Mientras tú me miras

La primera vez que lo vi estaba con los ojos extraviados, buscando algo con desesperación; parecía perdido. Tenía un semblante afligido, reflejo de un cansancio casi invisible, pero presente por instantes en sus movimientos y en cómo levantaba constantemente la mirada que dirigía a los demás. Todo el mundo giraba a su alrededor, pero nadie lo veía; parecían planetas girando alrededor del sol, con la misma indolencia con la que los astros giran sin cuestionarlo, sin calcularlo y sin saberlo. Él veía por breves momentos los rostros de todos, tratando de encontrar a alguien, o eso me pareció. Esa expresión triste era resultado de una búsqueda infructuosa.

Ahí fue cuando empezó a crecer dentro de mí la voluntad de acercarme. Estaba segura de que tenía que hacerlo. Cruzar esa plaza llena de gente, arriesgándome a que tropezaran conmigo, como tanto odio cuando ocurre.

Era necesario que él también viera mi rostro por un segundo y que lo descartara, como estaba haciendo con todos los demás. Por lo menos tenía que intentarlo. Era mi forma de ayudarle. Tenía que decirle: ¡Mírame!

Comencé a avanzar con disimulo, sentía que nadie debía ni siquiera sospechar mis intenciones o ya no podría realizarlo. Traté incluso de actuar sin ni siquiera pensarlo por si alguien podía leer mis pensamientos, quise distraerme y observé el cielo; estaba particularmente amarillo, pocas nubes en forma de arañazo de gato y pájaros azules surcaban el cielo de forma constante.

Aun cuando estaba viendo eso, sentí que alguien venía caminando hacia mí, en realidad no venía hacia mí, caminaba de espaldas. Traté de moverme para abrir el paso, pero no soy tan rápida y de todos modos terminó tropezando y casi cayendo. El joven sólo atinó a voltear y decirme: “lo siento” mientras con su dedo índice tocó mi mano.

¿Por qué el gesto más natural que surgió de él fue tocarme solo con la punta del dedo? No tengo la certeza de con qué velocidad funciona su mente; cambió de intención en un instante y decidió que era mejor idea tocarme solo con su dedo índice a tocarme con su mano completa. Debe ser rápido.

Ese incidente me motivó a avanzar con más rapidez para llegar lo antes posible. Había mucha gente, sí, pero ahora parecía formarse justo frente a mí. En ese momento me pareció una broma macabra, una actitud colectiva de crueldad y desinterés en la misma medida. Pero ahora no sé si se formaban para abrir camino, como las aves cuando utilizan una formación para reducir el esfuerzo al desplazarse, o si lo hacían para impedirlo, como creí entonces. No lo tengo claro.

Conforme estaba más cerca mi cuerpo se inclinaba hacia adelante, como queriendo adelantarse a lo que me esperaba. Quería saber cuál sería el desenlace para mí en el momento en que él escaneara rápidamente mi rostro y lo descartara por otro, como no había dejado de hacer desde que lo vi. Me miraría unos segundos y me descartaría; no tenía dudas de eso. Pero antes de eso podía haber dos revelaciones: que me mirara o que comprobara que soy invisible.

Poniendo a prueba mi memoria para recordar el lugar donde estaba él, fui reconociendo árboles, bancas, pilares y paredes que me sirvieran de referencia para que mi ser pudiera colocarse frente a su mirada y ser atravesado por ella. Que pareciera algo casi involuntario.

Paré cuando supe que tenía que hacerlo. Estaba ahí. Si no volteaba pronto hacia mi derecha, probablemente me perdería el momento en el que él me dirigiría la mirada. Sería un acontecimiento sumamente breve; sin embargo, se sentía como lo más importante de mi vida.

La plaza lo supo y bajó su ritmo; muchos se callaron y otros hablaron más despacio, el sol dejó de ser tan impetuoso y el viento atravesó suavemente las hojas de los árboles.

Ya estaba pasando. Él me estaba mirando y yo no hallaba cómo devolverle la mirada.

Me estaba reconociendo. Claro, porque ya nos conocíamos.

¿Dónde?

¿cuándo?

Comenzó a caminar hacia mí, escuchaba sus pasos seguros y alegres. Se acercaba, pero sus pasos se escuchaban cada vez más lejos. Eran unos pasos entregados y generosos, transmitían la jovialidad de quien los caminaba.

Había algo en el aire que se acomodaba, como si el espacio hubiera encontrado por fin su forma. No era la primera vez que estábamos así:  frente a frente, él mirándome fijamente y yo bajando la mirada con una timidez infantil y sosa.

No dijimos nada, porque el silencio que había entre dos ya se sentía demasiado lleno. Lleno de recuerdos de una vida que no recordaba haber vivido.

Sabía que él estaba a punto de suspirar, y segundos después lo hizo. Yo conocía detalles minúsculos de su vida: cómo inclinaba la cabeza cuando esperaba una respuesta, cuándo su risa era sincera y cuándo reía por complacer. Su risa tenía un sonido armónico que yo amaba escuchar; se reía con una especie de incredulidad divertida, dejando escapar el aire entre los dientes.

Su voz era otra de las cosas que había escuchado un millar de veces: suave, casi cálida, pero con un fondo firme. También sabía cuándo lo inundaba el enojo, la distancia que tomaba cuando estaba molesto, la frecuencia de sus suspiros cuando estaba triste, y la forma torpe de disculparse cuando se equivocaba.

Sabía las palabras que evitaba pronunciar, cómo hablaba con cuidado y equilibraba ese cuidado con una honestidad inesperada. Sabía que era amable sin ser del todo bueno, pero que podía ser egoísta si se trataba de compartir lo nuestro con los demás.

Antes de que pudiera moverme, él ya sabía que iba a hacerlo. Cuando quise seguir avanzando, se acomodó a mi lado para hacerlo conmigo. Sabía que yo no iba a levantar la mirada, no porque no quisiera, sino porque no podía; en realidad, no había podido nunca.

Mis miradas ausentes hacia él, él las compensaba con las suyas hacia mí. Era una mirada conocida y constante, como si siempre me hubiera estado mirando.

Entonces me invadió una felicidad inexplicable, una plenitud que solo aparece cuando estás con alguien que amas y te ama en la misma medida. Mi sentimiento se le contagió, a pesar de ya estar bastante feliz desde que me miró llegar, su felicidad cambió en el momento en el que la mía lo hizo.

Él no necesitaba preguntarme nada porque lo sabía absolutamente todo de mí. Yo no quería ocultarle nada, no necesitaba hacerlo. Él conocía todos mis defectos, manías, la forma en cómo el estrés me hace daño, el dolor que me provoca mi cuerpo cada mes y todos desestiman, mi renuencia a volver a entrar en la tienda de telas donde me dijeron que esperara afuera, todo.

Nos refugiamos del sol bajo la sombra de un árbol, vi varias parejas pasar y me parecieron imperfectas comparadas con nosotros. De seguro que, si pudiera saber lo que pasa por sus mentes, encontraría algún rencor entre ellos, enojo, o algún deseo oculto. Mi hombre y yo no éramos víctimas de esas pequeñeces.

Conforme avanzábamos juntos, me di cuenta de que las personas que antes nos ignoraban ahora nos miraban expectantes. Reducían el paso, nos observaban y luego bajaban la mirada con una tristeza amable.

¿Por qué sentía que había estado en esta situación un millón de veces antes? Todo era nuevo, excepto las sensaciones y el hombre que caminaba a mi lado. Incluso los transeúntes que se cruzaban con nosotros eran personas desconocidas, pero me llevaban a pensamientos recorridos por mi mente muchas veces antes de esto.

Entonces entendí algo que no venía de ningún pensamiento, pero me golpeaba tan fuerte que sentía partirme en dos. No importaba si lo había conocido antes, tampoco era relevante dónde o cuándo. Tal vez conocí en un lugar donde eso no importa, su origen tal vez no es algo explicable en términos lógicos. Era tan real, y al mismo tiempo tan frágil que un solo gesto como voltear a verlo podría quitármelo. Avanzamos un poco más en la plaza, o tal vez no nos movimos ni un centímetro.

Pero decidí, como lo había hecho miles de veces antes, no voltear a verlo. Dejé que existiera así. Como existen las cosas que no necesitan ser ciertas.

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