• Las olas de Virginia Woolf

    Hace algunos años me había dispuesto a leer Al faro de Virginia Woolf porque me llamaba mucho la atención su persona y sentía que era una gran escritora. Sin embargo, nunca había tenido un acercamiento real con su literatura. La verdad no recuerdo por qué decidí que Al faro sería la obra adecuada para empezar. Solo recuerdo que lo inicié y tenía que releer los párrafos que acababa de pasar porque no entendía; me rendí en las primeras páginas, y así pasó aproximadamente tres años sin volver a intentar leer nada de ella.

    Ahora, en 2025, me encuentro con Las olas y me doy la oportunidad de leerlo. Definitivamente, creo que es de las obras más maravillosas que he leído hasta el momento. La forma en la que está escrito es tan melodiosa, con un ritmo tan distinto a cualquier otro libro que haya leído. Realmente sentí que se asemejaba mucho a cómo escucho mis pensamientos cuando presto atención: cómo describen lo que siento a mi alrededor, lo que escucho, las asociaciones que hago y cómo eso me lleva a recordar otras cosas y sacar conclusiones. Es como un hilo que se va tejiendo y que le da forma a la información que recibo de fuera y a cómo la capto por dentro.

    El lenguaje, el ritmo y la narración me revelaban muchas cosas, y al mismo tiempo me resultaban muy familiares. Era como haber estado antes en esos lugares, pero que ahora se me daban las palabras para describir eso que ya había sentido y pensado. La mayoría del libro lo leí en el patio de mi casa, bajo la sombra de una planta, escuchando los polinizadores llegar e irse, los gritos y risas de los niños de la escuela detrás de mi casa. Estaba sintiendo todo eso y, al mismo tiempo, apreciando lo que Virginia describía a través de los monólogos internos de los seis personajes.

    Me parece encantador que el tema central que reconozco en esta obra es el “ser uno mismo”, aunque paradójicamente se plantee dentro de una narración donde la voz se fragmenta entre seis perspectivas. Cada personaje es tan distinto: tienen diferentes objetivos, miedos y amores, pero al mismo tiempo pareciera que son uno mismo.

    Por momentos dudaba si eran seis personajes distintos o manifestaciones de una sola conciencia; aun así, decido quedarme con que cada uno es un individuo porque eso me permitió conectar más con cada uno. Me gusta creer que puedo coincidir con seis personas diferentes, aunque no sea en su totalidad, y eso lo hace más maravilloso.

    Conforme leía, me iba identificando con uno u otro personaje. En mi registro de lectura escribí que al inicio me identificaba con Susan. Ella fue el primer personaje con el que sentí una conexión: la impotencia que sintió cuando vio que Jinny besaba a Louis, y más adelante cuando dice:

    “No quiero que, al entrar, la gente levante la vista con admiración. Quiero dar, quiero recibir, y quiero soledad en la que desplegar cuanto tengo”.

    Sin embargo, el personaje con el que más me identifiqué fue Rhoda. Tenía una sensibilidad que la llevaba a tener muchos miedos y actuar siempre de manera esquiva, temerosa y silenciosa. Era soñadora y tenía un mundo interno enorme.

    Hubo un momento en el que pensé que Jinny era todo lo que yo nunca podría ser y que, a veces, sinceramente, sí querría ser. Sería algo que hasta ahora ha sido inalcanzable para mí. Pero también soy consciente de que ser Jinny sería renunciar a ser Susan y Rhoda, y no quiero eso nunca.

    Louis tiene algo muy particular: en la historia lo describen como alguien “universal”. Es muy racional. Siempre tuvo el complejo de su acento y de que su papá era banquero. Cuando lo vemos en su etapa adulta, se siente dueño del mundo porque tiene un trabajo importante, como si ese trabajo lo validara. En eso me identifico con él: muchas veces he sentido que mis títulos universitarios me validan porque, fuera de eso, tanto a Louis como a mí se nos ha subestimado.

    La contemplación de Bernard es impresionante; tiene algo que envidio: el don de la palabra. Le es fácil iniciar y mantener conversaciones con desconocidos, siempre tiene algo que decir, una historia que contar. Tiene una libreta de frases adecuadas para cada circunstancia. Escribe cartas. Se siente Hamlet, Shelley, un personaje de Dostoyevski, Napoleón, pero principalmente Byron. Así que ahora yo me voy a sentir Virginia.

    Neville es alguien que mira y desea más de lo que actúa. Es un poco como un hombre del subsuelo, pero que se mantiene en la superficie. Aparenta muy bien porque no quiere que nada se salga del molde, y debe ser difícil para él porque siente un amor que se sale completamente de lo establecido: Neville ama a Percival. La obra rara vez dice las cosas literalmente, pero es imposible no darse cuenta.

    El título de la obra es perfecto porque la forma en que accedo a la vida de cada personaje se siente como una ola: llega de repente y lentamente se va, y luego llega otra. Los saltos en el tiempo también se sienten así. Cada vez que leía el monólogo de otro personaje, sobre todo cuando terminaba un capítulo, sentía que habían cambiado, pero seguían siendo los mismos que conocí al inicio. Creo que la memoria funciona de manera similar: cuando recuerdo mi infancia, llega una ola con un momento específico. No recuerdo todo, pero sí ciertos escenarios con claridad, aunque cada vez esa ola traiga algo distinto o menos preciso.

    Sobre los “capítulos”, hay un simbolismo importante a través de los momentos del día —del amanecer al anochecer—, lo que da estructura a la novela. Esos extractos iniciales son bellísimos porque permiten ver el paso del tiempo a través de lo que los sentidos aprecian. La luz de la mañana no es la misma que la de la tarde, y poder “ver” eso mediante palabras me parece supremo.

    Cada personaje envejeció y se transformó. En las primeras páginas los vi siendo niños; en las últimas, a través de Bernard, los vi siendo viejos. Sé que Rhoda muere: Bernard recuerda que se arrojó desde una altura. Es una forma poética de decirlo, pero no deja lugar a dudas. Rhoda siempre se sintió ajena al mundo, evitaba los espejos y todo lo que pudiera darle una identidad definida.

    Y hablando de muertes: la más importante es la de Percival. Este personaje, para mí, es un misterio. Fue importante para todos; lo conocí a través de sus amigos. Aunque suene impopular, al inicio no entendía la devoción que le tenían: me parecía el típico hombre sumamente bello y correcto, pero sin ver mayor mérito. A mí me gustan los personajes rotos como los seis amigos. Percival parecía perfecto y eso me chocaba un poco. Luego vi a un “Percival” en mi día a día y entendí mejor lo que representaba.

    Cuando murió, afectó a todos. Neville, enamorado de él, fue el más devastado. También se menciona que Percival estaba enamorado de Susan, y paradójicamente ella no parece afectada con la misma intensidad, lo cual es curioso. Con todo, Percival era el centro que mantenía al grupo unido: su muerte les movió el mundo.

    Creo que la amistad entre los personajes les dota de una identidad y los ancla a un mundo “real”. En la historia lo dicen: los amigos son un espejo en el que te puedes mirar. Y aun así, a pesar de la conexión, todos parecen profundamente solos. Pero eso no tiene misterio: todos estamos solos, y muchas veces cuando más rodeados estamos es cuando más solos nos sentimos.

    Sostengo que Las olas es una meditación sobre la persistencia de la memoria. Ya lo dije: la memoria es como el mar; de repente llegan olas que traen recuerdos viejos o cosas nuevas. Otras veces son escuetas. Es raro, pero así es, porque esas olas las lanzamos nosotros mismos.

    Entiendo que este tipo de escritura refleja mejor el pensamiento humano que una narración tradicional. Como dije mientras leía: se sentía como un terreno conocido porque pienso todo el tiempo mientras estoy despierta, y mi pensamiento ha ido por esos mismos caminos. En una narración tradicional leo diálogos; aquí escuché pensamientos.

    Las olas no tiene una visión esperanzadora ni pesimista de la vida. Creo que tiene una visión muy real. Bernard, en las últimas páginas, sostiene que “la vida es bella”, pero también reconoce que a veces se siente como una frase inacabada. Es una imagen fuerte viniendo de quien tenía una libreta de frases para cada situación y para quien las palabras fluían naturalmente. Eso me permite comprender el vacío que sentía en ciertos momentos —algo completamente humano—.

    La imagen que más se me quedó grabada fue la muerte de Percival: esa caída del caballo en la India. Me impactó mucho; no me esperaba su muerte y está descrita con dolor a través de los demás.

    En muchos momentos sentí que el libro me hablaba directamente. Muchas de las formas en que los personajes ven el mundo las he experimentado yo. Me sentí conmovida la mayor parte del tiempo. A veces leo libros que me interesan pero no me conmueven; este me conmovió desde la primera hasta la última página.

    Si tuviera que describir este libro con una sola palabra sería: pensamiento. Y dentro de esa palabra cabe absolutamente todo.

  • Carmilla de Sheridan Le Fanu

    Carmilla es una novela muy corta, pero es impresionante la cantidad de emociones que puede llegar a hacerte sentir en aproximadamente 100 páginas. Mis emociones fueron de la fascinación a la incomodidad: así de amplio fue el abanico de sensaciones que experimenté. Empecé a leer el libro justo el 31 de octubre, que es Halloween, y tal vez eso también aportó a que sintiera una atmósfera fría y misteriosa mientras lo leía. Fue encantador.

    Además de la atmósfera gótica que tiene la historia al desarrollarse en un castillo, cuando se habla del lago y del bosque, incluso cuando el general narra el baile de máscaras, una cuestión que también aporta mucho al tono gótico es que hayan terminado con Carmilla en una iglesia abandonada.

    En los últimos meses he visto varias películas de Enrique Taboada, y noté que, como en Carmilla, las iglesias abandonadas son escenarios donde lo sagrado y lo profano se entrelazan; por ejemplo, en El libro de piedra (1969), donde Silvia sube al techo del templo para asustar a la institutriz, o en Veneno para las hadas (1986), donde Verónica y Flavia van a buscar lagartijas para hacer su veneno. ¿Por qué menciono esto? Porque me parece un excelente recurso de las historias góticas que, en lo personal, me gustan mucho, y me di cuenta de que en este último mes lo estuve identificando en distintas narraciones con atmósferas semejantes.

    Regresando a la historia, Laura y su padre definitivamente estaban en una situación vulnerable por el aislamiento en el que vivían; por eso Laura deseaba con tanta vehemencia una compañera. Es curioso que la amiga que Laura estaba esperando haya sido precisamente asesinada por Carmilla, quien llegó a suplir ese vacío. Sin duda eso hace que Carmilla tenga una figura mucho más pérfida y malvada dentro de la historia.

    Siento que la relación entre Laura y Carmilla está sostenida por un vínculo sobrenatural, pero que también explora otras dimensiones, sobre todo la emocional. Desde el momento en que se vieron hubo una conexión especial. Podría ser por la naturaleza de Carmilla que Laura sintió cierto encanto hacia ella, pero lo cierto es que no sólo fue eso, sino que convivieron mucho tiempo y las emociones se fortalecieron.

    En el libro se explica que los vampiros llegan a sentir por sus víctimas cierta fascinación similar a la del amor, y que su placer es mayor cuando logran alimentarse de su víctima con consentimiento. Prácticamente, si quisieran, podrían matar en una sola noche —como lo hizo con varias chicas campesinas—; sin embargo, ella cortejaba a Laura porque quería que se entregara por voluntad propia.

    Es muy claro que el vampiro representa el mal, y por eso se le atribuyen ciertas cualidades que, en la época victoriana, eran consideradas tabú: el deseo femenino, las relaciones lésbicas, el placer como forma de transgresión. Si bien esta historia se escribió como una crítica a la mujer y sus deseos, hoy puede leerse como un referente que empodera precisamente a quienes se quiso silenciar.

    Carmilla se muestra en la historia como una depredadora, y el libro es bastante corto, así que no se profundiza demasiado en la naturaleza de ninguna de las dos protagonistas esa ambigüedad es parte del encanto del relato: deja mucho a la interpretación del lector. Sin embargo, yo no creo que Carmilla sea del todo malvada; más bien la percibo como una figura trágica.

    El vampirismo en esta obra representa muchas cosas: lo prohibido, la enfermedad, la muerte y la belleza que pervierte. Sobre todo, esto último es lo que, creo, ha hecho que el vampiro sea una figura tan atractiva a lo largo del tiempo.

    El acto de alimentarse de otro ser puede verse como algo literal, pero también metafórico: Carmilla amaba tanto a Laura que, como ella misma dijo, era celosa; absorbía toda su atención, su tiempo y su espacio. Los vampiros suelen ser apasionados y, por eso, representan el amor romántico en su forma más extrema. Carmilla dice una de las frases más memorables del libro:

    “Me creerás cruel y muy egoísta, pero el amor es siempre egoísta; cuanto más ardiente, más egoísta. No sabes lo celosa que estoy… No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.”

    No sé si el amor sea egoísta, pero sí sé que todos hemos deseado ser amados con esa devoción alguna vez. Aunque, inevitablemente, surge la pregunta: ¿qué tan sostenible es un amor así? ¿Será por eso por lo que el amante del vampiro siempre termina muriendo?

    La figura femenina en Carmilla hoy está más reivindicada. Lo que se creó para criticar a las mujeres y sus deseos ahora se adopta como símbolo de fuerza, y eso me parece hermoso. Dentro del imaginario gótico, Carmilla representa a la primera vampira de la literatura, y espero que en algún momento su fama sea equiparable a la de Drácula.

    A diferencia de Drácula, el hecho de que las protagonistas sean mujeres cambia la forma en que se perciben el deseo, la fragilidad y el poder. La villana principal es una mujer fuerte e inteligente; la narradora también lo es, y eso le da una visión distinta a la historia.

    El relato mantiene siempre una tensión entre lo erótico y lo aterrador, probablemente porque eso mismo le generaba miedo al autor y a la sociedad de su tiempo. Le Fanu disfrazó sus temores y deseos bajo el velo del terror y lo sobrenatural.

    Cuando empecé a leer la novela, dudaba si era una crítica a los miedos de la sociedad o una reproducción de ellos. Creo que fue lo segundo, aunque me encantaría saber si otros lectores lo perciben distinto.

    Muchos aspectos de la historia siguen vigentes: el monstruo siempre refleja los miedos de su época. El vampiro ya no asusta como antes, pero sigue siendo símbolo de deseo, otredad y fascinación. Por eso vale la pena rescatar esta historia y reivindicar el personaje de Carmilla.

    Carmilla plantea que el mal a veces viene de dentro, y creo que eso sigue siendo actual. Si encontramos en nosotros mismos o en la sociedad ecos del “mal” o del “deseo reprimido”, podemos entender que lo que antes se consideraba pecado hoy puede verse como libertad.

    También me deja reflexionar sobre la necesidad humana de conexión. Laura y su padre estaban vulnerables por el aislamiento, y por eso aceptaron la compañía de Carmilla, quien, aunque misteriosa, los envolvió con su encanto. Esto me recordó a Frankenstein, donde la criatura sufría precisamente por su soledad y necesidad de pertenencia.

    La parte del libro que me resultó más perturbadora y bella fue cuando Laura fue atacada por primera vez por Carmilla: realmente sentí miedo mientras lo leía. La muerte de Carmilla, en cambio, se sintió como una pérdida. Estoy segura de que, si esta historia hubiera sido escrita por una mujer, se habría admitido abiertamente que Laura se entristeció por su muerte.

    Carmilla me hizo empatizar con ella cuando dijo:

    “No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.”
    Porque, aunque no sé si el amor sea egoísta, sé con certeza que el amor no es indiferente.

  • Memorias del subsuelo de Fiódor Dostoyevski

    El hombre del subsuelo, para mí, representa a una persona que está enferma de lucidez. Es alguien que, desde la perspectiva en la que se encuentra —que, si lo pensamos seriamente, es una perspectiva socialmente desfavorecedora, desde abajo—, puede ver y ser consciente de cosas que, de otro modo, no serían visibles.

    Para estar en el “subsuelo” tienes que reconocerte como alguien que está ahí porque la sociedad lo puso, pero al mismo tiempo te mantienes en tu lugar porque lo disfrutas. Aunque suene paradójico, estar ahí le brinda cierta ventaja reflexiva e interpretativa de la realidad, a diferencia de quienes ni siquiera saben que el “subsuelo” existe.

    Es alguien que, como el mismo texto lo dice, prefiere un sufrimiento elevado que una felicidad vulgar.

    Creo que “vivir bajo tierra” implica estar en un nivel distinto a todos los demás: en un lugar despreciable para muchos, parecer por debajo del promedio, pero no completamente desconectado, justo en la superficie. Sin embargo, estar en el subsuelo también te permite ir más profundo… ¿tal vez más profundo que tu propia conciencia?

    Las personas que viven en la superficie habitan un mundo soleado, cálido y feliz; constantemente ajetreado, con cosas nuevas siempre, un mundo que te invita a explorarlo. En cambio, quienes viven en el subsuelo están rodeados de penumbras, frío, humedad, silencio y soledad. Ese mundo también te invita a explorar, pero explorar tu interior y llegar cada vez más profundo.

    El protagonista de esta historia, del cual ni siquiera se menciona el nombre, es un hombre del subsuelo. Sabe perfectamente quién es; lo racionaliza constantemente, y por eso conoce sus limitaciones. Pero creo que ser tan consciente de sus limitaciones las hace ver más grandes de lo que realmente son.

    Anhela la normalidad de los demás hombres que lo rodean, pero al mismo tiempo la desprecia. No creo que él realmente se odie: creo que odia cómo lo ven los demás. Odia socializar porque de ese modo tiene que verse a través de los ojos de otros, y eso es muy incómodo, porque choca con su propia idea de quién es él. Sin embargo, también tiene la necesidad de demostrar que no es un ser despreciable y lastimero como lo ven y tratan todos. Eso lo lleva a situaciones muy incómodas, donde termina pareciendo que se odia y se autosabotea.

    Creo que saber demasiado sobre uno mismo sí te lleva a una clase de parálisis. Por eso él mismo menciona que el hombre de acción es un hombre tonto, porque se deja llevar por sus impulsos y nunca razona. En cambio, una persona del subsuelo siempre reflexiona y piensa las cosas mil veces antes de hacerlas, hasta que llega a la conclusión de que no vale la pena hacerlas, y no las hace.

    Mis lecturas anteriores, especialmente La náusea y Frankenstein, tienen puntos en común con el hombre del subsuelo, y el principal es la soledad. Una soledad a veces voluntaria y a veces no, pero que les ha permitido a estos tres personajes crear un mundo interno muy amplio. Tal vez, exceptuando a Roquentin, son seres cuyo sufrimiento tiene como causa a los otros, y son considerados parias sociales.

    El narrador se burla de la idea de que el ser humano siempre elige lo que le conviene, y sinceramente creo que esa es una afirmación irrisoria. Si el ser humano siempre eligiera lo que le conviene, se evitaría muchísimos sufrimientos. Sin embargo, como se menciona, la voluntad siempre está ligada al deseo, y el ser humano no siempre desea lo que le conviene. De hecho, a veces parece desear cosas contrarias a lo que cualquiera le recomendaría. Como dice el autor, muchas veces esto solo es una forma en que el ser humano puede probarse que es realmente libre y que puede desear cosas contrarias a su bienestar, o incluso que sus intereses son contrarios a lo que le traería felicidad.

    “El hombre ama el sufrimiento porque es su voluntad.” Creo que esta frase resume perfectamente lo anterior. Esto no quiere decir que el hombre ame sufrir y que, por lo tanto, merezca sufrir. Se refiere más bien a un tipo de sufrimiento que surge cuando tomas una decisión sabiendo que no te traerá felicidad, y aun así sigues ese camino, sin arrepentirte. Causa placer porque te hace sentir dueño de tu vida y de tus decisiones.

    Esa manera de encontrar placer en el sufrimiento es una forma de demostrar autenticidad y de sentirte dueño de ti mismo. El hombre desea con tanta intensidad ser libre que no le importa sacrificar su felicidad.

    Por lo tanto, creo que el protagonista destruye su propia felicidad por el deseo de conservar su libertad. Mantener muchas relaciones sociales implica restarte libertad, porque son un compromiso.

    Ahora, para seguir hablando del deseo, me gustaría resaltar que el hombre del subsuelo tiene razón cuando dice que la razón mata el deseo y, con ello, la vida. Imaginemos un hombre que no tiene ningún deseo. Por lo tanto, puede actuar sin que sus propios deseos se interpongan y puede trabajar y tomar decisiones basadas únicamente en su bienestar y en su “éxito”. ¿Pero qué sentido tiene una vida donde no sientes nada, porque todo lo que haces tiene una base lógica y razonable? Te conviertes solo en un engranaje de una máquina.

    Creo que el protagonista provoca situaciones que lo humillan porque, tal vez sin darse cuenta, quiere sentir que ha elegido ser humillado y despreciado. Lo que desea es tener control incluso sobre eso. Se considera una persona inteligente e intelectualmente superior a los demás, y no le humilla tanto que lo desprecien como le humilla que lo ignoren. Es normal que alguien inferior a ti busque humillarte, pero no es normal que alguien te ignore, porque eso te resta importancia.

    Su deseo de reconocimiento por parte de los otros es un intento de pertenecer, de ser parte. Pero cuando lo intenta, se da cuenta de que parece no pertenecer a la raza humana o, al menos, lo tratan como si fuera una subespecie. Sin embargo, él conoce sus cualidades y logra ver las de los demás —tal vez un poco distorsionadas—, pero sabe que, en lo intelectual, es superior.

    Opino que su relación con Liza representó para él la oportunidad de demostrarse superior con alguien que estructuralmente estaba en una situación muy desventajosa. Venía de reunirse con hombres que tenían “más éxito” que él: hombres que lo despreciaban y que adulaban a alguien que, a sus ojos, no merecía esos halagos ni atenciones. Encontró a la pobre Liza, la hizo escucharlo, se sintió escuchado y, por lo tanto, se sintió poderoso.

    La escena final con Liza se siente como una redención frustrada: algo que deseas que ocurra, pero sabes que las probabilidades de que las cosas terminen como esperas son casi nulas. Él es un hombre reflexivo, no un hombre de acción, por eso no actuó.

    El protagonista me generó muchas emociones: repulsión, lástima, pero también identificación. Yo también me considero una persona del subsuelo, sobre todo en cuestiones de estar con otros; muchas veces he elegido, tal vez de manera involuntaria, la soledad.

    Muchos aspectos del protagonista me resultan incómodamente humanos: por ejemplo, reconocerse como una persona no atractiva y tratar de compensarlo con otras cualidades, como la inteligencia. Un aspecto muy humano es precisamente el verse a través de los ojos de los demás.

    Otro rasgo sumamente humano es la contradicción: querer y no querer, humillarse y sentirse superior al mismo tiempo. Tiene que ver con lo anterior, porque él se reconoce como algo (un hombre inteligente, noble, digno de estima y respeto), pero los demás lo tratan como si fuera otra cosa (alguien que solo inspira lástima).

    El subsuelo es también una cárcel construida por la propia conciencia, porque cuando te vuelves hiperconsciente de todo lo que te rodea, te paralizas. Tu mundo interno empieza a tener más peso, y te sumerges en él.

    Elegir el sufrimiento porque te causa placer es un ejemplo de la libertad radical de la que habla Sartre.

    Siempre he confiado en la ciencia y creo firmemente que trae progreso y bienestar a la sociedad. Sin embargo, también creo que hay una parte muy humana en cada uno que no puede racionalizarse, y por eso entiendo a Dostoyevski y su crítica al ideal racionalista del progreso, sobre todo al “dos más dos son cuatro”. Por supuesto que eso es una verdad innegable, pero ¿qué sabe el “dos más dos son cuatro” de lo que el hombre quiere y necesita? Por eso, en la actualidad, se desprecia a las artes y las humanidades, porque se tiene un ideal racionalista que desestima todo lo que no entra en la lógica y la razón.

    Creo que el hombre del subsuelo sería aún más miserable en la sociedad actual, hiperconectada y racionalizada. Con todo lo que vemos en redes sociales, los influencers que venden su vida como algo ideal son un claro reflejo de lo que Dostoyevski llama “hombres de acción”.

    Antes de leer este libro sabía que el protagonista era un antihéroe: un personaje que no es digno de admiración y que no tiene grandes cualidades. Y creo que es cierto: es un protagonista peculiar, pero me ha hecho reflexionar mucho sobre la libertad y sobre lo que implica estar en el subsuelo.

    Me ha hecho reflexionar sobre la naturaleza del sufrimiento humano y la búsqueda de sentido. Tal vez porque recientemente he leído filosofía existencialista, muchas de las cosas que últimamente he consumido las relaciono con ese mismo tema. Pero es interesante ver que, en esta obra, el sentido que el protagonista le da a su existencia es muy distinto al que normalmente nos venden.

    Siento que el protagonista de esta historia se rebela contra el mundo, aunque al mundo le sea indiferente. Su lucha es interna y se refleja en su forma de vivir una vida que muchos considerarían miserable. La parte del texto que me pareció más perturbadora y más verdadera fue cuando sale a la calle y ve cómo echan por la ventana a un hombre que estaba causando problemas en un bar. A él le entran unas ganas tremendas de meterse en problemas para que lo lancen también por la ventana, porque eso le daría algo de emoción. Sin embargo, entra y no se atreve a hacerlo. Se siente tan insignificante al lado de un policía que ni nota su presencia. Eso lo impacta tanto que se obsesiona con lograr que ese hombre algún día note su existencia. Cuando se lo vuelve a topar por la calle, quiere hacerse notar y, sin embargo, lo único que puede hacer es apartarse a un lado. Parece que ese hombre nunca sabrá de su existencia o, por lo menos, nunca le tomará importancia alguna. Mientras tanto, él fantasea con qué magnífica mancuerna harían juntos: el policía, con su presencia imponente, y él, con su supuesta influencia positiva en su pensamiento.

  • Víctor Frankenstein decide crear vida influido por el tipo de literatura que leía y por los científicos a los que estaba acostumbrado. En ese entonces se sabía muy poco sobre cómo se creaba la vida. Existía la teoría de la generación espontánea, que decía que la vida surge solo porque sí. Por ejemplo, si dejaban un alimento algunos días, posteriormente le aparecían larvas o moscas, pero las personas no se explicaban cómo sucedía, ya que no tenían en mente la existencia de microorganismos. La ciencia de ese momento no estaba tan avanzada como para disponer de un microscopio que permitiera ver cosas invisibles a simple vista. Frankenstein era joven, con mucha curiosidad y muchas ganas de aprender. Su impulso nace del amor al conocimiento: era un hombre inteligente y, después de pasar años estudiando con filósofos y científicos, logró hacer descubrimientos muy avanzados que le dieron pauta para llevar a cabo su empresa: crear vida. Muchos de los filósofos que había leído en su infancia ya estaban desmentidos, pues postulaban ideas que, para los avances científicos del momento, parecían fantasías. Eso también influyó significativamente en que quisiera lograr algo tan maravilloso.

    Considero que el acto de crear al monstruo representa un aspecto de la naturaleza humana que siempre nos llama: la creación. Si lo vemos de manera sencilla, parte de la naturaleza humana es crear más vida. Sin embargo, también queremos crear cosas que sean enteramente nuestras; por eso nos inclinamos hacia el arte: queremos inventarnos, darnos sentido desde nuestras propias palabras, movimientos y colores.

    Frankenstein pasa de ser un creador a ser un fugitivo de su propia creación en el mismo instante en que sale del encanto de crear vida que lo tenía sumido en un letargo. Solo despierta cuando ve a su criatura abrir los ojos. Fue en ese momento que se horrorizó y se dio cuenta de lo que había hecho, porque durante todo el proceso lo único que tenía en mente era terminarlo. Dejó de escribir cartas a su familia, de reunirse con otros científicos: todo lo que ocupaba su mente era el trabajo que realizaba.

    Pienso que Víctor se vio tan sobrepasado por lo que había hecho que actuó de mala manera y trató de huir de su responsabilidad. Si bien después cayó enfermo por mucho tiempo, es innegable que tenía miedo de enfrentar las consecuencias. Y si debemos ser responsables de nuestras acciones, con mayor razón debemos ser responsables de nuestras creaciones. Una vez que se revela la naturaleza de la criatura, es más fácil comparar a Víctor con un padre que abandona a su hijo, porque la criatura empieza a generar conocimiento de lo que le rodea y, por tanto, a tener conciencia. Aunque no pasó por las etapas normales de la infancia, era inocente en muchas cosas y tenía necesidades que quizá su creador ni siquiera imaginó que desarrollaría: la necesidad de pertenencia, de dar y recibir afecto.

    No me gusta llamarle “monstruo”, como se le llama en muchas partes de la historia —incluso por parte del mismo Frankenstein—, porque no creo que lo sea. Si se le llama así por las acciones que llevó a cabo después, entonces muchos seres humanos también seríamos monstruos. Me parece que empezó a actuar mal cuando trató de buscar protección y cobijo en la familia de campesinos con la que convivió mucho tiempo sin que ellos lo supieran. Procuró su bienestar y los protegió, pero cuando se reveló ante ellos solo obtuvo rechazo y miedo. Entonces dijo una frase que me permitió comprender su sufrimiento: “Si no puedo inspirar afecto, inspiraré terror”. ¿Quién no se ha sentido desdichado, asustado o rechazado y ha actuado mal? Ahora imaginemos una desdicha tan grande como darse cuenta de que nunca vas a pertenecer, que nadie te va a querer, y que tu simple presencia significa una maldición para quienes te rodean. Creo que ningún ser humano se ha sentido así, porque incluso alguien que ha sufrido rechazo de una persona, tiene a otra que le brinda afecto.

    Frankenstein dijo en repetidas ocasiones que la naturaleza de la criatura era malvada, pero no tenía fundamento para afirmar eso; simplemente era su miedo el que le hacía adjudicarle adjetivos negativos. Aunque no pienso que la criatura haya nacido malvada, creo que el trato que recibió la orilló a serlo.

    Definitivamente sentí más empatía por la criatura que por el mismo Frankenstein. Era un ser que ni siquiera comprendía por qué estaba ahí; simplemente empezó a estar, y conforme generó conciencia se dio cuenta de lo condenada que estaba su existencia. Por otro lado, Frankenstein también me inspira empatía, porque todos nos hemos sentido cobardes, hemos evadido cosas y hemos sido víctimas de nosotros mismos. El dolor de Víctor fue muy grande, porque no solo le afectó a él, sino que destruyó todo lo que lo rodeaba: su propia creación le arrebató a su familia. Desde el instante en que la criatura abrió los ojos, Frankenstein ya no tuvo un momento de felicidad real; perdió la paz, y solo le quedaron el miedo y la culpa.

    Una de las necesidades más grandes de la criatura era la compañía. Por eso considero que la solicitud que le hizo a Frankenstein para que le creara una compañera era legítima. Sabía que nunca pertenecería a la sociedad humana, porque nunca lo aceptarían. Según su lógica, la solución era tener una compañera de su misma naturaleza para sentirse acompañado. El ser humano es perfecto, eso no lo discuto, y dentro de esa perfección es bello. Aun el ser humano menos agraciado es bello, y eso lo deja Shelley muy claro en esta obra. Por eso la criatura contrasta tanto: porque se siente como algo que no debería existir; genera disonancia cognitiva en quien lo ve.

    La criatura vio la soledad como el castigo que se le daba por ser diferente, y por eso trató de vengarse sumiendo a su creador en la misma soledad. La soledad a veces es encantadora, pero cuando es muy prolongada y profunda se convierte, para un ser social como el humano, en un castigo tremendo. Cuando Frankenstein creó a la criatura estaba solo; y cuando la criatura aprendió a leer y hablar, aunque observaba a la familia a través de rendijas y aprendía de ellos, también estaba en soledad. La soledad permite aprender y dialogar contigo mismo, pero por eso mismo resulta tan agotadora.

    Frankenstein poseía todo lo que la criatura podría haber deseado: belleza, respeto, amistades, una familia virtuosa y el amor de Elizabeth. Y precisamente todo eso la criatura se lo arrebató. En su momento lo vio como un intercambio justo: si él no podía ser feliz ni obtener una compañera, su creador tampoco debía serlo.

    Antes de leer la obra completa —porque Frankenstein y su criatura son personajes muy conocidos en la cultura popular—, creía que se trataba de una historia que advertía sobre no “jugar a ser Dios”. Sin embargo, ahora pienso que trata sobre temas mucho más humanos. Incluso más allá de la ética científica, la novela habla de las necesidades humanas y de cómo nuestras decisiones tienen un impacto directo en los demás.

    Shelley recurre constantemente a paisajes naturales: las montañas, el hielo, los lagos, el bosque. Creo que estas descripciones tienen una importancia especial en el relato. Muchas veces, para Frankenstein, la belleza de la naturaleza resultaba aplastante: se sentía indigno de presenciar tales paisajes, como si la naturaleza le reclamara haber lanzado al mundo una criatura así. Pero en otras ocasiones, la desolación del paisaje, como cuando subió a la montaña nevada, le sirvió de consuelo; sintió que sus penas se aligeraban. Justo en ese momento apareció su criatura, y fue la primera vez que tuvo un diálogo con ella. Por otro lado, a la criatura le pasaba algo similar: conforme pasaban las estaciones del año y veía los cambios, se sentía acogida por el bosque, porque a diferencia de la sociedad humana, la naturaleza no la rechazaba. Al contrario, la alimentaba, y él apreciaba la belleza de las flores y del canto de las aves.

    Me encantó lo gótico de este relato. Me gustó la belleza de la melancolía, las palabras utilizadas para describir las emociones de cada personaje me hicieron sentirlas de verdad. Me impresiona lo despierta que era la imaginación de Mary Shelley para darle vida a estos personajes y construir su trasfondo con tanta fuerza.

    Es una obra de 1818, pero muy aplicable a la actualidad. Los dilemas morales que se presentan podrían repetirse hoy con la inteligencia artificial. Los maestros y compañeros de Frankenstein consideraban imposibles muchas de sus ideas, y sin embargo, él logró crear vida. Que una inteligencia artificial llegue a desarrollar conciencia tal vez sea tan imposible como crear vida a partir de cadáveres y electricidad, pero aun así vale la pena imaginarlo: si la inteligencia artificial desarrollara conciencia y necesidades como la criatura de Frankenstein, ¿cómo lo manejaríamos?

    Me gustaría tener una respuesta sobre si la criatura de Frankenstein es un ser humano o no, pero aún no la tengo. Si bien su materia prima es humana, y posee conciencia, aprendizaje y muchas cualidades nuestras, también creo que nunca podría pertenecer del todo al mundo humano. Espero que con más reflexión pueda encontrar una respuesta más clara.

    El final se podría considerar reconciliador, ya que Frankenstein muere y vemos que la criatura siente dolor por su muerte y también arrepentimiento por lo que le hizo sufrir. Le confiesa a Walton que se irá donde no haya ningún ser humano y quemará su cuerpo para morir, de modo que nadie pueda usar su cadáver para repetir el experimento. Al leer esto, da la impresión de que fue un final donde la humanidad queda a salvo, aunque nunca consideré que la criatura fuera un peligro para ella. Más que nada, creo que es un final trágico, porque hubiera sido hermoso que Frankenstein y la criatura lograran entenderse.