Los recuerdos del porvenir de Elena Garro
Después de Elena Garro me quedó claro que el pasado no siempre pasa con normalidad, a veces me atrapa y me mantiene siguiendo una coreografía establecida por el tiempo, pero otras veces, aunque pause mis relojes, el tiempo va a seguir pasando. Mis recuerdos se pueden disparar cuando escucho cómo el viento pasa entre las hojas de un árbol, y entonces en ese momento volveré a otro lugar donde el viento pasaba justamente igual entre las hojas de un árbol. Lo volveré a vivir, pero a ese recuerdo pasado se le impregnarán sensaciones de este nuevo momento. Luego, cuando vuelva a estar en una situación similar y escuche el mismo sonido del viento pasando entre las hojas de un árbol, recordaré los dos momentos pasados y se volverán presente otra vez, y tal vez también porvenir.
A mí me ha pasado muchas veces que cuando me cuentan algo, siento que lo estoy recordando, aunque nunca lo haya vivido. Desde que me percaté de que esto me sucedía, dudo mucho de la fidelidad de mis recuerdos. Además, como lo mencioné cuando hablaba de Las olas de Virginia Woolf, los recuerdos llegan como olas y luego se van, y en ese vaivén pueden cambiar.
¿Pero cambia algo si la memoria recordada es colectiva? Eso es lo interesante de que la historia de este libro nos la cuente el mismísimo Ixtepec; yo lo interpreto como una memoria colectiva. A veces habla de los pobladores en tercera persona y luego hay momentos en los que dice “nosotros”, “nuestro”. Durante toda la lectura, la figura de Ixtepec me pareció enigmática y sobrenatural, porque nunca se me había ocurrido hablar con un pueblo. No es lo mismo que una persona te narre una historia o que lo haga una montaña. El que lo haga un pueblo es un punto medio que no puedo explicar. ¿Qué se siente ser un pueblo? Eres un espacio geográfico en el cual hace años las personas decidieron asentarse, y luego se volvieron parte de ti. Ellos van y vienen, nacen y mueren, pero tú no; tú vas a estar eternamente ahí.
Que sea el pueblo quien cuenta la historia implica una perspectiva muy amplia de todo lo acontecido. Los pobladores de Ixtepec viven un tiempo demasiado breve como para recordar cosas que Ixtepec puede; él puede comparar y darse cuenta de que, al parecer, la vida es cíclica. Que no importa qué tan distinto sea un ser humano al otro, pueden cometer los mismos errores, que parecen atrapados.
“Una generación sucede a la otra y cada una repite los actos de la anterior. Solo un instante antes de morir descubren que era posible soñar y dibujar el mundo a su manera para luego despertar y empezar un dibujo diferente.”
Si Ixtepec puede recordarlo todo, ¿cómo podemos situarnos en el tiempo dentro de esta historia? Porque puede ser que él recuerde tan vívidamente que se vuelvan a vivir los mismos acontecimientos. Pareciese que el pasado sigue ocurriendo: está en el presente y estará en el futuro. El tiempo se mueve de forma misteriosa en esta historia; parece que a veces se detiene y otras veces algunos de sus pobladores detienen sus relojes tratando de congelar el momento.
Yo insisto en que el Ixtepec que nos cuenta la historia es una memoria colectiva, porque no interviene, solo está ahí presenciando e incluso sufriendo con sus pobladores y los invasores. Es una presencia omnipresente, pero solo eso: en ningún momento interviene.
Ixtepec es espectador y víctima de una violencia silenciosa. Se queda esperando a que venga el gran Abacuc a salvarlos de los militares, pero nunca llega nadie. ¿Cómo iba a llegar Abacuc a salvarlos si dejó las armas y se convirtió en un pequeño comerciante que viajaba de pueblo en pueblo en una mula?
Muy frecuentemente amanecen personas colgadas de sus árboles; en algún momento lo dijo, no recuerdo las palabras exactas, pero dijo que serán distintas personas, pero seguirán siendo los mismos árboles. Porque Ixtepec es permanente.
Pero debo decir que la violencia que se vive en Ixtepec no solamente es silenciosa, también es simbólica y sistemática, y siento que las principales víctimas son las mujeres. Mujeres tan distintas se presentan en esta historia: están las cuscas que viven en la casa de Juan Cariño, las mujeres que viven presas en el hotel por los militares, las mujeres como Elvira y Conchita y, por último, las mujeres como Isabel. Tan distintas, incluso me atrevo a decir que tan contrarias entre sí, y todas atravesadas por la misma violencia.
Aun así, narrando la violencia que viven todas estas mujeres y siendo condenadas a una opresión tan grande, las veo también como resistentes; de hecho, son parte clave en la resistencia que planea Ixtepec contra los militares.
La presencia militar dentro del pueblo significa opresión para todos. Es como si llegasen a tu casa: no te piden permiso para entrar, se acuestan en tu sillón y suben los zapatos sucios a tu mesa, y aun así tú tienes que servirles. Es muy fuerte.
En la primera parte de la historia, cuando llega Felipe Hurtado al pueblo y plantea que lo que les falta a las personas es ilusión, despertó en mí una alegría y un poquito de esperanza, tal como les pasó a quienes decidieron participar en la obra de teatro. Cuando estás inmerso en una situación de violencia así, el sentir ilusión y apreciar cosas como el arte y la expresión es una forma de resistir. Las personas en Ixtepec ya no apreciaban ni siquiera la belleza de lo cotidiano, pero era porque no podían:
“Ella no pedía nada: oír cantar a sus canarios, guardar las fiestas, mirar al mundo adentro de su espejo y platicar con sus amigos. Y no lo lograba: enemigos lejanos convertían en crimen todos los actos inocentes.”
Una de las cosas que más me dolió de la historia es que la obra de teatro se haya quedado en la preparación del vestuario, la escenografía y los ensayos.
Sentirme cercana a esta historia no fue en absoluto difícil. Me sentí sumamente finita en comparación con Ixtepec. Me sentí con ganas de guardar mi ilusión aun en momentos difíciles.
Tal vez por eso hay lugares que no recuerdan, simplemente siguen viviendo lo mismo.

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