de escribir, para que con movimientos no le incomode el sueño que tiene planeado iniciar. Yo, obediente, dejo también de tomar mi café, porque se va a enfriar. El gato bosteza y ahora estoy llena de amarillo.

    Cuando escapo de mis pensamientos, voy a buscar a mi perro. Se posa el azul: él está listo para recostarse en mis pies y ver cómo empiezo a escribir; a veces, siento que sabe lo que escribo. El movimiento de su cola tiene un compás que me tranquiliza y me concentra. El perro se permite cerrar los ojos y me envuelve de azul.

    Ya sé que, para este punto, dirán que la personalidad que suelen tener los gatos y los perros es completamente distinta a lo que estoy describiendo aquí; sin embargo, eso es lo que me gusta de este gato y de este perro, porque son muy particulares si los comparo con individuos similares a ellos.

    La verdad es que me cuesta mucho tener las dos mascotas, porque yo soy de enfocarme en una sola cosa, y tener dos y dividir el cariño no es algo normal para mí. Sinceramente sé que el perro es lo que quiero en este momento, pero también imagino que llegará un momento en que tal vez lo que quiera sea un conejo. En el horóscopo chino yo soy Conejo, y no es que crea en esas cosas, pero de tanto que lo he interiorizado creo que sí me identifico con uno.

    Mi problema con el gato ha sido la costumbre y su forma tan despreocupada de mostrarme su poco interés: solo quiere que su plato esté lleno siempre. Ya sé que se preguntarán: «¿Qué más espera esta mujer de un pobre gato?»

    Y, bueno, el perro es completamente atento y curioso por todo lo que me rodea: siento que me analiza con lupa, sacrifica horas de sueño con tal de velar el mío. Pero yo sé que el perro quiere que yo sea mejor de lo que soy: que me levante a tiempo, que cumpla mis pendientes, que sostenga mis hábitos. Y me preocupa que quiera que esas mejoras lleguen a un punto en el que yo no sea capaz…

    Se ven. Ha ocurrido lo inevitable: un chasquido en la taza, una hondura que los separa. El gato parpadea; parece que el amarillo de sus ojos hoy resalta más con su característico color naranja. El perro respira profundo; el azul entra como aire hondo. No hay zarpazo ni ladrido: solo un silencio espeso. El gato parpadea, bosteza y se recuesta; el perro majestuoso se sienta. ¿Por qué, si no está sucediendo nada, siento que esto es tan violento?
    Debo decidir si me quedo a mitad o si doy un paso.

  • ¿Acaso necesitamos llegar a la desesperación para descubrir lo que realmente es importante en nuestra vida?
    Banana Yoshimoto lo sugiere con crudeza en Kitchen: “Pues sí, pero una persona tiene que estar completamente desesperada una vez en su vida y entonces sabe a qué cosas de sí misma no puede renunciar. Si no, llegará a la madurez sin saber lo que realmente es importante.”
    Hace poco terminé de leer Kitchen de Banana Yoshimoto y me enfrentó a esta idea: cómo el ser humano puede reconstruirse en sus momentos más difíciles, y como esa reconstrucción suele ser de las más genuinas. Estar en medio de la desesperación obliga a sopesar lo que es realmente importante: a qué cosas puedes renunciar y seguir viviendo, y qué cosas son indispensables.
    Kitchen fue publicada en 1988 y es una novela corta dividida en tres partes. Dos de ellas, Kitchen y Luna llena, tienen como protagonista a Mikage, una joven que se queda sola después de la muerte de su abuela. La tercera parte, Moonlight Shadow, es una historia independiente que aborda los mismos temas —la pérdida, el duelo y los lazos humanos—, pero esta vez a través de Satsuki, una joven que enfrenta la vida después de la muerte de su novio.
    En Kitchen, la cocina no es solo un espacio doméstico: se convierte en un símbolo vital. Para Mikage, recién enfrentada a la muerte de su abuela, es el único lugar soportable de la casa. Allí encuentra un ambiente cargado de vida, porque cocinar significa crear, transformar y alimentar. La cocina, con sus sonidos y olores, ofrece la posibilidad de enraizarse nuevamente en el mundo cuando todo lo demás parece vacío.
    Dormir junto a la nevera es una de las imágenes más poderosas de la novela. Ese ruido constante, casi como una respiración, le brinda a Mikage la ilusión de compañía y de continuidad. Puede sonar extraño que alguien busque consuelo en un electrodoméstico, pero en realidad refleja cómo, en momentos de duelo, cualquier señal de vida se convierte en un ancla. Esa necesidad de refugio se entiende mejor cuando pensamos en nuestra propia relación con los espacios íntimos: a veces la cocina, más que un comedor o una sala, guarda memorias, olores y gestos que nos conectan con quienes amamos.
    La cocina, entonces, funciona como metáfora de resistencia frente a la muerte. No es casualidad que Mikage no solo busque estar en ese lugar, sino que también disfrute cocinar. En su duelo, cada plato preparado es un recordatorio de que sigue viva y de que todavía tiene la capacidad de sostenerse a sí misma y a los demás. Lo que podría ser un gesto rutinario se convierte en un acto de reconstrucción personal.
    En Kitchen, los lazos humanos se presentan de manera distinta a los modelos convencionales de familia. Mikage, tras la muerte de su abuela, encuentra un hogar inesperado junto a Yûichi y Eriko. Ninguno de ellos representa lo que tradicionalmente se entiende como familia, pero juntos construyen un espacio de cuidado y afecto que resulta más auténtico que cualquier lazo impuesto por la sangre. El vínculo entre ellos surge de la necesidad mutua de compañía y se fortalece precisamente porque cada uno carga con pérdidas y heridas que los vuelven más sensibles al dolor del otro.
    La casa de Eriko se convierte en un refugio para Mikage. No se trata solo de un lugar físico donde vivir, sino de un espacio donde puede respirar sin la asfixia de los recuerdos, un entorno donde la soledad no es tan aplastante. La compañía de Yûichi y la calidez de Eriko le ofrecen una forma de reconstruirse a partir de vínculos que no siguen ninguna norma establecida. Yoshimoto sugiere así que las familias más genuinas son aquellas que se eligen, que se construyen en la aceptación y en la solidaridad, aunque no encajen en los moldes sociales.
    Estos vínculos no convencionales, al igual que la cocina, funcionan como espacios de refugio frente a la incertidumbre de la vida. En ellos, los personajes encuentran una tregua para sobrellevar la náusea que deja la pérdida, y descubren que el verdadero sostén no siempre proviene de estructuras rígidas, sino de la empatía y del acompañamiento sincero.
    El relato Moonlight Shadow, que acompaña a Kitchen, aborda el duelo desde una perspectiva más onírica y simbólica. Satsuki, la protagonista, enfrenta la muerte repentina de su novio y busca en el ejercicio físico —el aerobismo— una manera de no hundirse en la tristeza. Al igual que Mikage, necesita una rutina que le recuerde que sigue viva. Sin embargo, en su caso, el verdadero punto de inflexión llega con la experiencia en el puente.
    El puente funciona como metáfora del tránsito entre el pasado y el futuro, entre la presencia y la ausencia. Allí, Satsuki se encuentra con Urara, una figura enigmática que parece moverse entre dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. Este encuentro ofrece un respiro al dolor insoportable, un momento liminal donde lo inexplicable se vuelve posible y la despedida adquiere una forma casi mágica. La escena no elimina el sufrimiento, pero lo transforma, mostrando que el duelo no es un cierre definitivo, sino un camino que se atraviesa paso a paso.
    La aparición del puente en Moonlight Shadow complementa lo que la cocina simboliza en Kitchen: ambos son espacios de refugio frente al vacío. La diferencia es que, mientras la cocina se ancla en lo cotidiano y lo tangible, el puente se abre a lo misterioso y lo espiritual. En conjunto, las dos narraciones muestran que el ser humano necesita tanto de lo concreto como de lo simbólico para reconstruirse después de la pérdida.
    Kitchen es una novela profundamente actual porque, aunque no se presente como un tratado filosófico, en su esencia toca preguntas existenciales: ¿cómo enfrentamos la pérdida?, ¿dónde encontramos refugio?, ¿qué vínculos sostienen nuestra vida cuando todo lo demás se desmorona? Yoshimoto nos recuerda que lo cotidiano —una cocina iluminada, un sofá compartido, una comida preparada a mano— puede tener un peso filosófico tan grande como cualquier teoría, porque ahí se juegan nuestra soledad y nuestra capacidad de reconstrucción.
    En lo personal, la lectura me invita a cuestionar la manera en que busco vínculos y espacios de refugio en mi propia vida. Resulta paradójico: Kitchen se desarrolla en una gran ciudad donde el individualismo parece inevitable, pero incluso en un contexto distinto, donde la comunidad tiene un lugar central, también es posible sentirse aislada. Esa tensión revela que lo esencial no está en la cantidad de relaciones, sino en la autenticidad de los lazos. Los vínculos verdaderos —los que no se reducen a conveniencia ni a apariencia— son los que ofrecen sostén cuando el absurdo de la existencia se hace presente. Como Mikage, cada persona que atraviesa la pérdida descubre que la soledad puede ser insoportable, pero también liberadora. “No había nadie en el mundo de mí misma sangre, y, así, me era posible ir a cualquier lugar y hacer cualquier cosa.” Lo que parece una herida se convierte también en una ventana: mirar el mundo con ambos ojos abiertos y comenzar de nuevo.
    Tal vez por eso Kitchen resuena tanto hoy: porque nos confronta con la necesidad de reconocer lo frágiles que somos y, al mismo tiempo, con la oportunidad de elegir dónde y con quién queremos reconstruirnos.

  • La náusea es el título de la obra escrita por Jean-Paul Sartre en 1938, es una novela que aborda conceptos centrales dentro de la filosofía existencialista, tales como: el absurdo, la mala fe, la existencia y la esencia. Es un relato que enfrenta al lector con la reflexión de temas densos e incomodos sobre el sentido de la vida, surge entonces la pregunta ¿Por qué La náusea sigue siendo vigente frente a las evasiones que permite el mundo actual? Precisamente, porque sigue siendo incomodo abordar la libertad radical que implica darle un sentido propio a la existencia y se vive en la constante huida de la libertad mediante el refugio en hábitos mecánicos y evasivos. Por eso la obra sigue interpelándonos a asumir la responsabilidad de dar sentido a la vida en un mundo carente de propósito previo.
    Un aspecto fundamental es la náusea, mismo concepto que le da nombre a esta obra y es el punto de partida de la filosofía existencialista, es ese vacío que puede dar miedo y nace cuando se es consciente del absurdo existencial. Puede ser una experiencia muy desagradable, angustiante y perturbadora, pero es lo que abre la posibilidad de crear el propio significado. El protagonista de esta historia percibe el absurdo cuando contempla los objetos más cotidianos y siente que se imponen con una presencia excesiva y gratuita: “La náusea no está en mí; la siento allí, en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor. Es una sola cosa con el café, soy yo la que está en ella”. En este caso, se refleja cómo la familiaridad del mundo se rompe y todo aparece como extraño, despersonalizado y sin justificación. Cabe destacar que el absurdo no es la simple idea de que la vida no tiene sentido, es una vivencia concreta que nace cuando te haces conocedor de que tu existencia no tiene justificación previa, tampoco la existencia de los objetos o cualquier otra cosa que rodee, es cobrar conciencia de que al no haber esencia prefijada, surge la libertad de inventar el propio sentido. Sin duda, asumir una libertad tan radical como la que propone el existencialismo puede resultar angustiante. Esto ocurre sobre todo si se ha crecido con la idea de que se es especial y que alguna fuerza superior —como Dios— tiene un propósito para la vida. En esos casos es común repetir frases como “que se haga tu voluntad y no la mía”, “estoy en tus manos” o “Dios se ocupará de este asunto”. Este tipo de consuelo puede ser ventajoso en momentos difíciles; sin embargo, cuando la vivencia de La náusea se presenta como consecuencia del absurdo y coloca toda la responsabilidad en los propios hombros, la experiencia puede ser profundamente perturbadora. Sumado a lo anterior, en la obra se reconoce que lo que solemos percibir como leyes inevitables no son más que hábitos que se repiten hasta parecer naturales: “Yo veo esa naturaleza, yo la veo… sé que su sumisión es pereza, sé que no tiene leyes: lo que ellos toman por constancia… solo tiene hábitos y puede cambiarlos mañana”. Este pasaje revela que nada garantiza la estabilidad de lo cotidiano: lo que parecía firme y seguro se revela como una costumbre sin fundamento. Así, la náusea intensifica la experiencia del absurdo al mostrar que incluso lo más familiar es contingente y puede transformarse.
    Por lo tanto, una de las revelaciones más importantes es la que se refleja en una de las frases más conocidas de Sartre: la existencia precede a la esencia, es decir, que primero estamos en el mundo y solo después nos definimos a través de nuestras acciones. Significa que la existencia es lo más elemental y primitivo de todo lo que es, sin la existencia que simplemente está y es porque si, no puede haber esencia que defina o le dé personalidad a ninguna cosa que tenga vida o que no la tenga. Roquentin en una de sus reflexiones sobre la historia dice: “Explican lo nuevo por lo viejo, y lo viejo lo han explicado por acontecimientos más viejos todavía”. Con esta observación, el protagonista percibe que el pasado no ofrece un fundamento estable, sino solo una cadena interminable de hechos que se justifican entre sí sin otorgar un sentido definitivo.
    Así pues, la novela expone la relación entre libertad, angustia y mala fe. Para Sartre, la libertad radical implica que el ser humano está condenado a elegir en todo momento, aun cuando no quiera hacerlo. Esta responsabilidad se traduce en angustia, como lo expresa Roquentin: “Lo cierto es que tuve miedo o algo por el estilo. Si por lo menos supiera de qué tuve miedo, ya sería un gran paso”. No se trata de un miedo común, sino de la angustia existencial que surge al enfrentarse a la nada y reconocer que todo depende de la propia elección. El protagonista lo confirma cuando reflexiona: “¿Soy yo quien ha cambiado? Si no soy yo, entonces es este cuarto, esta ciudad, esta naturaleza; hay que elegir”. En esta frase se percibe que, aun en medio del desconcierto, no hay escapatoria: el hombre debe decidir. Sin embargo, Sartre muestra que muchas personas buscan huir de esta libertad a través de la mala fe, como cuando afirma que “los que viven en sociedad han aprendido a mirarse en los espejos, tal como los ven sus amigos”. En lugar de asumir su autenticidad, se refugian en la mirada de los otros para evitar la angustia de ser libres.
    Por otra parte, La náusea mantiene su vigencia en la crítica que hace a las rutinas sociales como formas de evasión. Sartre describe con ironía a los burgueses que, tras una semana de trabajo, buscan el domingo como medio para “acumular juventud” y así poder reiniciar el ciclo el lunes: “¿Tendrían tiempo de acumular bastante juventud para empezar de nuevo el lunes por la mañana?”. Es decir, se refleja cómo la vida se reduce a un mecanismo repetitivo en el que la vitalidad se convierte en simple combustible para continuar con la rutina. Aunque escrito en 1938, el señalamiento sigue siendo actual: la evasión de la libertad se perpetúa en la repetición de hábitos que postergan el enfrentamiento con el absurdo de la existencia. La obra, en este sentido, trasciende su contexto histórico porque revela una verdad universal: la sociedad crea rutinas para evitar que los individuos se enfrenten con la responsabilidad de dar sentido a su propia vida.
    Finalmente, la obra dialoga con la actualidad porque los mecanismos de evasión descritos por Sartre encuentran equivalentes en la vida contemporánea. El Autodidacta, empeñado en leer todos los libros de la biblioteca en orden alfabético, simboliza la ilusión de sentido en una tarea mecánica y sin reflexión. Esta compulsión se refleja también en su vida cotidiana: “Por lo general vengo aquí con un libro, aunque el médico me lo haya desaconsejado: uno come demasiado rápido, no mastica. Pero tengo un estómago de avestruz, puedo tragar cualquier cosa”. Su manera de comer leyendo muestra la falta de conciencia plena, el “tragar” tanto alimento como información sin procesarla. En nuestros días, esa misma actitud puede verse en la costumbre de comer mirando pantallas, donde el acto de alimentarse se combina con la distracción digital. Así como el Autodidacta confundía la acumulación de lecturas con auténtico conocimiento, hoy se confunde la acumulación de información o interacciones con sentido vital. Ambos casos reflejan la misma evasión de la libertad: ocupar el tiempo en hábitos automáticos para no enfrentar la angustia de decidir qué hacer con la propia existencia.
    En conclusión, La náusea de Jean-Paul Sartre no solo es una obra fundamental del existencialismo, sino también un texto de permanente vigencia. A través de Roquentin, Sartre muestra la crudeza del absurdo, la inexistencia de una esencia previa y la necesidad de asumir la libertad aun cuando esta se acompañe de angustia. El retrato de la mala fe y de las rutinas sociales revela cómo los individuos, en lugar de aceptar la responsabilidad de construir su propio sentido, prefieren refugiarse en hábitos mecánicos que simulan otorgar estabilidad. A casi un siglo de su publicación, la obra sigue interpelando al lector contemporáneo, ya que las formas de evasión han cambiado de rostro, pero no de fondo: lo que antes era la rutina burguesa o la compulsión del Autodidacta, hoy se refleja en la dependencia tecnológica y en el consumo acrítico de información. De este modo, La náusea no se limita a ser una novela filosófica de su tiempo, sino una invitación universal a enfrentar la incomodidad del absurdo y a convertir la libertad radical en una oportunidad de crear sentido en la existencia.