• Nadie quiere que le vendan humo, yo sí. He pensado cómo sería si lo vendieran, tal vez venderían el humo en kilos y entonces me compraría un kilo en una bolsa, haría un agujerito pequeño y lo soltaría poco a poco alrededor de mí; si lo vendieran por metros, compraría un carrete y me haría pulseras y collares con él. Si hace frío me haría una bufanda.

    Yo sí compraría humo, pero no lo venden y no lo venden, porque no se puede.

    A mí me gusta mucho el humo porque lo siento en los ojos y en la nariz, pero no lo puedo atrapar en mis manos, incluso si toca mi cara no lo puedo sentir. A veces pienso que el humo es imaginario, no sería la primera vez que algo imaginario me cala en la garganta.

    Pero es que yo lo veo y no me canso de verlo. Yo nunca me he recordado diciendo que me he cansado de ver humo, me ha lastimado los ojos, pero siempre quiero verlo. Hay algo en ver humo que me hace sentir que siempre es muy poquito, casi nada. Además, para mí los humos nunca se repiten, cada uno es diferente.

    Siempre que los veo nacer ya tienen la urgencia de irse y siempre logran irse, buscan la altura y se van, apenas y me rozan o me ven fugazmente y huyen.

    Además, desde hace tiempo el humo también me hace favores, por ejemplo, me deja seguir leyendo en el patio por las tardes porque me hace invisible a los zancudos.

    Mi mamá enciende un incienso cerca de mí y los zancudos dejan de olerme y se retiran tristes, se resignan a perderme, no podrán probarme.

    Yo creo que es verdad, porque un zancudo titilante tiraba suavemente de mi atención, luego el humo del incienso me la robó y cuando recordé al zancudo no lo encontré alrededor de mí. Sentí como si un amigo me hubiera abandonado, yo quise que me abandonara, eso era lo peor.

    Tal vez si tuviera un poco más de humo podría ser invisible no solamente para los zancudos, podría ser físicamente invisible para todos. Yo soy invisible para alguien llamado Pedregoso, tal vez me castiga con su indiferencia porque busco ser invisible para sus zancudos. Esos pequeños seres que han nacido, crecido y se han reproducido en sus aguas encharcadas.

    Un pequeño hilo de humo blanco hizo que Pedregoso se enojara conmigo. Yo sigo aquí viviendo en él, y ni él ni yo podemos evitarlo. Tenemos un pacto demasiado triste: yo ignoro la molestia de vivir en él, y él me vuelve invisible.

    El humo del incienso además de desprender un olor agradable me parece de los humos que más me llenan los ojos. Se eleva poco a poco como un hilo bajo el agua, luego una mínima variación en el viento lo interrumpe, pero sigue subiendo de manera desorganizada hasta que se puede formar otra vez en un pequeño hilo.

    Después del incienso ya no quise leer, quise jugar. Ya no hago el ademán de tomar el humo en mis manos porque sé que no puedo, pero decidí que iba a tomar la varita de incienso y la iba a mover como si fuera una varita mágica.

    La vara de incienso me recuerda a una bengala. Yo creo que nacieron para lo mismo, pero una suelta chispas, encanta, alegra, cautiva y eso le cuesta ser tan fugaz; por otro lado, los inciensos tal vez son las bengalas que no tienen chispa, solo tienen humo y olor.

    Los inciensos no son tan fugaces como las bengalas, pero las bengalas se mantienen completas, a veces simplemente se doblan dolorosamente. En cambio, el incienso se tiene que deshacer, cae a pedacitos, hace un esfuerzo grandísimo por no caer, pero al final tiene que hacerlo porque la ceniza no se puede sostener.

    Mi papá y yo cada uno con una varita de incienso en la mano, sin que él se dé cuenta yo trato de imitar los movimientos que él hace. Tratamos de cubrirnos con el humo para que los zancudos no nos perciban, queremos seguir ahí. Miramos mutuamente las dos varitas para tratar de predecir cuál se terminará antes.

    Yo no sé si mi papá sabe que lo miro así. No sé si sabe que hay movimientos suyos que se me quedaron adentro sin darme cuenta. Lo he aprendido, como se aprende lo cotidiano: como ciertas canciones, como ciertos olores, como ciertas tardes. Tal vez por eso ahora quiero comprenderlo más que antes. No quiero conocerlo todo porque sería como querer atrapar el humo, pero quiero conocerlo y que sea como contemplar como el humo va subiendo hasta que se vuelva invisible para mis ojos.

    Siempre he creído que si mi papá fuera un elemento sería el viento. Es libre, fuerte, veloz y siempre combina con el humo. El humo del cigarro, ese es un aroma que siempre he asociado a él. Ese humo a diferencia del incienso me despierta la nariz. Al humo yo siempre lo he querido consumir con los ojos, pero el del cigarro no se conforma con ser mirado. Yo preferiría mil veces que el humo que lo rodea se pareciera más al del incienso que al del cigarro.

    Pero, así como a mí no me gusta explicar por qué me gusta mirar el humo, me imagino que él tampoco cuenta por qué le gusta el humo del cigarro. Tengo curiosidad. Yo sé que, aunque nadie lo entienda, algo debe haber ahí. Pero no sé si ese algo él lo reconoce o si también se le esconde.

    Por: Guadalupe Montoya

  • Por: Guadalupe Montoya

    Esta es la segunda parte de Alas de abeja. Puedes leer la primera parte aquí: Alas de abeja I: El ala plegada.

    Esta continuación acompaña a Lito en el momento en que deja de esconderse y comprende que, a veces, existir de otra forma también puede convertirse en bienvenida.

    V. El orden

    Todo era tan igual a como lo había sido siempre que esa normalidad casi ahoga la voz interna de Lito que había estado haciendo demasiado ruido desde que escuchó la conversación de sus hermanas. Sin embargo, cuando estaba a punto de sumergirse en lo habitual escuchó a Lira.

    —Muy bien, tengo la lista de tareas para el día de hoy —dijo fuerte para que todas la escucharan y procedió a mencionar la tarea y el nombre de las abejas asignadas. —Lito, tú te quedarás cerca de los materiales de reparación —remató Lira con satisfacción por haber logrado organizar un día más las tareas de su equipo.

    —¿Qué es exactamente lo que tengo que hacer? —preguntó Lito con una voz casi inaudible, pero firme.

    Esa fue una pregunta que claramente desencajó a Lira. Miró la lista, luego el espacio junto al nombre de Lito, como si allí hubiera una instrucción que se hubiera borrado de pronto.  

    La asignación de tareas había funcionado de ese modo para Lira siempre, ella repartía las tareas distribuía vuelos, calculaba cargas. Y al final inventaba una tarea mínima para Lito. Una labor pequeña, prudente, suficiente para mantenerla dentro del equipo sin alterar demasiado el ritmo.

    Pero hoy Lito esperaba una respuesta.

    —La tarea no es muy diferente a lo que has hecho anteriormente, Lito. No puedo decirte con precisión qué tienes que hacer porque pueden surgir varias cosas que tú atenderías —respondió Lira.

    Al principio dudó. Luego, al escucharse, fue encontrando seguridad en sus propias palabras. Había algo tranquilizador en una explicación que sonaba útil, incluso cuando acababa de aparecer.

    —La verdad, sigue sin quedarme claro —dijo Lito con genuina duda.

    Mientras esto sucedía Luma estaba bastante irritada con la escena por lo que decidió mejor empezar a trabajar sin esperar a las demás.

    Esto era nuevo y se estaba volviendo un poco irritante para la precisión de Lira. Su equipo funcionaba y era bueno aun cuando tenían como integrante a Lito, pero ahora lo que nunca se había vuelto un obstáculo estaba convirtiéndose en algo que les retrasaba. Aun así, Lira concluyó que no importaba demasiado lo que estaba sintiendo en ese momento, solo tenía que darle una respuesta a Lito para continuar. Así que con la agilidad que la caracteriza improvisó.

    —Como sabes, Lito, cuando transportamos materiales muchas veces no tenemos cuidado en acomodarlos; lo que tú tienes que hacer es cuidar que no se pierdan y mantenerlos ordenados —dijo Lira de forma tan clara y tranquila que nadie se percató de lo mucho que dudó y lo desconcertada que estaba por la situación.

    —Es una tarea perfecta para Lito ya que ella siempre ha sido más cuidadosa y tiene especial sentido del orden —agregó Lena dirigiéndose a todas, pero viendo directamente a Lito.

    Después de eso comenzaron a trabajar. Todas se fueron a recolectar los materiales y después de minutos regresaban y arrojaban lo que Lito tenía que ordenar.

    Entre las que iban y venían, una abeja dejaba siempre su carga en el mismo borde, nunca en el centro. Lo hacía con tal precisión que parecía costumbre, no dificultad. Lito lo vio, pero todavía no supo qué estaba viendo.

    Para Lito la respuesta que Lira dio sonaba bien, pero no coherente. Se imaginó cómo pudo haber sido si le hubieran asignado la misma tarea que las demás, sintió algo de pena por la escena imaginada porque sabía que al final esa era una tarea que le costaría mucho tiempo terminar. A partir de ese pensamiento surgió una pregunta dentro de ella: ¿le asignaban estas tareas para facilitarle el trabajo o simplemente para que no retrasara el cronograma?

    Mientras realizaba la tarea se daba cuenta que no era para evitarle trabajo, ya que al final ordenar lo que ellas no tenían cuidado ni consideración de acomodar. La habían puesto en un rincón donde su esfuerzo no interrumpía el vuelo de nadie.

    La tarea asignada le permitía estar rumiando en sus pensamientos lo cual era doblemente agotador, aunque de vez en cuando interrumpían sus divagaciones porque llegaba una abeja a arrojar el material. Frente a Lito estaba una montaña de distintos materiales amontonados, mismos que ella tenía que ordenar. Al ver la montaña que a primera vista parecía gigante su ánimo disminuía.

    Pronto empezó a notar que no todos los materiales se mezclaban igual. Los más pesados aplastaban a los frágiles; los más pequeños se perdían debajo de todo; algunos servían para reparar bordes y otros solo para cerrar huecos finos. Nadie lo había dicho. Tal vez porque nadie se quedaba suficiente tiempo frente al montón.

    Cuando todas terminaron y llegaron a la zona donde dejaron los materiales y Lito los acomodaba, ayudaron a acomodar cinco que faltaban.

    —Mañana realizaremos la misma tarea, está de más explicar que todos tendremos la misma actividad que tuvimos el día de hoy —explicó Lira, haciendo especial énfasis en la última parte de su oración.

    Lito no pudo evitar pensar en lo agotador que sería la jornada de trabajo de mañana. Hoy, mientras trabajó paso por su mente una idea, aunque dudaba en comunicársela a sus hermanas, el pensar que eso aliviaría su trabajo del día de mañana la animó.

    —Hoy mientras realizaba mi tarea me percaté de que, si los materiales se separan desde el primer momento por tamaño, uso o zona de destino, se evita estar acomodando dos veces y se pierde menos tiempo —habló con rapidez como quien teme ser escuchado.

    —¿Qué? —preguntó Lira, no porque no hubiera escuchado lo que Lito dijo, sino porque necesitaba tiempo para responder eso.

    Lito repitió su idea y explicó el desorden de las otras también producía trabajo extra y que, aunque pareciera que trabajar rápido debe ser prioritario también generaba ineficiencia.

    Todas se quedaron calladas por unos segundos.

    Después de pensarlo unos segundos, Lira respondió:

    —Así lo haremos mañana, espero que todas lo hayan escuchado —dijo para todas mientras se retiraba.

    Lira se retiró rápido y en cuanto pudo observó nuevamente su lista, busco con la mirada su nombre y su rol; se tranquilizó, nada se movió, solo fue esa incomodidad rara que la envolvió por un momento. Seguía siendo quien sostenía ese equipo y con esa seguridad renovada, emprendió el vuelo de forma impetuosa y soberana.

    Por otro lado, Luma estaba en silencio, antes de irse observó los materiales ordenados, luego el espacio donde había dejado caer su última carga con demasiada fuerza. La propuesta tenía sentido; eso la irritó más.

    Trabajar nunca había implicado para Luma reducir su velocidad. El viento rozando su rostro era la recompensa más satisfactoria de su trabajo, ahora tenía que privarse un poco de ese placer.

    Era extraño que Lito supiera cómo funcionaban las cosas. Aunque crecieron juntas, Luma, por primera vez tuvo la sensación de que en realidad no conocía a Lito.

    Después de eso, Lito no sintió deseos de volver de inmediato a su celda y guiada por el zumbido tenue de las nodrizas, Lito se dirigió hacia la zona de cría.

    Lito se quedó observando a las nodrizas, el modo en que iban y venían entre las celdas sin la brusquedad del resto del panal. Para una abeja todo comenzaba ahí, parecía extraño que el inicio fuera como una respiración tranquila, y después todo se volviera tan apremiante.

    Cuando Lito podía estar en esa zona no sentía que la vulnerabilidad fuera castigada como en otras zonas del panal, sino que aquí era tiernamente cuidada. Aquí había espacio y el tiempo no corría tan rápido, era casi como el vaivén de una respiración de un bebé dormido.

    Se acercó a una larva estaba tranquilamente dormida y comenzó a reflexionar sobre lo que había pasado hoy. Estaba expectante por cómo funcionaría mañana lo que había propuesto, sabía que su idea había partido de conocimiento que le daba su trabajo, pero tenía algo de miedo sobre la respuesta de sus compañeras a la reestructuración de sus ritmos. Ella nunca había propuesto algo en voz alta, siempre había querido aportar, pero de la misma forma que sus compañeras. Ahora lo había hecho, pero no entendía por qué sentía que había desafiado su propia naturaleza.

    Si esa misma propuesta hubiera venido de Luma o Lena se sentiría natural, aunque ellas tampoco nunca habían propuesto nada. Hay cosas que parecen naturales en algunos y completamente inesperadas de otros.

    Por ejemplo, la larva que estaba observando, con toda certeza se convertiría en una abeja, no sería mariposa, ni mucho menos avispa. Así de imposible le parecía la posibilidad de que ella tomara otro papel que no fuera el que había desempeñado durante toda su vida. Sin embargo, había sucedido algo inesperado, su ala seguía plegada, pero ella se sentía aerodinámica.

    Al día siguiente se sentía cierta expectativa grupal con respecto al pequeño cambio con el que iban a trabajar ese día. Así que se sentía cierta urgencia por comenzar y ver cómo funcionaba.

    Lira dio algunas indicaciones breves y emprendió el vuelo. Le siguieron las demás y Lito se quedó observándolas.

    Despejó tres espacios separados donde iban a descargar los materiales que posteriormente Lito ordenaría. Al tener que gestionar esa pequeña tarea se dio cuenta que ahora la presión no estaba sobre la capacidad de su cuerpo, sino que la presión era intelectual, muy diferente a lo que había vivido anteriormente, pero en ese aspecto sentía mucho más control. Ya que por primera vez se sintió en igualdad de condiciones con respecto a sus hermanas.

    Conforme llegaban y dejaban los materiales Lito les dirigía hacia el punto en que tenían que descargar cada uno, todavía había quien tiraba con demasiada fuerza su carga y Lito tenía que recogerla de muy lejos, pero también hubo quien entendió la consigna y la siguió sin problema.

    Cuando habían concluido de transportar el material, también todos los materiales estaban ordenados. Estando todas reunidas justo antes de dar por terminada la tarea, Lira tomó la palabra y dijo:

    —Fue bueno lo que hicimos hoy, desaceleramos un poco, pero fuimos eficientes, en cuanto a tiempo no hubo gran cambio, pero estuvo bien. Buen trabajo —dijo Lira animando a sus compañeras y continuó: —Puede que este trabajo fuera más rápido si en la zona donde recogemos el material realizaran el mismo acomodo que realiza Lito aquí, sería bueno proponerlo.

    Y como si sintiera una gran urgencia por hacer algo emprendió vuelo y se fue.

    Luma nunca había estado en desacuerdo con Lira; la respetaba y le apreciaba demasiado como líder y como hermana. No es que no estuviera de acuerdo con esto, pero le incomodaba.

    Esto aumentó su irritación y tuvo la necesidad de acercarse a Lito.

    —¿Siempre habías pensado esas cosas o apenas se te ocurrieron? —preguntó directamente Luma a Lito.

    —Había tenido ideas como esta, sí, pero no pensé que valiera la pena decirlas —admitió Lito que daba la impresión de ser más pequeña junto a Luma.

    —Mmm… “ideas”, ¿o sea que esta no es la única que has tenido? —dijo Luma con un poco de incredulidad en su voz.

    —Tengo que volar más lento, no porque quiera, sino porque no puedo hacerlo de otro modo, eso me obliga a pensar cómo podría compensarlo —dijo Lito con evidente pena— no lo dije porque antes estaba ocupada intentando seguir el ritmo.

    Entre más escuchaba a Lito, más se irritaba Luma así que mejor se retiró, subió a su celda que estaba en uno de los lugares más altos del panal donde podía observar todo lo que sucedía. “Ideas”, “compensar”, “seguir el ritmo” esas palabras daban vueltas por la cabeza de Luma que nunca se le había ocurrido que Lito podría pensar o sentir esas cosas.

    ¿De qué sirve tener ideas si no puedes sostener el ritmo?, pensó Luma. Y como si esa pregunta fuera bálsamo para su irritación se relajó.

    Desde su celda observaba todo el panal y a las abejas en un ir y venir rápido, ligero, casi como una coreografía. Lito había sido irritante para ella porque rompía con el ritmo por su incapacidad, pero ahora otra vez rompía con su ritmo, aunque no sabía cómo.

    Le atravesó una pregunta casi sin darse cuenta: ¿cómo puede alguien tan limitada resultar, de pronto, tan difícil de reducir?

    Pero una abeja de acción como Luma no estaba acostumbrada a quedarse pegada en sus pensamientos, así que desechó todo eso y durmió ignorando esas pequeñas piedritas que le impedían un descanso placentero.

    VI. Sin ajustes

    Al día siguiente Lito se dirigía mucho más temprano de lo que normalmente lo hacía hacia la zona donde se encontraría con sus hermanas para iniciar la jornada de trabajo.

    Quería preguntarle a Lira cómo le había ido con la propuesta en las otras zonas de trabajo. Tenía una positiva curiosidad de ver cómo los demás recibían su propuesta; sobre todo, confiaba en que la recibirían bien porque quien la estaba presentando era Lira. Y mientras pensaba en eso empezó a imaginar cómo sería hablar con la misma seguridad de autoridad con la que lo hacía Lira. Se preguntaba si ella había nacido con esa habilidad o si de forma interna las demás abejas se la habían dado y por eso era tan buena líder. No sabía si las cualidades de su hermana eran algo con lo que nació o algo que se le concedió posteriormente.

    Cuando llegó, se encontró a Lena y Lira conversando; por un momento pensó que se encontraban hablando sobre lo que ella quería preguntarle a Lira, así que se acercó con total naturalidad. Pero parecía que había una pared enorme entre sus hermanas y ella, una pared que nunca se había percatado que estaba y hoy el día que menos lo esperaba se había revelado frente a ella, la reconoció en sus posturas y en la forma en como la miraron y se confirmó en sus palabras.

    —Hoy tendrás el día libre, Lito, no vendrás a trabajar con nosotras —Le dijo Lena con un tono que parecía querer disfrazar lo que estaba diciendo.

    —¿Por qué? —preguntó Lito desconcertada.

    —Esta tarea requiere rapidez y coordinación constante —respondió rápidamente Lira y continuó agregando—. Simplemente esta vez necesitamos que el equipo funcione sin ajustes.

    —¿Sin ajustes? ¿Acaso el ajuste que realizamos ayer no fue positivo? —preguntó con ímpetu Lito.

    —En realidad fue maravilloso, Lito —agregó Lena.

    —Sí, funcionó bien, pero no me refiero a ese tipo de ajustes, sino de los que normalmente tenemos que realizar cuando nos acompañas. Lo más conveniente es que hoy te quedes fuera —sentenció Lira deseando que eso fuera lo último que le tuviera que decir al respecto.

    Luma desde una esquina observaba la escena con desinterés y una distancia que la hacía parecer ajena.

    —¿Entonces prefieren que no vaya antes que tener que trabajar conmigo de otra manera? —preguntó Lito

    —No es eso, Lito, pero no te vamos a exponer —respondió rápidamente Lena.

    —No se trata de ti en abstracto, se trata de lo que esta tarea exige del equipo —agregó Lira rápidamente interrumpiendo a Lena.

    —Entonces nunca fue mi tarea —dijo Lito—. Era mi lugar.

    Después de eso, ya no supo si alguna de sus hermanas dijo algo más porque se retiró. Le dolía el cuerpo y algo más hondo, pero a diferencia de otras veces donde el dolor le impidió moverse, esta vez la hizo retirarse.

    Caminó por el panal sin rumbo aparente hasta que el zumbido tenue de las nodrizas la condujo, una vez más, hacia la zona de cría. Frente a una de las celdas, una nodriza acomodaba con suavidad a una larva que apenas se movía. La nodriza se movía con paciencia y cuidado, como si lo que estuviera a su cargo fuera lo más preciado del mundo.

    Lito no pudo evitar pensarlo: ¿qué pasaría si la nodriza mirara la quietud de la larva como sus hermanas habían mirado su ala?

    Si la viera como Lena probablemente vería a la larva con compasión, la quietud de la larva seríael motivante del movimiento de Lena. Le cuidaría tiernamente y la reduciría completamente a ese cuidado. Lito nunca había pensado de esta forma, pero últimamente cuando se sentía bajo el cuidado de Lena, se percibía como algo que no podía ni debía salirse de eso.

    En cambio, si la nodriza fuera Lira, movería a la larva rápidamente, la alimentaría a la hora adecuada, la movería otra vez, y una vez más. Y al notar que tiene que hacerlo constantemente y que eso reduce su productividad, dejaría que otra nodriza cuidara a esa larva.

    Pero, por otro lado, a quien no podía imaginar como nodriza sin que se sintiera demasiado forzado, era a Luma. Luma siempre fue veloz, todo lo demás en lo que no era sobresaliente lo compensaba con su velocidad, que traía consigo también ruido y pedantería. Lito muchas veces quiso ser como Luma, le admiraba e incluso le envidiaba, pero parecía que ese sentimiento de admiración era proporcional a la incomodidad que Lito le causaba a Luma.

    Al terminar ese ejercicio imaginativo Lito sintió que traer a su mente a sus hermanas estaba traicionando un poco el lugar en el que estaba. Bajo su mirada y su experiencia, lo que le evocaban eran cuestiones contrarias.

    Como si la pared que la separaba de sus hermanas fuera ahora un muro imposible para traspasar; en ese momento supo que no podía volver a trabajar con sus hermanas.

    VII. La zona de cría

    Los días posteriores Lito regresaba a la zona de cría, a veces apoyaba a las nodrizas en el cuidado de las larvas, otras veces se limitaba a observar; lo hacía como una actividad que le permitía estar en un sitio tranquilo y donde su cuerpo no se volvía una falta tan visible.

    De tanto observar a las nodrizas ir y venir entre las celdas, Lito empezó a distinguir pequeñas diferencias que antes le habrían parecido imperceptibles. Una mañana señaló, con la naturalidad insegura de quien aún no se acostumbra a ser escuchada, que ciertas larvas parecían necesitar atención antes que las demás. Unas larvas eran más inquietas, esas requerían ser atendidas primero; también había cuestiones que le permitieron identificar cuándo una larva requería alimento o una atención especial. La sugerencia fue recibida con la misma naturalidad con que en esa zona se recibían las cosas útiles. Le resultó extraño que una observación suya pudiera entrar en el trabajo de otras sin desordenarlo todo.

    Con el tiempo sus ideas se fueron asentando y comprendió muchas cosas que había estado experimentando, otras cosas no tenían respuesta, pero ya no le atormentaban como antes. Ese día, después de varios y de sentir una relativa paz vio algo que le descolocó.

    Dentro de la zona de cría había unas pupas muy cercanas a salir, pero cerca de donde estaba Lito había una que apenas y había quitado una pequeña parte de la cera que tapaba su celda. Al principio y apenas llamó la atención de Lito, pero conforme se dio cuenta de que todas ya habían salido y esa continuaba batallando se inquietó un poco. Estaba dudando en si intervenir o dejarlo estar, sin embargo, decidió que un poco de ayuda no vendría mal. Así que empezó a quitar la cera para permitir que la abeja saliera.

    En ese momento una pequeña abeja salió de la celda, se veía desconcertada, pero observaba maravillada todo el panal a su alrededor. Se veía entusiasmada, y lo estaba tanto que la propia abejita no reparó en ver su diferencia con las demás.

    Lito observó a la abejita con una ternura que no sabía qué tenía dentro de ella. No pudo evitar reconocerle como algo maravilloso, pero ese mismo reconocimiento le hizo sentir un terror súbito al imaginar cómo el panal la recibiría posteriormente. Se imaginó a sí misma emergiendo de la celda y se preguntó si a ella también alguien le ayudó a retirar la cera, si alguien la observó emerger y se maravilló, si por el contrario alguien sintió repulsión. Nunca lo sabría, no lo recordaba, pero le hubiera gustado guardar en su memoria.

    La abejita comenzó a alejarse y Lito la siguió de cerca, sentía mucha curiosidad y quería observar lo más que le fuera posible. Su corazón latía muy rápido, sentía que en cualquier momento vería cómo a la pequeña abeja se le asignaba un lugar dictado desde la superficialidad de lo que los demás pueden ver.

    Le hubiera gustado desde lo más profundo de su ser tener el poder de interponerse entre la mirada del panal y la pequeña abeja.

    Mientras la abejita iba con un paso tambaleante mirando con admiración todo lo que hay a su alrededor se topó con una nodriza que al parecer le dio algunas indicaciones que Lito no alcanza a escuchar con certeza.

    Pero hay algo particular en la escena que Lito estaba observando de la pequeña abeja y su nodriza y es que la nodriza con suavidad ayuda a estabilizarse a la abejita, la examina mientras le hace cosquillas con sus antenas, y le dice con suavidad:

    —Bienvenida, ve con cuidado

    La abejita se retira, aun ignorando algo importante en ella. La nodriza ahora examina a otra abejita con normalidad, un poco menos de suavidad y un poco más de jugueteo, pero solo eso como diferencia visible.

    Lito sintió como si en ese momento muchas certezas se hubieran vuelto preguntas y sintió alivio al ver que la abejita había tenido una bienvenida a través de una mirada amable. Deseó que la pequeña abeja nunca olvidara esa mirada que recibió y sintió una ausencia honda en ella al no recordar absolutamente nada de su primer día. Sintió una ternura inefable al imaginar que ella también debió haber sido algo pequeño y digno antes de convertirse en problema.

    VIII. Las otras

    Mientras emprendió el camino hacia su celda su mente no dejaba de dar vueltas alrededor de la pequeña abeja. ¿Entonces no toda diferencia era recibida del mismo modo? Se preguntó.

    ¿Diferencia? Ella y la abejita eran diferentes, pero al mismo tiempo eran iguales ¿Dónde estaban las otras abejas que no encajaban del todo?

    Era extraño, pero parecía que acababa de descubrir algo nuevo. Empezó a ir más despacio, ya no subestimaba su capacidad de observación.

    Entonces a su izquierda vio las celdas cercanas y casi de reojo vio a una abeja que estaba limpiando una celda. Avanzó un poco más y luego se paró, muchas veces había pasado por ahí y siempre veía a esa abeja limpiando esa misma zona. Regresó y trató de verla con un poco de disimulo. Era una abeja adulta que se movía con una leve dificultad en una de sus patas. Lito pudo ver que tenía una pata rígida. Cuando la abeja se percató de la mirada de Lito, Lito se retiró rápidamente.

    Antes de llegar a su celda, Lito vio a una abeja joven acomodando pequeñas porciones de alimento junto a una hilera de celdas. Cuando otra le dijo algo al pasar, la abeja tardó un instante en volver la cabeza; luego corrigió el gesto y continuó, como si la señal le hubiera llegado apenas un poco tarde.

    Cuando llegó a su celda se preguntó por qué nunca había visto lo que era tan evidente. Lo pensó un rato. El panal no solo había tenido sitio para abejas como ella; también había sabido esconderlas dentro de sus tareas, sus ritmos y sus silencios.

    Ella hasta hace poco deseaba no ser vista, quería encajar, tener el mismo ritmo y cumplir con las mismas tareas. Porque dentro de ella como una verdad que no se pronuncia nunca sabía que en el panal la diferencia era castigada con indiferencia. Por eso las diferentes quieren ser iguales, aunque nunca lo serán.

    Si había otras, quería decir que la pequeña abejita no iba a ser la única, pero podría aprender a mirar la diferencia como algo sumamente negativo o aprendería a ignorarlo como lo había hecho ella.

    Pero ahora se percataba de que ella era parte de lo que la abejita miraría y le serviría de espejo para entender cómo se vive la diferencia.

    Esa pequeña abeja no podía crecer viendo la diferencia como algo que tiene que reducirse a las miradas ajenas.

    No podía interponerse entre la mirada del panal y la abejita, pero sí podía negarse a seguir siendo una figura doblada por la vergüenza.

    Quizá no podía evitarle el mundo, pero sí existir delante de ella de una forma que no la condenara de antemano.

    Desde entonces, la zona de cría se convirtió para Lito en algo más que un lugar tranquilo: era el sitio donde aún parecía posible llegar al mundo sin vergüenza.

    Algunas veces, al cruzar el panal, Lito veía pasar a sus hermanas. Lira seguía llevando listas, Lena seguía abriendo paso a otras abejas pequeñas y Luma seguía atravesando los corredores como si el aire le perteneciera. Lito ya no se detenía a entenderlas. Las miraba pasar y volvía a la zona de cría.

    Lito regresó día con día, realizaba tareas diversas para el cuidado de las larvas y las pupas, pero siempre de manera especial procuraba estar al momento en que las pupas abrían las celdas.

    Y ahí estaba un día Lito, recibiendo a una abejita con las alas más pequeñas. La sostuvo con cuidado y le hizo cosquillas con las antenas. Tenía miedo y, al mismo tiempo, una emoción que apenas le cabía en el cuerpo.

    Lito no se escondió.

    La abejita la miró con curiosidad; primero a ella, luego a su ala plegada, luego al resto del panal. Después acomodó sus pequeñas alas y permaneció un instante junto a ella.

    Gracias por acompañar a Lito hasta aquí. A veces una historia nace de una imagen pequeña y termina abriendo preguntas que no sabía que llevaba dentro. Alas de abeja fue, para mí, una de esas historias.

  • Por: Guadalupe Montoya

    Alas de abeja es una historia sobre la diferencia, la vergüenza, la ternura que a veces limita y la posibilidad de encontrar una forma propia de existencia. La comparto en dos partes para que pueda leerse con calma. Esta primera parte acompaña a Lito en el descubrimiento doloroso de su cuerpo, de la mirada de las otras y de aquello que comienza a incomodarle.

    I. El ala plegada

    Cuando están volando, las alas de una abeja se convierten en un temblor rápido; vibran con una velocidad que las vuelve casi invisibles. Por otro lado, cuando están en reposo son como una delicada película de vidrio húmedo, extremadamente limpias y exactas. Es aterrador lo frágil que son para lo necesarias que resultan para una criatura nacida para no detenerse. Basta ver las alas de una abeja para entenderlas: en ellas está escrito lo que son. Sostienen casi nada y al mismo tiempo casi todo.

    Una de esas alas había traicionado el cuerpo que debía sostener. Todas las abejas del panal lo veían como un desajuste, pero para Lito sus propias alitas asimétricas eran una falla íntima, una vileza del propio cuerpo. Eran una imagen cruel: una de sus alas era un intento interrumpido de creación; tenía un ala plegada.

    En general, Lito vivía a cuestas no con una gran tragedia, sino con una tragedia pequeña, pero constante e insalvable. Simplemente tenía que aprender a vivir con ello; no había nada más que hacer y por parte de la colmena no hubo más que una aceptación que se sentía más como indiferencia.

    “Lito, si no puedes, retírate”, “No queremos que luego te frustres”, “No creo que llegues a hacer vuelos largos”, “No tienes que esforzarte en seguirnos”. Esas eran las palabras que constantemente había escuchado Lito durante toda su brevísima vida.

    Además, era mucho más pequeña que sus hermanas, su constitución física era una desventaja para poder coexistir con sus hermanas y que no fueran completamente visibles sus diferencias.

    Para Lito, el percatarse de su diferencia no surgió como algo que sabes. Nadie se lo dijo. Pero cuando quiso volar se fue de bruces contra las celdas de la colmena. Al momento de que intentó alzar el vuelo se dio cuenta de que el sonido y la vibración que emitían sus alas no era nada parecido a lo que había escuchado venir de otras.

    El sonido que viene de las alas de una abeja no es melódico ni dulce, al contrario, es frío, pero es constante, da una sensación de precisión. En cambio, de Lito provenían sonidos que nunca eran iguales, sonaban descompuestos y débiles. Emitía sonidos desagradables; las demás abejas aumentaban el malestar de Lito al mostrarse complacientes y ajenas.

    Su ala plegada y arrugada desentonaba completamente con la uniformidad del cuerpo de todas las demás abejas de su panal. Nadie lo decía, pero a ella le invadía un profundo sentimiento de vergüenza cuando se veía junto con sus hermanas y su sola presencia desencajaba de manera violenta. Su deformidad era violenta y chocaba con la intimidante belleza de las demás.

    Lito podría haber vivido con una moderada normalidad si su ala plegada hubiera sido solo una forma distinta de verse. Pero lo que la aturdía era otra cosa. Una conciencia que no llego al mismo tiempo que la mirada de las otras, sino después, y era la conciencia de que su cuerpo no respondía como debía.

    Su voluntad y su cuerpo no tenían el mismo tamaño. En sus primeros días intentó compensarlo; se decía que solo le costaba más trabajo, que bastaba con querer. Y Lito quería con todo su cuerpo. Quería con una fuerza que sus hermanas respetaban, aunque a ella ese respeto le dejara una incomodidad difícil de nombrar.

    II. La cera

    La diferencia no se le revelaba solo en el cuerpo, era claramente evidente en cada pequeña exigencia de la colmena. Había que llevar cera de una zona del panal a otra para reparar una celda que se había dañado, Lito y algunas de sus hermanas tenían que hacerlo. Cada una tomó un trozo de cera, dejando el más pequeño a Lito, nadie lo acordó verbalmente; simplemente cada una tomó un trozo y el más pequeño estaba esperando a la abeja con el ala plegada. Se tenía que transportar de la zona A a la zona C, la celda a reparar se encontraba en la zona más alta, era una tarea de mantenimiento.

    Para Lito, hasta el trozo de cera más pequeño se sentía grande y pesado. Tratando de disimular el miedo que le daba la tarea ya que nadie más parecía percatarse de su dificultad, fingió una seguridad que era completamente contraria a lo que realmente rozaba sus alas. Pronto Lito se dio cuenta de que lo más difícil no era el peso de la cera, sino mantener el equilibrio al cargarla. La cera juguetona se balanceaba hacia un lado y hacia otro; apenas comenzaba la tarea y Lito ya había chocado con varias abejas.

    Al reconocer que era Lito quien tropezaba con ellas la dejaban pasar. Le saludaban suavemente, dejando desaparecer el momentáneo desconcierto que sintieron al ser atropelladas. Lito no respondía el saludo, sus patas temblaban por el peso de la cera y ella mantenía la mirada fija como tratando de sostenerla también con los ojos. Le aterraba que llegara rota, reducida a una migaja inútil entre sus patas.

    Cuando estaba llegando a la zona C y ahora solo le restaba subir vio a sus compañeras regresando por otro cargamento de cera, contentas, las saludaron y continuaron su camino. En ese momento su pequeña esperanza de llegar a tiempo se desmoronó, sin embargo, toda su energía se concentró en llegar.

    Al avanzar tan despacio, alcanzó a ver que la celda dañada tenía una grieta más larga de lo que parecía desde abajo. Las demás habían pasado frente a ella sin detenerse; Lito, en cambio, no podía evitar mirar cada borde, cada hundimiento, cada pequeña irregularidad.

    Moverse entre la finura de las celdas era algo que toda abeja hacía constantemente, su arquitectura era perfecta para albergarles y servirles de refugio. Sin embargo, para Lito caminar entre las celdas era todo un reto, había aprendido a hacerlo con la rapidez y normalidad que su cuerpo le permitía, pero en este caso traía consigo un trozo de cera que dificultaba todo. Conforme avanzaba entre las celdas juntas su frustración aumentaba y su deseo de llegar se volvía cada vez grande, pareciera que conforme pasaba el tiempo todo se hacía más evidente. Lito tenía la sensación de que en cualquier momento llegaría una de sus compañeras con su amabilidad característica a ofrecer ayuda. Si eso sucedía Lito no podría evitar lanzarse sobre ella y atacarla.

    Pero eso no sucedió, Lito llegó al mismo tiempo que sus compañeras con el segundo viaje de cera, su trozo era pequeño, pero estaba intacto. Después de eso se retiró a descansar.

    Mientras descansaba, Lito se dio cuenta de que cumplió con su misión, una tarea pequeña, pero que dentro del cansancio le brindaba cierta satisfacción al recordar que la cera había llegado en perfecto estado, pero no era una victoria porque también era consciente de que ella solo transportó un pequeño trozo mientras sus hermanas transportaron dos.

    Definitivamente necesitaba descansar, se sentía mal, pero su malestar principal y sobre todo nuevo, provenía de algo más. No podía dejar de pensar en por qué el imaginar que una de sus hermanas le ofrecía ayuda le había hecho pensar en atacarla. ¿En qué punto la amabilidad y el cariño de las demás se había vuelto odioso para ella?

    La rabia le dio culpa. En el panal, recibir ayuda era tan natural como respirar entre las celdas. Entonces, ¿por qué imaginar esa ayuda le había encendido algo tan feroz?

     Preguntándose eso  se encontraba Lito cuando sintió una necesidad de convivir con sus hermanas y disculparse sin decirlo.

    Ignoró su cansancio y salió de su celda, sabía dónde se encontrarían sus hermanas recibiendo otras tareas y se dirigió hacia allí.

    III. La amabilidad

    Al llegar se dio cuenta que la asignación de tareas para el día había terminado, por lo que lo más probable es que sus hermanas la estuvieran buscando para planificar las tareas de su equipo para mañana.

    Lito se encontraba a una distancia pequeña de donde estaban sus tres compañeras de equipo, le desconcertó que al parecer ya estaban planificando el día de mañana sin importar que ella faltara.

    —Por el bien del equipo y la colmena, a Lito le asignaremos tareas donde no pueda retrasarse en comparación con nosotras —dijo Lira de forma segura.

    —Lito tiene demasiada voluntad y se esfuerza mucho, no me gustaría que se haga evidente su discapacidad, no me gusta exponerla —expresó Lena con un tono casi maternal.

    Lira asintió de manera casi inmediata a las palabras de Lena y siguió observando la lista como buscando donde acomodar a Lito.

    —Con nuestro equipo siempre ha sido así, somos las mejores y por eso complementamos las deficiencias de Lito, pero tal vez deberíamos de aceptar que no todos estamos hechos para lo mismo —sentenció Luma con un dejo de cansancio.

    De todo lo que Lito pudo haber escuchado sin que se percataran de que estaba ahí fue justo eso lo que escuchó. Se quedó quieta, sin ser alcanzada por la mirada de sus hermanas porque ser pequeña a veces le brindaba escondites no intencionales.

    Ya ni siquiera escuchó qué siguió después, por el momento solo quería entender lo que había escuchado y por qué se sentía de esa forma. Sus hermanas no habían dicho nada malo, pero habían dicho lo peor.

    Así estuvo Lito un rato sin moverse. Luego, aún sin entender nada, despacito se fue.

    Por primera vez anduvo por el panal de manera lenta, sin forzarse a avanzar más rápido; no tenía a dónde llegar con rapidez, ni la necesidad de evitar que la vieran limitada y angustiosamente débil.

    Toda su vida trató de disfrazarse, pero ahora sentía que nada podría evitar que la vieran como lo hacían. No podía llevar a cabo ninguna acción que la transformara en lo que no era.

    Llegó a su celda y cayó dormida, parecía que su cuerpo no podía soportar el agotamiento de su jornada de trabajo, ni las palabras de sus hermanas que pesaban hondamente en ella.

    Cuando despertó, era de noche; la mayoría del panal dormía solo algunas nodrizas y guardianas se movían aún entre las celdas. Una guardiana recorría siempre el mismo borde de celdas, más despacio que las demás, apoyando apenas una de sus patas. Lito la vio pasar sin detenerse en ella; en ese momento, todo lo que no fueran las palabras de sus hermanas le parecía lejano.

    Observó con calma lo perfecto de su hogar y de sus compañeras y sintió una ternura amarga que terminó por recordarle las palabras que había escuchado.

    Esas palabras que ahora les daban un sentido distinto a las acciones y frases que había escuchado dirigidas a ella durante toda su vida, ahora todo lo recordaba de otra forma.

    ¿La amabilidad y ternura con la que había sido tratada toda su vida simplemente era una forma de ajustarla?

    Desde su celda veía a una nodriza alimentando larvas y sintió cierta nostalgia de algo que ni siquiera recordaba y era su etapa larvaria, tal vez esa había sido la única etapa en que nadie había sabido todavía cómo distinguirla.

    En ese estado de contemplación volvió, como un presentimiento, el recuerdo de la furia que surgió de su cabeza y se disparó por su espina dorsal, casi sintió el abrazo de sus hermanas, las palmadas en la espalda y los saludos tranquilizadores, después de esos gestos siempre se sentía desarmada. Después de esos gestos, venían esas pequeñas exclusiones que parecían no significar nada y acababan dejándola fuera.

    Antes de volver a dormir, se preguntó si alguna vez podría volver a mirar esas acciones como antes.

    IV. Caminar

    Cuando llegó el momento de retomar las labores, a Lito le fue asignada una tarea sencilla: llevar alimento a una celda de cría.

    Con tranquilidad, Lito aceptó la tarea. Se disponía a acomodar la carga y emprender el vuelo, pero al primer intento su ala plegada respondió con ese pequeño tirón hacia un lado que conocía demasiado bien. Era algo ya conocido: emprendia el vuelo, se inclinaba, recalculaba la inclinación, se giraba al otro lado, no se sostenía y perdía el equilibrio.

    Tomando eso en cuenta, siempre había creído que bastaba con corregirse en el aire, inclinarse menos, resistir más, caer mejor. Pero esa mañana algo en su cuerpo no quiso negociar.

    Caminaría todo lo que pudiera.

    Mientras acomodaba su carga en su espalda, Lena la observaba con curiosidad, intuía lo que Lito pretendía hacer, quiso acercarse a saludar y ayudarle, pero notó que Lito estaba muy tranquila y no pudo acercarse, esa tranquilidad no era normal.

    Luma también observó con curiosidad a Lito, entendió rápidamente lo que pretendía y le pareció una idea estúpida. Se sintió molesta porque atrasaría la tarea. Ellas llevarían tres o cuatro viajes de alimento en lo que Lito llevaría uno.

    Cuando Lito llevaba algunos pasos dados se sintió extraña y le dieron ganas de regresar. Se percató del tiempo que le llevaría llegar hasta la zona del panal donde tenía que dejar el alimento para la larva y le pareció imposible. Sin embargo, continuó porque, aunque se sentía ridícula también se sentía demasiado emocionada por hacerlo distinto.

    Mientras transitaba por el panal otras abejas la miraban y saludaban como de costumbre. Lito, esta vez, respondía algunos saludos. Era extraño verla, algunas abejas consideraron que Lito estaba enferma, porque iba lento y distraída.

    Solo una abeja vieja, que limpiaba cerca de las celdas bajas con una pata demasiado rígida, no la miró con extrañeza. Apenas inclinó las antenas, como si reconociera algo que no necesitaba comentario.

    Lira pasó rozando de cerca a Lito, ya iba regresando.

    —¿Estás bien, Lito? —dijo enérgicamente Lira mientras frenaba y regresaba adonde estaba Lito.

    Lito sonrió, asintió y no paró.

    Durante el rato que le tomó a Lito llegar a la zona donde tenía que entregar el alimento para la larva, su equipo, tal como había pronosticado Luma hizo tres viajes.

    Ya estaban ahí cuando Lito llegó y entregó el alimento a una nodriza. Antes de apartarse, notó que una de las larvas se movía de forma distinta a las otras: no más fuerte, no más débil, solo con una urgencia pequeña que las nodrizas parecían atender sin escándalo. Lito se quedó mirando un instante más de lo necesario.

    Se le veía visiblemente cansada, pero muy serena. Al verla Lena volvió a tener la misma sensación que tuvo cuando la vio en un inicio de la tarea.

    Lito le solicitó a la nodriza que le permitiera ayudarle a alimentar a las larvas y la nodriza aceptó. Cuando sus hermanas escucharon eso se sorprendieron. Normalmente al terminar una tarea Lito estaba visiblemente agotada y retraída. Además, ahora estaba solicitando realizar una actividad que no estaba asignada para ella en ese momento. Lito siempre quería cumplir de manera cabal con sus actividades; no se distraía con otras cosas.

    Para Luma la actitud que hoy estaba tomando Lito le parecía irritante, aún con sus limitaciones pudo haber hecho dos viajes y con ayuda dos y medio, pero hoy decidió hacer solo uno. Según su punto de vista, lo único bueno de Lito era su entusiasmo y voluntad, si perdía eso no era una abeja que mereciera la pena. Irritada Luma se retiró y las otras dos hermanas se quedaron para sumarse a alimentar larvas en realidad lo hacían porque querían observar a Lito.

    Cuando terminaron Lito se veía con un cansancio evidente, así que Lena se ofreció a acompañarla hasta su celda. Quería acercarse a Lito de forma que le permitiera comprender por qué hoy estaba actuando de manera tan desconcertante.

    Para Lena muy pronto en su vida fue evidente que Lito requería de protección, ella asumió ese rol sin que fuera algo establecido, y simplemente de manera natural ella siempre había cuidado de la pequeña abeja con el ala plegada. Le abría paso, le acercaba cargas más pequeñas, le celebraba cada esfuerzo con una ternura que parecía no cansarse nunca. Una abeja como Lito no debería trabajar, sin embargo, como la pequeña abejita siempre lo había exigido, Lena no se opuso abiertamente, al final tal vez trabajar le servía para que Lito se distrajera y era agradable compartir tiempo con una abeja tan entusiasta como ella. ¡Era toda una inspiración! A veces, cuando el trabajo se volvía pesado, miraba a Lito seguir adelante con su ala plegada y sentía vergüenza de su propio cansancio. Entonces sonreía, se animaba, volvía a trabajar.

    Tal vez por eso nunca se preguntó si a Lito le pesaba ser vista así.

    Mientras atravesaban el panal para llegar a la celda de Lito, Lena iba por delante tratando de abrir el paso para que pasara Lito. Siempre lo había hecho así, pero esta vez Lito no se quedaba atrás, sino que iba a un lado de ella.

    —¿Cómo estuvo tu día, Litito? —inquirió Lena con un tono entusiasta y bobalicón.

    —Estoy muy cansada, pero fue bonito alimentar una larva —contestó Lito con su característica voz que asemejaba un hilo de sonido que parecía caberle justo en el pecho.

    —Mañana deberías hacer un trabajo menos pesado o incluso deberías considerar descansar —sugirió Lena pensando que el extraño comportamiento de Lito se debía a un agotamiento extremo.

    En ese momento las antenas de Lito recibieron una señal que no supo de dónde venía, pero es como si hubiera vivido esta situación un millón de veces.

    —Lena… —dijo tímidamente Lito mientras volteaba hacia arriba para ver a Lena —¿Por qué siempre que caminamos juntas te preocupas por abrirme paso?

    Lena soltó una carcajada y acarició la cabeza de Lito.

    —Las abejas siempre vamos por el panal rápido y con una tarea en mente, tú eres muy pequeñita y muchas veces te empujan o tropiezan contigo. Yo lo único que hago es cuidarte —dijo con suavidad Lena. —Pero no te sientas mal por ser pequeña ni por el problema de tu ala; en realidad eres grande y no tengas duda de que todos vemos tu grandeza.

    Justo en ese momento llegaron a la celda de Lito. Ya no hubo oportunidad de réplica por parte de Lito, y en realidad no sabía qué decir, ese tipo de halagos siempre le habían causado una espina de incomodidad, sin embargo, hoy esas palabras se sentían ofensivas.

    La incomodidad que Lena había dejado en Lito no se apagó durante la noche; al contrario, la acompañó hasta el momento en que el equipo volvió a reunirse.

    La segunda parte de este relato “Alas de abeja II: Las otras”

  • Estuvo pasando varias temporadas aquí con nosotros sus familiares lejanos. Bueno, estuvo específicamente con mi abuela que, si no me equivoco, es su tía. Por lo tanto, vivía a un lado de mi casa. Mi actual casa y la casa de mi abuela antes eran una sola y ahora la puerta que antes la conectaba se ha convertido en un librero entroncado en la pared en la habitación de mi hermana. Yo nunca vi las casas unidas, cuando yo nací ya se había hecho esa reforma, pero no puedo evitar sentir que siguen siendo una misma.

    Ese tema da igual, el punto es que ella vino y estuvo aquí en una temporada o varias, no estoy segura. No sé por cuánto tiempo estuvo, tal vez semanas o meses; todo esto me intriga mucho, pero lo que realmente me causa curiosidad es el motivo por el cual vino ¿por qué vino desde otro país a este pequeño pueblo?

    A pesar de que vivía aquí a un lado mio no la veía muy seguido, pero escuchaba de vez en cuando que los demás decían que estaba loca. Eso naturalmente despertaba la curiosidad en mí, yo nunca había visto a nadie que estuviera loco; no sabía lo que eso implicaba o cómo se comportaba uno.

    Ahora sigo sabiendo lo mismo que hace 20 años. No sé por qué decían que estaba loca, sinceramente quisiera saberlo, si los demás saben cuáles son los signos de la locura; lo obvio sería preguntarlo, pero muchas veces he preguntado sobre ella y pareciera que no es un tema importante, no me responden abiertamente o simplemente me ignoran y pasan a hablar sobre los padres de ella y cómo están actualmente, ya no quiero preguntar porque no quiero dar la impresión de que estoy obsesionada con ese tema que parece ser que todos ya olvidaron, pero eso no disminuye mi curiosidad sino que la aumenta. De hecho, me encuentro ahora mismo tratando de descifrar cuál era su nombre, pero no lo sé, ninguno encaja.

    De esa temporada y de ella solo tengo un recuerdo vívido: recuerdo verla por las mañanas tirada en la banqueta, tomando baños de sol. Recuerdo haber salido de mi casa en los brazos de mi papá o mi mamá, no estoy segura quién me llevaba, giramos a la derecha y ahí estaba ella tirada en la banqueta como si nada. Creo que hacía ese tipo de cosas y por eso creían que estaba loca. Nadie de nuestro rancho haría algo similar. Se encontraba muy despreocupada haciendo algo no esperado, era evidente que ella no era de aquí, esa fue la conclusión a la que yo llegué, no creí que estuviera loca, creí no era de aquí; mi papá no haría eso, mi mamá tampoco ¿yo? podría tener ganas de hacerlo, pero me daría pena.

    Las personas de aquí no se tiran en la banqueta como si nadie las estuviera mirando, pero ahí estaba ella con su cuerpo grande, sus brazos completamente extendidos hacia los lados, con su rostro blanco y orgulloso volteando hacia arriba y sus ojos cerrados con total confianza. Su cabello corto y desordenado contrastaba con lo ordenado de su rostro y la tranquilidad de su sonrisa.

    No pasó nada, en realidad de eso nadie dijo nada importante. Pero yo sigo recordándola ahí, acostada bajo la luz, como si no existiera nadie más, feliz, nada loca, sumamente cuerda. Pero la verdad, no sé si la vi o si la imaginé.