Carmilla es una novela muy corta, pero es impresionante la cantidad de emociones que puede llegar a hacerte sentir en aproximadamente 100 páginas. Mis emociones fueron de la fascinación a la incomodidad: así de amplio fue el abanico de sensaciones que experimenté. Empecé a leer el libro justo el 31 de octubre, que es Halloween, y tal vez eso también aportó a que sintiera una atmósfera fría y misteriosa mientras lo leía. Fue encantador.
Además de la atmósfera gótica que tiene la historia al desarrollarse en un castillo, cuando se habla del lago y del bosque, incluso cuando el general narra el baile de máscaras, una cuestión que también aporta mucho al tono gótico es que hayan terminado con Carmilla en una iglesia abandonada.
En los últimos meses he visto varias películas de Enrique Taboada, y noté que, como en Carmilla, las iglesias abandonadas son escenarios donde lo sagrado y lo profano se entrelazan; por ejemplo, en El libro de piedra (1969), donde Silvia sube al techo del templo para asustar a la institutriz, o en Veneno para las hadas (1986), donde Verónica y Flavia van a buscar lagartijas para hacer su veneno. ¿Por qué menciono esto? Porque me parece un excelente recurso de las historias góticas que, en lo personal, me gustan mucho, y me di cuenta de que en este último mes lo estuve identificando en distintas narraciones con atmósferas semejantes.
Regresando a la historia, Laura y su padre definitivamente estaban en una situación vulnerable por el aislamiento en el que vivían; por eso Laura deseaba con tanta vehemencia una compañera. Es curioso que la amiga que Laura estaba esperando haya sido precisamente asesinada por Carmilla, quien llegó a suplir ese vacío. Sin duda eso hace que Carmilla tenga una figura mucho más pérfida y malvada dentro de la historia.
Siento que la relación entre Laura y Carmilla está sostenida por un vínculo sobrenatural, pero que también explora otras dimensiones, sobre todo la emocional. Desde el momento en que se vieron hubo una conexión especial. Podría ser por la naturaleza de Carmilla que Laura sintió cierto encanto hacia ella, pero lo cierto es que no sólo fue eso, sino que convivieron mucho tiempo y las emociones se fortalecieron.
En el libro se explica que los vampiros llegan a sentir por sus víctimas cierta fascinación similar a la del amor, y que su placer es mayor cuando logran alimentarse de su víctima con consentimiento. Prácticamente, si quisieran, podrían matar en una sola noche —como lo hizo con varias chicas campesinas—; sin embargo, ella cortejaba a Laura porque quería que se entregara por voluntad propia.
Es muy claro que el vampiro representa el mal, y por eso se le atribuyen ciertas cualidades que, en la época victoriana, eran consideradas tabú: el deseo femenino, las relaciones lésbicas, el placer como forma de transgresión. Si bien esta historia se escribió como una crítica a la mujer y sus deseos, hoy puede leerse como un referente que empodera precisamente a quienes se quiso silenciar.
Carmilla se muestra en la historia como una depredadora, y el libro es bastante corto, así que no se profundiza demasiado en la naturaleza de ninguna de las dos protagonistas esa ambigüedad es parte del encanto del relato: deja mucho a la interpretación del lector. Sin embargo, yo no creo que Carmilla sea del todo malvada; más bien la percibo como una figura trágica.
El vampirismo en esta obra representa muchas cosas: lo prohibido, la enfermedad, la muerte y la belleza que pervierte. Sobre todo, esto último es lo que, creo, ha hecho que el vampiro sea una figura tan atractiva a lo largo del tiempo.
El acto de alimentarse de otro ser puede verse como algo literal, pero también metafórico: Carmilla amaba tanto a Laura que, como ella misma dijo, era celosa; absorbía toda su atención, su tiempo y su espacio. Los vampiros suelen ser apasionados y, por eso, representan el amor romántico en su forma más extrema. Carmilla dice una de las frases más memorables del libro:
“Me creerás cruel y muy egoísta, pero el amor es siempre egoísta; cuanto más ardiente, más egoísta. No sabes lo celosa que estoy… No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.”
No sé si el amor sea egoísta, pero sí sé que todos hemos deseado ser amados con esa devoción alguna vez. Aunque, inevitablemente, surge la pregunta: ¿qué tan sostenible es un amor así? ¿Será por eso por lo que el amante del vampiro siempre termina muriendo?
La figura femenina en Carmilla hoy está más reivindicada. Lo que se creó para criticar a las mujeres y sus deseos ahora se adopta como símbolo de fuerza, y eso me parece hermoso. Dentro del imaginario gótico, Carmilla representa a la primera vampira de la literatura, y espero que en algún momento su fama sea equiparable a la de Drácula.
A diferencia de Drácula, el hecho de que las protagonistas sean mujeres cambia la forma en que se perciben el deseo, la fragilidad y el poder. La villana principal es una mujer fuerte e inteligente; la narradora también lo es, y eso le da una visión distinta a la historia.
El relato mantiene siempre una tensión entre lo erótico y lo aterrador, probablemente porque eso mismo le generaba miedo al autor y a la sociedad de su tiempo. Le Fanu disfrazó sus temores y deseos bajo el velo del terror y lo sobrenatural.
Cuando empecé a leer la novela, dudaba si era una crítica a los miedos de la sociedad o una reproducción de ellos. Creo que fue lo segundo, aunque me encantaría saber si otros lectores lo perciben distinto.
Muchos aspectos de la historia siguen vigentes: el monstruo siempre refleja los miedos de su época. El vampiro ya no asusta como antes, pero sigue siendo símbolo de deseo, otredad y fascinación. Por eso vale la pena rescatar esta historia y reivindicar el personaje de Carmilla.
Carmilla plantea que el mal a veces viene de dentro, y creo que eso sigue siendo actual. Si encontramos en nosotros mismos o en la sociedad ecos del “mal” o del “deseo reprimido”, podemos entender que lo que antes se consideraba pecado hoy puede verse como libertad.
También me deja reflexionar sobre la necesidad humana de conexión. Laura y su padre estaban vulnerables por el aislamiento, y por eso aceptaron la compañía de Carmilla, quien, aunque misteriosa, los envolvió con su encanto. Esto me recordó a Frankenstein, donde la criatura sufría precisamente por su soledad y necesidad de pertenencia.
La parte del libro que me resultó más perturbadora y bella fue cuando Laura fue atacada por primera vez por Carmilla: realmente sentí miedo mientras lo leía. La muerte de Carmilla, en cambio, se sintió como una pérdida. Estoy segura de que, si esta historia hubiera sido escrita por una mujer, se habría admitido abiertamente que Laura se entristeció por su muerte.
Carmilla me hizo empatizar con ella cuando dijo:
“No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.”
Porque, aunque no sé si el amor sea egoísta, sé con certeza que el amor no es indiferente.

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