Enfermos de lucidez: Memorias del subsuelo

El hombre del subsuelo, para mí, representa a una persona que está enferma de lucidez. Es alguien que, desde la perspectiva en la que se encuentra —que, si lo pensamos seriamente, es una perspectiva socialmente desfavorecedora, desde abajo—, puede ver y ser consciente de cosas que, de otro modo, no serían visibles.

Para estar en el “subsuelo” tienes que reconocerte como alguien que está ahí porque la sociedad lo puso, pero al mismo tiempo te mantienes en tu lugar porque lo disfrutas. Aunque suene paradójico, estar ahí le brinda cierta ventaja reflexiva e interpretativa de la realidad, a diferencia de quienes ni siquiera saben que el “subsuelo” existe.

Es alguien que, como el mismo texto lo dice, prefiere un sufrimiento elevado que una felicidad vulgar.

Creo que “vivir bajo tierra” implica estar en un nivel distinto a todos los demás: en un lugar despreciable para muchos, parecer por debajo del promedio, pero no completamente desconectado, justo en la superficie. Sin embargo, estar en el subsuelo también te permite ir más profundo… ¿tal vez más profundo que tu propia conciencia?

Las personas que viven en la superficie habitan un mundo soleado, cálido y feliz; constantemente ajetreado, con cosas nuevas siempre, un mundo que te invita a explorarlo. En cambio, quienes viven en el subsuelo están rodeados de penumbras, frío, humedad, silencio y soledad. Ese mundo también te invita a explorar, pero explorar tu interior y llegar cada vez más profundo.

El protagonista de esta historia, del cual ni siquiera se menciona el nombre, es un hombre del subsuelo. Sabe perfectamente quién es; lo racionaliza constantemente, y por eso conoce sus limitaciones. Pero creo que ser tan consciente de sus limitaciones las hace ver más grandes de lo que realmente son.

Anhela la normalidad de los demás hombres que lo rodean, pero al mismo tiempo la desprecia. No creo que él realmente se odie: creo que odia cómo lo ven los demás. Odia socializar porque de ese modo tiene que verse a través de los ojos de otros, y eso es muy incómodo, porque choca con su propia idea de quién es él. Sin embargo, también tiene la necesidad de demostrar que no es un ser despreciable y lastimero como lo ven y tratan todos. Eso lo lleva a situaciones muy incómodas, donde termina pareciendo que se odia y se autosabotea.

Creo que saber demasiado sobre uno mismo sí te lleva a una clase de parálisis. Por eso él mismo menciona que el hombre de acción es un hombre tonto, porque se deja llevar por sus impulsos y nunca razona. En cambio, una persona del subsuelo siempre reflexiona y piensa las cosas mil veces antes de hacerlas, hasta que llega a la conclusión de que no vale la pena hacerlas, y no las hace.

Mis lecturas anteriores, especialmente La náusea y Frankenstein, tienen puntos en común con el hombre del subsuelo, y el principal es la soledad. Una soledad a veces voluntaria y a veces no, pero que les ha permitido a estos tres personajes crear un mundo interno muy amplio. Tal vez, exceptuando a Roquentin, son seres cuyo sufrimiento tiene como causa a los otros, y son considerados parias sociales.

El narrador se burla de la idea de que el ser humano siempre elige lo que le conviene, y sinceramente creo que esa es una afirmación irrisoria. Si el ser humano siempre eligiera lo que le conviene, se evitaría muchísimos sufrimientos. Sin embargo, como se menciona, la voluntad siempre está ligada al deseo, y el ser humano no siempre desea lo que le conviene. De hecho, a veces parece desear cosas contrarias a lo que cualquiera le recomendaría. Como dice el autor, muchas veces esto solo es una forma en que el ser humano puede probarse que es realmente libre y que puede desear cosas contrarias a su bienestar, o incluso que sus intereses son contrarios a lo que le traería felicidad.

“El hombre ama el sufrimiento porque es su voluntad.” Creo que esta frase resume perfectamente lo anterior. Esto no quiere decir que el hombre ame sufrir y que, por lo tanto, merezca sufrir. Se refiere más bien a un tipo de sufrimiento que surge cuando tomas una decisión sabiendo que no te traerá felicidad, y aun así sigues ese camino, sin arrepentirte. Causa placer porque te hace sentir dueño de tu vida y de tus decisiones.

Esa manera de encontrar placer en el sufrimiento es una forma de demostrar autenticidad y de sentirte dueño de ti mismo. El hombre desea con tanta intensidad ser libre que no le importa sacrificar su felicidad.

Por lo tanto, creo que el protagonista destruye su propia felicidad por el deseo de conservar su libertad. Mantener muchas relaciones sociales implica restarte libertad, porque son un compromiso.

Ahora, para seguir hablando del deseo, me gustaría resaltar que el hombre del subsuelo tiene razón cuando dice que la razón mata el deseo y, con ello, la vida. Imaginemos un hombre que no tiene ningún deseo. Por lo tanto, puede actuar sin que sus propios deseos se interpongan y puede trabajar y tomar decisiones basadas únicamente en su bienestar y en su “éxito”. ¿Pero qué sentido tiene una vida donde no sientes nada, porque todo lo que haces tiene una base lógica y razonable? Te conviertes solo en un engranaje de una máquina.

Creo que el protagonista provoca situaciones que lo humillan porque, tal vez sin darse cuenta, quiere sentir que ha elegido ser humillado y despreciado. Lo que desea es tener control incluso sobre eso. Se considera una persona inteligente e intelectualmente superior a los demás, y no le humilla tanto que lo desprecien como le humilla que lo ignoren. Es normal que alguien inferior a ti busque humillarte, pero no es normal que alguien te ignore, porque eso te resta importancia.

Su deseo de reconocimiento por parte de los otros es un intento de pertenecer, de ser parte. Pero cuando lo intenta, se da cuenta de que parece no pertenecer a la raza humana o, al menos, lo tratan como si fuera una subespecie. Sin embargo, él conoce sus cualidades y logra ver las de los demás —tal vez un poco distorsionadas—, pero sabe que, en lo intelectual, es superior.

Opino que su relación con Liza representó para él la oportunidad de demostrarse superior con alguien que estructuralmente estaba en una situación muy desventajosa. Venía de reunirse con hombres que tenían “más éxito” que él: hombres que lo despreciaban y que adulaban a alguien que, a sus ojos, no merecía esos halagos ni atenciones. Encontró a la pobre Liza, la hizo escucharlo, se sintió escuchado y, por lo tanto, se sintió poderoso.

La escena final con Liza se siente como una redención frustrada: algo que deseas que ocurra, pero sabes que las probabilidades de que las cosas terminen como esperas son casi nulas. Él es un hombre reflexivo, no un hombre de acción, por eso no actuó.

El protagonista me generó muchas emociones: repulsión, lástima, pero también identificación. Yo también me considero una persona del subsuelo, sobre todo en cuestiones de estar con otros; muchas veces he elegido, tal vez de manera involuntaria, la soledad.

Muchos aspectos del protagonista me resultan incómodamente humanos: por ejemplo, reconocerse como una persona no atractiva y tratar de compensarlo con otras cualidades, como la inteligencia. Un aspecto muy humano es precisamente el verse a través de los ojos de los demás.

Otro rasgo sumamente humano es la contradicción: querer y no querer, humillarse y sentirse superior al mismo tiempo. Tiene que ver con lo anterior, porque él se reconoce como algo (un hombre inteligente, noble, digno de estima y respeto), pero los demás lo tratan como si fuera otra cosa (alguien que solo inspira lástima).

El subsuelo es también una cárcel construida por la propia conciencia, porque cuando te vuelves hiperconsciente de todo lo que te rodea, te paralizas. Tu mundo interno empieza a tener más peso, y te sumerges en él.

Elegir el sufrimiento porque te causa placer es un ejemplo de la libertad radical de la que habla Sartre.

Siempre he confiado en la ciencia y creo firmemente que trae progreso y bienestar a la sociedad. Sin embargo, también creo que hay una parte muy humana en cada uno que no puede racionalizarse, y por eso entiendo a Dostoyevski y su crítica al ideal racionalista del progreso, sobre todo al “dos más dos son cuatro”. Por supuesto que eso es una verdad innegable, pero ¿qué sabe el “dos más dos son cuatro” de lo que el hombre quiere y necesita? Por eso, en la actualidad, se desprecia a las artes y las humanidades, porque se tiene un ideal racionalista que desestima todo lo que no entra en la lógica y la razón.

Creo que el hombre del subsuelo sería aún más miserable en la sociedad actual, hiperconectada y racionalizada. Con todo lo que vemos en redes sociales, los influencers que venden su vida como algo ideal son un claro reflejo de lo que Dostoyevski llama “hombres de acción”.

Antes de leer este libro sabía que el protagonista era un antihéroe: un personaje que no es digno de admiración y que no tiene grandes cualidades. Y creo que es cierto: es un protagonista peculiar, pero me ha hecho reflexionar mucho sobre la libertad y sobre lo que implica estar en el subsuelo.

Me ha hecho reflexionar sobre la naturaleza del sufrimiento humano y la búsqueda de sentido. Tal vez porque recientemente he leído filosofía existencialista, muchas de las cosas que últimamente he consumido las relaciono con ese mismo tema. Pero es interesante ver que, en esta obra, el sentido que el protagonista le da a su existencia es muy distinto al que normalmente nos venden.

Siento que el protagonista de esta historia se rebela contra el mundo, aunque al mundo le sea indiferente. Su lucha es interna y se refleja en su forma de vivir una vida que muchos considerarían miserable. La parte del texto que me pareció más perturbadora y más verdadera fue cuando sale a la calle y ve cómo echan por la ventana a un hombre que estaba causando problemas en un bar. A él le entran unas ganas tremendas de meterse en problemas para que lo lancen también por la ventana, porque eso le daría algo de emoción. Sin embargo, entra y no se atreve a hacerlo. Se siente tan insignificante al lado de un policía que ni nota su presencia. Eso lo impacta tanto que se obsesiona con lograr que ese hombre algún día note su existencia. Cuando se lo vuelve a topar por la calle, quiere hacerse notar y, sin embargo, lo único que puede hacer es apartarse a un lado. Parece que ese hombre nunca sabrá de su existencia o, por lo menos, nunca le tomará importancia alguna. Mientras tanto, él fantasea con qué magnífica mancuerna harían juntos: el policía, con su presencia imponente, y él, con su supuesta influencia positiva en su pensamiento.

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