Ser, memoria y devenir en Las olas de Virginia Woolf

Hace algunos años me había dispuesto a leer Al faro de Virginia Woolf porque me llamaba mucho la atención su persona y sentía que era una gran escritora. Sin embargo, nunca había tenido un acercamiento real con su literatura. La verdad no recuerdo por qué decidí que Al faro sería la obra adecuada para empezar. Solo recuerdo que lo inicié y tenía que releer los párrafos que acababa de pasar porque no entendía; me rendí en las primeras páginas, y así pasó aproximadamente tres años sin volver a intentar leer nada de ella.

Ahora, en 2025, me encuentro con Las olas y me doy la oportunidad de leerlo. Definitivamente, creo que es de las obras más maravillosas que he leído hasta el momento. La forma en la que está escrito es tan melodiosa, con un ritmo tan distinto a cualquier otro libro que haya leído. Realmente sentí que se asemejaba mucho a cómo escucho mis pensamientos cuando presto atención: cómo describen lo que siento a mi alrededor, lo que escucho, las asociaciones que hago y cómo eso me lleva a recordar otras cosas y sacar conclusiones. Es como un hilo que se va tejiendo y que le da forma a la información que recibo de fuera y a cómo la capto por dentro.

El lenguaje, el ritmo y la narración me revelaban muchas cosas, y al mismo tiempo me resultaban muy familiares. Era como haber estado antes en esos lugares, pero que ahora se me daban las palabras para describir eso que ya había sentido y pensado. La mayoría del libro lo leí en el patio de mi casa, bajo la sombra de una planta, escuchando los polinizadores llegar e irse, los gritos y risas de los niños de la escuela detrás de mi casa. Estaba sintiendo todo eso y, al mismo tiempo, apreciando lo que Virginia describía a través de los monólogos internos de los seis personajes.

Me parece encantador que el tema central que reconozco en esta obra es el “ser uno mismo”, aunque paradójicamente se plantee dentro de una narración donde la voz se fragmenta entre seis perspectivas. Cada personaje es tan distinto: tienen diferentes objetivos, miedos y amores, pero al mismo tiempo pareciera que son uno mismo.

Por momentos dudaba si eran seis personajes distintos o manifestaciones de una sola conciencia; aun así, decido quedarme con que cada uno es un individuo porque eso me permitió conectar más con cada uno. Me gusta creer que puedo coincidir con seis personas diferentes, aunque no sea en su totalidad, y eso lo hace más maravilloso.

Conforme leía, me iba identificando con uno u otro personaje. En mi registro de lectura escribí que al inicio me identificaba con Susan. Ella fue el primer personaje con el que sentí una conexión: la impotencia que sintió cuando vio que Jinny besaba a Louis, y más adelante cuando dice:

“No quiero que, al entrar, la gente levante la vista con admiración. Quiero dar, quiero recibir, y quiero soledad en la que desplegar cuanto tengo”.

Sin embargo, el personaje con el que más me identifiqué fue Rhoda. Tenía una sensibilidad que la llevaba a tener muchos miedos y actuar siempre de manera esquiva, temerosa y silenciosa. Era soñadora y tenía un mundo interno enorme.

Hubo un momento en el que pensé que Jinny era todo lo que yo nunca podría ser y que, a veces, sinceramente, sí querría ser. Sería algo que hasta ahora ha sido inalcanzable para mí. Pero también soy consciente de que ser Jinny sería renunciar a ser Susan y Rhoda, y no quiero eso nunca.

Louis tiene algo muy particular: en la historia lo describen como alguien “universal”. Es muy racional. Siempre tuvo el complejo de su acento y de que su papá era banquero. Cuando lo vemos en su etapa adulta, se siente dueño del mundo porque tiene un trabajo importante, como si ese trabajo lo validara. En eso me identifico con él: muchas veces he sentido que mis títulos universitarios me validan porque, fuera de eso, tanto a Louis como a mí se nos ha subestimado.

La contemplación de Bernard es impresionante; tiene algo que envidio: el don de la palabra. Le es fácil iniciar y mantener conversaciones con desconocidos, siempre tiene algo que decir, una historia que contar. Tiene una libreta de frases adecuadas para cada circunstancia. Escribe cartas. Se siente Hamlet, Shelley, un personaje de Dostoyevski, Napoleón, pero principalmente Byron. Así que ahora yo me voy a sentir Virginia.

Neville es alguien que mira y desea más de lo que actúa. Es un poco como un hombre del subsuelo, pero que se mantiene en la superficie. Aparenta muy bien porque no quiere que nada se salga del molde, y debe ser difícil para él porque siente un amor que se sale completamente de lo establecido: Neville ama a Percival. La obra rara vez dice las cosas literalmente, pero es imposible no darse cuenta.

El título de la obra es perfecto porque la forma en que accedo a la vida de cada personaje se siente como una ola: llega de repente y lentamente se va, y luego llega otra. Los saltos en el tiempo también se sienten así. Cada vez que leía el monólogo de otro personaje, sobre todo cuando terminaba un capítulo, sentía que habían cambiado, pero seguían siendo los mismos que conocí al inicio. Creo que la memoria funciona de manera similar: cuando recuerdo mi infancia, llega una ola con un momento específico. No recuerdo todo, pero sí ciertos escenarios con claridad, aunque cada vez esa ola traiga algo distinto o menos preciso.

Sobre los “capítulos”, hay un simbolismo importante a través de los momentos del día —del amanecer al anochecer—, lo que da estructura a la novela. Esos extractos iniciales son bellísimos porque permiten ver el paso del tiempo a través de lo que los sentidos aprecian. La luz de la mañana no es la misma que la de la tarde, y poder “ver” eso mediante palabras me parece supremo.

Cada personaje envejeció y se transformó. En las primeras páginas los vi siendo niños; en las últimas, a través de Bernard, los vi siendo viejos. Sé que Rhoda muere: Bernard recuerda que se arrojó desde una altura. Es una forma poética de decirlo, pero no deja lugar a dudas. Rhoda siempre se sintió ajena al mundo, evitaba los espejos y todo lo que pudiera darle una identidad definida.

Y hablando de muertes: la más importante es la de Percival. Este personaje, para mí, es un misterio. Fue importante para todos; lo conocí a través de sus amigos. Aunque suene impopular, al inicio no entendía la devoción que le tenían: me parecía el típico hombre sumamente bello y correcto, pero sin ver mayor mérito. A mí me gustan los personajes rotos como los seis amigos. Percival parecía perfecto y eso me chocaba un poco. Luego vi a un “Percival” en mi día a día y entendí mejor lo que representaba.

Cuando murió, afectó a todos. Neville, enamorado de él, fue el más devastado. También se menciona que Percival estaba enamorado de Susan, y paradójicamente ella no parece afectada con la misma intensidad, lo cual es curioso. Con todo, Percival era el centro que mantenía al grupo unido: su muerte les movió el mundo.

Creo que la amistad entre los personajes les dota de una identidad y los ancla a un mundo “real”. En la historia lo dicen: los amigos son un espejo en el que te puedes mirar. Y aun así, a pesar de la conexión, todos parecen profundamente solos. Pero eso no tiene misterio: todos estamos solos, y muchas veces cuando más rodeados estamos es cuando más solos nos sentimos.

Sostengo que Las olas es una meditación sobre la persistencia de la memoria. Ya lo dije: la memoria es como el mar; de repente llegan olas que traen recuerdos viejos o cosas nuevas. Otras veces son escuetas. Es raro, pero así es, porque esas olas las lanzamos nosotros mismos.

Entiendo que este tipo de escritura refleja mejor el pensamiento humano que una narración tradicional. Como dije mientras leía: se sentía como un terreno conocido porque pienso todo el tiempo mientras estoy despierta, y mi pensamiento ha ido por esos mismos caminos. En una narración tradicional leo diálogos; aquí escuché pensamientos.

Las olas no tiene una visión esperanzadora ni pesimista de la vida. Creo que tiene una visión muy real. Bernard, en las últimas páginas, sostiene que “la vida es bella”, pero también reconoce que a veces se siente como una frase inacabada. Es una imagen fuerte viniendo de quien tenía una libreta de frases para cada situación y para quien las palabras fluían naturalmente. Eso me permite comprender el vacío que sentía en ciertos momentos —algo completamente humano—.

La imagen que más se me quedó grabada fue la muerte de Percival: esa caída del caballo en la India. Me impactó mucho; no me esperaba su muerte y está descrita con dolor a través de los demás.

En muchos momentos sentí que el libro me hablaba directamente. Muchas de las formas en que los personajes ven el mundo las he experimentado yo. Me sentí conmovida la mayor parte del tiempo. A veces leo libros que me interesan pero no me conmueven; este me conmovió desde la primera hasta la última página.

Si tuviera que describir este libro con una sola palabra sería: pensamiento. Y dentro de esa palabra cabe absolutamente todo.

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