Alas de abeja II: Las otras

Por: Guadalupe Montoya

Esta es la segunda parte de Alas de abeja. Puedes leer la primera parte aquí: Alas de abeja I: El ala plegada.

Esta continuación acompaña a Lito en el momento en que deja de esconderse y comprende que, a veces, existir de otra forma también puede convertirse en bienvenida.

V. El orden

Todo era tan igual a como lo había sido siempre que esa normalidad casi ahoga la voz interna de Lito que había estado haciendo demasiado ruido desde que escuchó la conversación de sus hermanas. Sin embargo, cuando estaba a punto de sumergirse en lo habitual escuchó a Lira.

—Muy bien, tengo la lista de tareas para el día de hoy —dijo fuerte para que todas la escucharan y procedió a mencionar la tarea y el nombre de las abejas asignadas. —Lito, tú te quedarás cerca de los materiales de reparación —remató Lira con satisfacción por haber logrado organizar un día más las tareas de su equipo.

—¿Qué es exactamente lo que tengo que hacer? —preguntó Lito con una voz casi inaudible, pero firme.

Esa fue una pregunta que claramente desencajó a Lira. Miró la lista, luego el espacio junto al nombre de Lito, como si allí hubiera una instrucción que se hubiera borrado de pronto.  

La asignación de tareas había funcionado de ese modo para Lira siempre, ella repartía las tareas distribuía vuelos, calculaba cargas. Y al final inventaba una tarea mínima para Lito. Una labor pequeña, prudente, suficiente para mantenerla dentro del equipo sin alterar demasiado el ritmo.

Pero hoy Lito esperaba una respuesta.

—La tarea no es muy diferente a lo que has hecho anteriormente, Lito. No puedo decirte con precisión qué tienes que hacer porque pueden surgir varias cosas que tú atenderías —respondió Lira.

Al principio dudó. Luego, al escucharse, fue encontrando seguridad en sus propias palabras. Había algo tranquilizador en una explicación que sonaba útil, incluso cuando acababa de aparecer.

—La verdad, sigue sin quedarme claro —dijo Lito con genuina duda.

Mientras esto sucedía Luma estaba bastante irritada con la escena por lo que decidió mejor empezar a trabajar sin esperar a las demás.

Esto era nuevo y se estaba volviendo un poco irritante para la precisión de Lira. Su equipo funcionaba y era bueno aun cuando tenían como integrante a Lito, pero ahora lo que nunca se había vuelto un obstáculo estaba convirtiéndose en algo que les retrasaba. Aun así, Lira concluyó que no importaba demasiado lo que estaba sintiendo en ese momento, solo tenía que darle una respuesta a Lito para continuar. Así que con la agilidad que la caracteriza improvisó.

—Como sabes, Lito, cuando transportamos materiales muchas veces no tenemos cuidado en acomodarlos; lo que tú tienes que hacer es cuidar que no se pierdan y mantenerlos ordenados —dijo Lira de forma tan clara y tranquila que nadie se percató de lo mucho que dudó y lo desconcertada que estaba por la situación.

—Es una tarea perfecta para Lito ya que ella siempre ha sido más cuidadosa y tiene especial sentido del orden —agregó Lena dirigiéndose a todas, pero viendo directamente a Lito.

Después de eso comenzaron a trabajar. Todas se fueron a recolectar los materiales y después de minutos regresaban y arrojaban lo que Lito tenía que ordenar.

Entre las que iban y venían, una abeja dejaba siempre su carga en el mismo borde, nunca en el centro. Lo hacía con tal precisión que parecía costumbre, no dificultad. Lito lo vio, pero todavía no supo qué estaba viendo.

Para Lito la respuesta que Lira dio sonaba bien, pero no coherente. Se imaginó cómo pudo haber sido si le hubieran asignado la misma tarea que las demás, sintió algo de pena por la escena imaginada porque sabía que al final esa era una tarea que le costaría mucho tiempo terminar. A partir de ese pensamiento surgió una pregunta dentro de ella: ¿le asignaban estas tareas para facilitarle el trabajo o simplemente para que no retrasara el cronograma?

Mientras realizaba la tarea se daba cuenta que no era para evitarle trabajo, ya que al final ordenar lo que ellas no tenían cuidado ni consideración de acomodar. La habían puesto en un rincón donde su esfuerzo no interrumpía el vuelo de nadie.

La tarea asignada le permitía estar rumiando en sus pensamientos lo cual era doblemente agotador, aunque de vez en cuando interrumpían sus divagaciones porque llegaba una abeja a arrojar el material. Frente a Lito estaba una montaña de distintos materiales amontonados, mismos que ella tenía que ordenar. Al ver la montaña que a primera vista parecía gigante su ánimo disminuía.

Pronto empezó a notar que no todos los materiales se mezclaban igual. Los más pesados aplastaban a los frágiles; los más pequeños se perdían debajo de todo; algunos servían para reparar bordes y otros solo para cerrar huecos finos. Nadie lo había dicho. Tal vez porque nadie se quedaba suficiente tiempo frente al montón.

Cuando todas terminaron y llegaron a la zona donde dejaron los materiales y Lito los acomodaba, ayudaron a acomodar cinco que faltaban.

—Mañana realizaremos la misma tarea, está de más explicar que todos tendremos la misma actividad que tuvimos el día de hoy —explicó Lira, haciendo especial énfasis en la última parte de su oración.

Lito no pudo evitar pensar en lo agotador que sería la jornada de trabajo de mañana. Hoy, mientras trabajó paso por su mente una idea, aunque dudaba en comunicársela a sus hermanas, el pensar que eso aliviaría su trabajo del día de mañana la animó.

—Hoy mientras realizaba mi tarea me percaté de que, si los materiales se separan desde el primer momento por tamaño, uso o zona de destino, se evita estar acomodando dos veces y se pierde menos tiempo —habló con rapidez como quien teme ser escuchado.

—¿Qué? —preguntó Lira, no porque no hubiera escuchado lo que Lito dijo, sino porque necesitaba tiempo para responder eso.

Lito repitió su idea y explicó el desorden de las otras también producía trabajo extra y que, aunque pareciera que trabajar rápido debe ser prioritario también generaba ineficiencia.

Todas se quedaron calladas por unos segundos.

Después de pensarlo unos segundos, Lira respondió:

—Así lo haremos mañana, espero que todas lo hayan escuchado —dijo para todas mientras se retiraba.

Lira se retiró rápido y en cuanto pudo observó nuevamente su lista, busco con la mirada su nombre y su rol; se tranquilizó, nada se movió, solo fue esa incomodidad rara que la envolvió por un momento. Seguía siendo quien sostenía ese equipo y con esa seguridad renovada, emprendió el vuelo de forma impetuosa y soberana.

Por otro lado, Luma estaba en silencio, antes de irse observó los materiales ordenados, luego el espacio donde había dejado caer su última carga con demasiada fuerza. La propuesta tenía sentido; eso la irritó más.

Trabajar nunca había implicado para Luma reducir su velocidad. El viento rozando su rostro era la recompensa más satisfactoria de su trabajo, ahora tenía que privarse un poco de ese placer.

Era extraño que Lito supiera cómo funcionaban las cosas. Aunque crecieron juntas, Luma, por primera vez tuvo la sensación de que en realidad no conocía a Lito.

Después de eso, Lito no sintió deseos de volver de inmediato a su celda y guiada por el zumbido tenue de las nodrizas, Lito se dirigió hacia la zona de cría.

Lito se quedó observando a las nodrizas, el modo en que iban y venían entre las celdas sin la brusquedad del resto del panal. Para una abeja todo comenzaba ahí, parecía extraño que el inicio fuera como una respiración tranquila, y después todo se volviera tan apremiante.

Cuando Lito podía estar en esa zona no sentía que la vulnerabilidad fuera castigada como en otras zonas del panal, sino que aquí era tiernamente cuidada. Aquí había espacio y el tiempo no corría tan rápido, era casi como el vaivén de una respiración de un bebé dormido.

Se acercó a una larva estaba tranquilamente dormida y comenzó a reflexionar sobre lo que había pasado hoy. Estaba expectante por cómo funcionaría mañana lo que había propuesto, sabía que su idea había partido de conocimiento que le daba su trabajo, pero tenía algo de miedo sobre la respuesta de sus compañeras a la reestructuración de sus ritmos. Ella nunca había propuesto algo en voz alta, siempre había querido aportar, pero de la misma forma que sus compañeras. Ahora lo había hecho, pero no entendía por qué sentía que había desafiado su propia naturaleza.

Si esa misma propuesta hubiera venido de Luma o Lena se sentiría natural, aunque ellas tampoco nunca habían propuesto nada. Hay cosas que parecen naturales en algunos y completamente inesperadas de otros.

Por ejemplo, la larva que estaba observando, con toda certeza se convertiría en una abeja, no sería mariposa, ni mucho menos avispa. Así de imposible le parecía la posibilidad de que ella tomara otro papel que no fuera el que había desempeñado durante toda su vida. Sin embargo, había sucedido algo inesperado, su ala seguía plegada, pero ella se sentía aerodinámica.

Al día siguiente se sentía cierta expectativa grupal con respecto al pequeño cambio con el que iban a trabajar ese día. Así que se sentía cierta urgencia por comenzar y ver cómo funcionaba.

Lira dio algunas indicaciones breves y emprendió el vuelo. Le siguieron las demás y Lito se quedó observándolas.

Despejó tres espacios separados donde iban a descargar los materiales que posteriormente Lito ordenaría. Al tener que gestionar esa pequeña tarea se dio cuenta que ahora la presión no estaba sobre la capacidad de su cuerpo, sino que la presión era intelectual, muy diferente a lo que había vivido anteriormente, pero en ese aspecto sentía mucho más control. Ya que por primera vez se sintió en igualdad de condiciones con respecto a sus hermanas.

Conforme llegaban y dejaban los materiales Lito les dirigía hacia el punto en que tenían que descargar cada uno, todavía había quien tiraba con demasiada fuerza su carga y Lito tenía que recogerla de muy lejos, pero también hubo quien entendió la consigna y la siguió sin problema.

Cuando habían concluido de transportar el material, también todos los materiales estaban ordenados. Estando todas reunidas justo antes de dar por terminada la tarea, Lira tomó la palabra y dijo:

—Fue bueno lo que hicimos hoy, desaceleramos un poco, pero fuimos eficientes, en cuanto a tiempo no hubo gran cambio, pero estuvo bien. Buen trabajo —dijo Lira animando a sus compañeras y continuó: —Puede que este trabajo fuera más rápido si en la zona donde recogemos el material realizaran el mismo acomodo que realiza Lito aquí, sería bueno proponerlo.

Y como si sintiera una gran urgencia por hacer algo emprendió vuelo y se fue.

Luma nunca había estado en desacuerdo con Lira; la respetaba y le apreciaba demasiado como líder y como hermana. No es que no estuviera de acuerdo con esto, pero le incomodaba.

Esto aumentó su irritación y tuvo la necesidad de acercarse a Lito.

—¿Siempre habías pensado esas cosas o apenas se te ocurrieron? —preguntó directamente Luma a Lito.

—Había tenido ideas como esta, sí, pero no pensé que valiera la pena decirlas —admitió Lito que daba la impresión de ser más pequeña junto a Luma.

—Mmm… “ideas”, ¿o sea que esta no es la única que has tenido? —dijo Luma con un poco de incredulidad en su voz.

—Tengo que volar más lento, no porque quiera, sino porque no puedo hacerlo de otro modo, eso me obliga a pensar cómo podría compensarlo —dijo Lito con evidente pena— no lo dije porque antes estaba ocupada intentando seguir el ritmo.

Entre más escuchaba a Lito, más se irritaba Luma así que mejor se retiró, subió a su celda que estaba en uno de los lugares más altos del panal donde podía observar todo lo que sucedía. “Ideas”, “compensar”, “seguir el ritmo” esas palabras daban vueltas por la cabeza de Luma que nunca se le había ocurrido que Lito podría pensar o sentir esas cosas.

¿De qué sirve tener ideas si no puedes sostener el ritmo?, pensó Luma. Y como si esa pregunta fuera bálsamo para su irritación se relajó.

Desde su celda observaba todo el panal y a las abejas en un ir y venir rápido, ligero, casi como una coreografía. Lito había sido irritante para ella porque rompía con el ritmo por su incapacidad, pero ahora otra vez rompía con su ritmo, aunque no sabía cómo.

Le atravesó una pregunta casi sin darse cuenta: ¿cómo puede alguien tan limitada resultar, de pronto, tan difícil de reducir?

Pero una abeja de acción como Luma no estaba acostumbrada a quedarse pegada en sus pensamientos, así que desechó todo eso y durmió ignorando esas pequeñas piedritas que le impedían un descanso placentero.

VI. Sin ajustes

Al día siguiente Lito se dirigía mucho más temprano de lo que normalmente lo hacía hacia la zona donde se encontraría con sus hermanas para iniciar la jornada de trabajo.

Quería preguntarle a Lira cómo le había ido con la propuesta en las otras zonas de trabajo. Tenía una positiva curiosidad de ver cómo los demás recibían su propuesta; sobre todo, confiaba en que la recibirían bien porque quien la estaba presentando era Lira. Y mientras pensaba en eso empezó a imaginar cómo sería hablar con la misma seguridad de autoridad con la que lo hacía Lira. Se preguntaba si ella había nacido con esa habilidad o si de forma interna las demás abejas se la habían dado y por eso era tan buena líder. No sabía si las cualidades de su hermana eran algo con lo que nació o algo que se le concedió posteriormente.

Cuando llegó, se encontró a Lena y Lira conversando; por un momento pensó que se encontraban hablando sobre lo que ella quería preguntarle a Lira, así que se acercó con total naturalidad. Pero parecía que había una pared enorme entre sus hermanas y ella, una pared que nunca se había percatado que estaba y hoy el día que menos lo esperaba se había revelado frente a ella, la reconoció en sus posturas y en la forma en como la miraron y se confirmó en sus palabras.

—Hoy tendrás el día libre, Lito, no vendrás a trabajar con nosotras —Le dijo Lena con un tono que parecía querer disfrazar lo que estaba diciendo.

—¿Por qué? —preguntó Lito desconcertada.

—Esta tarea requiere rapidez y coordinación constante —respondió rápidamente Lira y continuó agregando—. Simplemente esta vez necesitamos que el equipo funcione sin ajustes.

—¿Sin ajustes? ¿Acaso el ajuste que realizamos ayer no fue positivo? —preguntó con ímpetu Lito.

—En realidad fue maravilloso, Lito —agregó Lena.

—Sí, funcionó bien, pero no me refiero a ese tipo de ajustes, sino de los que normalmente tenemos que realizar cuando nos acompañas. Lo más conveniente es que hoy te quedes fuera —sentenció Lira deseando que eso fuera lo último que le tuviera que decir al respecto.

Luma desde una esquina observaba la escena con desinterés y una distancia que la hacía parecer ajena.

—¿Entonces prefieren que no vaya antes que tener que trabajar conmigo de otra manera? —preguntó Lito

—No es eso, Lito, pero no te vamos a exponer —respondió rápidamente Lena.

—No se trata de ti en abstracto, se trata de lo que esta tarea exige del equipo —agregó Lira rápidamente interrumpiendo a Lena.

—Entonces nunca fue mi tarea —dijo Lito—. Era mi lugar.

Después de eso, ya no supo si alguna de sus hermanas dijo algo más porque se retiró. Le dolía el cuerpo y algo más hondo, pero a diferencia de otras veces donde el dolor le impidió moverse, esta vez la hizo retirarse.

Caminó por el panal sin rumbo aparente hasta que el zumbido tenue de las nodrizas la condujo, una vez más, hacia la zona de cría. Frente a una de las celdas, una nodriza acomodaba con suavidad a una larva que apenas se movía. La nodriza se movía con paciencia y cuidado, como si lo que estuviera a su cargo fuera lo más preciado del mundo.

Lito no pudo evitar pensarlo: ¿qué pasaría si la nodriza mirara la quietud de la larva como sus hermanas habían mirado su ala?

Si la viera como Lena probablemente vería a la larva con compasión, la quietud de la larva seríael motivante del movimiento de Lena. Le cuidaría tiernamente y la reduciría completamente a ese cuidado. Lito nunca había pensado de esta forma, pero últimamente cuando se sentía bajo el cuidado de Lena, se percibía como algo que no podía ni debía salirse de eso.

En cambio, si la nodriza fuera Lira, movería a la larva rápidamente, la alimentaría a la hora adecuada, la movería otra vez, y una vez más. Y al notar que tiene que hacerlo constantemente y que eso reduce su productividad, dejaría que otra nodriza cuidara a esa larva.

Pero, por otro lado, a quien no podía imaginar como nodriza sin que se sintiera demasiado forzado, era a Luma. Luma siempre fue veloz, todo lo demás en lo que no era sobresaliente lo compensaba con su velocidad, que traía consigo también ruido y pedantería. Lito muchas veces quiso ser como Luma, le admiraba e incluso le envidiaba, pero parecía que ese sentimiento de admiración era proporcional a la incomodidad que Lito le causaba a Luma.

Al terminar ese ejercicio imaginativo Lito sintió que traer a su mente a sus hermanas estaba traicionando un poco el lugar en el que estaba. Bajo su mirada y su experiencia, lo que le evocaban eran cuestiones contrarias.

Como si la pared que la separaba de sus hermanas fuera ahora un muro imposible para traspasar; en ese momento supo que no podía volver a trabajar con sus hermanas.

VII. La zona de cría

Los días posteriores Lito regresaba a la zona de cría, a veces apoyaba a las nodrizas en el cuidado de las larvas, otras veces se limitaba a observar; lo hacía como una actividad que le permitía estar en un sitio tranquilo y donde su cuerpo no se volvía una falta tan visible.

De tanto observar a las nodrizas ir y venir entre las celdas, Lito empezó a distinguir pequeñas diferencias que antes le habrían parecido imperceptibles. Una mañana señaló, con la naturalidad insegura de quien aún no se acostumbra a ser escuchada, que ciertas larvas parecían necesitar atención antes que las demás. Unas larvas eran más inquietas, esas requerían ser atendidas primero; también había cuestiones que le permitieron identificar cuándo una larva requería alimento o una atención especial. La sugerencia fue recibida con la misma naturalidad con que en esa zona se recibían las cosas útiles. Le resultó extraño que una observación suya pudiera entrar en el trabajo de otras sin desordenarlo todo.

Con el tiempo sus ideas se fueron asentando y comprendió muchas cosas que había estado experimentando, otras cosas no tenían respuesta, pero ya no le atormentaban como antes. Ese día, después de varios y de sentir una relativa paz vio algo que le descolocó.

Dentro de la zona de cría había unas pupas muy cercanas a salir, pero cerca de donde estaba Lito había una que apenas y había quitado una pequeña parte de la cera que tapaba su celda. Al principio y apenas llamó la atención de Lito, pero conforme se dio cuenta de que todas ya habían salido y esa continuaba batallando se inquietó un poco. Estaba dudando en si intervenir o dejarlo estar, sin embargo, decidió que un poco de ayuda no vendría mal. Así que empezó a quitar la cera para permitir que la abeja saliera.

En ese momento una pequeña abeja salió de la celda, se veía desconcertada, pero observaba maravillada todo el panal a su alrededor. Se veía entusiasmada, y lo estaba tanto que la propia abejita no reparó en ver su diferencia con las demás.

Lito observó a la abejita con una ternura que no sabía qué tenía dentro de ella. No pudo evitar reconocerle como algo maravilloso, pero ese mismo reconocimiento le hizo sentir un terror súbito al imaginar cómo el panal la recibiría posteriormente. Se imaginó a sí misma emergiendo de la celda y se preguntó si a ella también alguien le ayudó a retirar la cera, si alguien la observó emerger y se maravilló, si por el contrario alguien sintió repulsión. Nunca lo sabría, no lo recordaba, pero le hubiera gustado guardar en su memoria.

La abejita comenzó a alejarse y Lito la siguió de cerca, sentía mucha curiosidad y quería observar lo más que le fuera posible. Su corazón latía muy rápido, sentía que en cualquier momento vería cómo a la pequeña abeja se le asignaba un lugar dictado desde la superficialidad de lo que los demás pueden ver.

Le hubiera gustado desde lo más profundo de su ser tener el poder de interponerse entre la mirada del panal y la pequeña abeja.

Mientras la abejita iba con un paso tambaleante mirando con admiración todo lo que hay a su alrededor se topó con una nodriza que al parecer le dio algunas indicaciones que Lito no alcanza a escuchar con certeza.

Pero hay algo particular en la escena que Lito estaba observando de la pequeña abeja y su nodriza y es que la nodriza con suavidad ayuda a estabilizarse a la abejita, la examina mientras le hace cosquillas con sus antenas, y le dice con suavidad:

—Bienvenida, ve con cuidado

La abejita se retira, aun ignorando algo importante en ella. La nodriza ahora examina a otra abejita con normalidad, un poco menos de suavidad y un poco más de jugueteo, pero solo eso como diferencia visible.

Lito sintió como si en ese momento muchas certezas se hubieran vuelto preguntas y sintió alivio al ver que la abejita había tenido una bienvenida a través de una mirada amable. Deseó que la pequeña abeja nunca olvidara esa mirada que recibió y sintió una ausencia honda en ella al no recordar absolutamente nada de su primer día. Sintió una ternura inefable al imaginar que ella también debió haber sido algo pequeño y digno antes de convertirse en problema.

VIII. Las otras

Mientras emprendió el camino hacia su celda su mente no dejaba de dar vueltas alrededor de la pequeña abeja. ¿Entonces no toda diferencia era recibida del mismo modo? Se preguntó.

¿Diferencia? Ella y la abejita eran diferentes, pero al mismo tiempo eran iguales ¿Dónde estaban las otras abejas que no encajaban del todo?

Era extraño, pero parecía que acababa de descubrir algo nuevo. Empezó a ir más despacio, ya no subestimaba su capacidad de observación.

Entonces a su izquierda vio las celdas cercanas y casi de reojo vio a una abeja que estaba limpiando una celda. Avanzó un poco más y luego se paró, muchas veces había pasado por ahí y siempre veía a esa abeja limpiando esa misma zona. Regresó y trató de verla con un poco de disimulo. Era una abeja adulta que se movía con una leve dificultad en una de sus patas. Lito pudo ver que tenía una pata rígida. Cuando la abeja se percató de la mirada de Lito, Lito se retiró rápidamente.

Antes de llegar a su celda, Lito vio a una abeja joven acomodando pequeñas porciones de alimento junto a una hilera de celdas. Cuando otra le dijo algo al pasar, la abeja tardó un instante en volver la cabeza; luego corrigió el gesto y continuó, como si la señal le hubiera llegado apenas un poco tarde.

Cuando llegó a su celda se preguntó por qué nunca había visto lo que era tan evidente. Lo pensó un rato. El panal no solo había tenido sitio para abejas como ella; también había sabido esconderlas dentro de sus tareas, sus ritmos y sus silencios.

Ella hasta hace poco deseaba no ser vista, quería encajar, tener el mismo ritmo y cumplir con las mismas tareas. Porque dentro de ella como una verdad que no se pronuncia nunca sabía que en el panal la diferencia era castigada con indiferencia. Por eso las diferentes quieren ser iguales, aunque nunca lo serán.

Si había otras, quería decir que la pequeña abejita no iba a ser la única, pero podría aprender a mirar la diferencia como algo sumamente negativo o aprendería a ignorarlo como lo había hecho ella.

Pero ahora se percataba de que ella era parte de lo que la abejita miraría y le serviría de espejo para entender cómo se vive la diferencia.

Esa pequeña abeja no podía crecer viendo la diferencia como algo que tiene que reducirse a las miradas ajenas.

No podía interponerse entre la mirada del panal y la abejita, pero sí podía negarse a seguir siendo una figura doblada por la vergüenza.

Quizá no podía evitarle el mundo, pero sí existir delante de ella de una forma que no la condenara de antemano.

Desde entonces, la zona de cría se convirtió para Lito en algo más que un lugar tranquilo: era el sitio donde aún parecía posible llegar al mundo sin vergüenza.

Algunas veces, al cruzar el panal, Lito veía pasar a sus hermanas. Lira seguía llevando listas, Lena seguía abriendo paso a otras abejas pequeñas y Luma seguía atravesando los corredores como si el aire le perteneciera. Lito ya no se detenía a entenderlas. Las miraba pasar y volvía a la zona de cría.

Lito regresó día con día, realizaba tareas diversas para el cuidado de las larvas y las pupas, pero siempre de manera especial procuraba estar al momento en que las pupas abrían las celdas.

Y ahí estaba un día Lito, recibiendo a una abejita con las alas más pequeñas. La sostuvo con cuidado y le hizo cosquillas con las antenas. Tenía miedo y, al mismo tiempo, una emoción que apenas le cabía en el cuerpo.

Lito no se escondió.

La abejita la miró con curiosidad; primero a ella, luego a su ala plegada, luego al resto del panal. Después acomodó sus pequeñas alas y permaneció un instante junto a ella.

Gracias por acompañar a Lito hasta aquí. A veces una historia nace de una imagen pequeña y termina abriendo preguntas que no sabía que llevaba dentro. Alas de abeja fue, para mí, una de esas historias.

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