La voz narrativa en Agua viva de Clarice Lispector se sentía tan cercana que a veces parecía que me estaba susurrando al oído; otras veces, que era alguien a quien yo veía mientras acomodaba apurada sus instrumentos para pintar y me contaba lo que yo estaba leyendo. Sentía que estaba viendo a Clarice siendo ella. No tuve la impresión de estar observando a un personaje, sino a la mismísima autora contándome algo íntimo, casi como cuando tienes una epifanía y la compartes con tus amigos porque “esto lo tienes que saber”.
Tal vez este tipo de obra es desconcertante porque no tiene una narrativa común, pero justo por eso me deja ver y sentir tanto que me parece maravilloso. Y como vengo de leer a Virginia Woolf, estoy muy abierta a experiencias narrativas nuevas; a Clarice Lispector la recibí con los brazos abiertos.
A veces me descubro teniendo una idea nueva o un pensamiento provocador y lo que hago es contárselo a la gente de mi confianza, quienes sé que lo van a comprender. Esta obra es algo similar: Clarice diciendo “esto soy yo ahora”. Cuando la mente está llena de preguntas, hipótesis, intuiciones, a veces lo único que quieres es encontrar algo que te permita aterrizar esa intensidad, y eso se logra al comunicarlo. Clarice habla del instante-já, el presente absoluto: eso que se siente como agua porque el tiempo está vivo. Al principio no entendía a qué se refería. Ahora, después de varios días pensando en ello, creo que el arte que ella practicaba —la escritura y la pintura— era un intento de capturar ese presente, aunque en cuanto lo plasmaba se convertía en pasado.
Sentí que el libro me obligaba a leer más lento y con más atención porque quería sentir todo lo que ella comunicaba. Algunas ideas necesitaban reflexión, no solo lectura, y eso hacía que mi experiencia fuera un poco más pesada… pero esa pesadez la disfruté. Quería que mi lectura no se quedara solo en “tantas páginas leídas”, sino hacerlas mías. Este tipo de libros me permite eso, y ahí está su encanto.
Hubo fragmentos donde sentí que estaba leyendo mi propio presente. Como cuando habla de su rostro frente al espejo y del placer que le da saber que nadie más tendrá ese rostro. Aunque haya cosas que no me gustan del todo, ese rostro es mío, y nadie más lo va a tener. Eso es hermoso.
Otro concepto que me llamó la atención es el “it”. Eso que sabemos que existe, pero no podemos nombrar ni clasificar. Algo primitivo, interno, crudo, sin forma. Cuando leí eso pensé inmediatamente en la “existencia” de Sartre: eso que está ahí sin propósito previo, que precede a la esencia, y que tal vez nunca comprendamos del todo pero seguimos persiguiendo para darle sentido.
La narradora fluye como una corriente: a veces dice “me voy” y luego “volví”. Por eso sentía que leía fragmentos de conversaciones, momentos distintos, lugares distintos. Hay parte de esa dispersión con la que me identifiqué mucho, aunque eso prefiero guardarlo para mí (ya lo dejé anotado en mi registro de lectura).
Algo muy evidente es que Clarice escribe como quien pinta y pinta como quien escribe. No sé cómo explicarlo, pero usa técnicas de pintura en su escritura y técnicas de escritura al pintar. Agua viva es más un cuadro que una narración, y creo que el ritmo es lo que más genera esa sensación.
También destaca el deseo, que en este libro se ve entrelazado con lo carnal, lo espiritual y lo artístico. En algunos momentos me hizo sentir expuesta, pero no incómoda.
Clarice escribe para atrapar lo que no se puede decir, para atrapar el “it”. Por eso su escritura es casi pictórica: quiere capturar algo que no cabe en palabras. Me hizo preguntarme: ¿qué otras cosas solo pueden verse, pero no describirse? Es una pregunta impresionante.
A veces yo también me quedo sin palabras, pero es porque todavía no tengo las palabras correctas. Justo por eso me dio curiosidad intentar encontrar mi propio “it”: sentir o ver algo que escape de la lógica y la realidad. Siento que estoy destinada a ello.
Leer sin trama tradicional, después de Virginia Woolf, se siente como encontrar una nueva comida favorita. Tengo claro que quiero seguir leyendo este tipo de literatura: cosas que me hagan sentir que alguien me habla al oído. No solo quiero ver escenas; quiero vivirlas.
Agua viva me habla sobre mi forma de sentir el tiempo, el deseo y la vida. Es un libro corto que leí en tres días, aunque no de forma lineal: un día leí diez páginas y otro cuarenta. No voy a explicar por qué leí tan poco cierto día; prefiero guardarlo. Pero cada vez que cerré el libro, esos tres días, me quedé con sensaciones distintas, intensas todas.
Si yo tuviera que describir mi experiencia con este libro en una imagen —honrando que este libro es, en esencia, un cuadro— sería: yo frente al espejo, tratando de dejar de ver mi reflejo para capturar el instante-já.

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