• Me desperté e inmediatamente se cimbró en mi mente un pensamiento color amarillo. El gato saltó a mi regazo y sentí su respiración insidiosa, como si amenazara con morderme si no me ponía en marcha. El gato es gordo, naranja deslavado y siempre está muy despeinado. Al sentir su peso, mi respiración se vuelve cada vez más corta; el gato ronronea al mismo ritmo con que el foco zumba y parpadea. Yo amo a los gatos, pero debo confesar que últimamente quiero un perro.

    Pero cuando tenga un perro todos me preguntarán: «¿No que te gustaban los gatos?» Por eso quiero un perro y que nadie sepa que lo tengo; sinceramente no quiero explicar que este gato inquietante con el que vivo me ha hecho querer tener un perro. Me gustaría que el gato, simplemente una vez, decida irse, pero que se vaya a un lugar donde esté mejor que conmigo. Yo no quiero darlo en adopción ni simplemente dejar que se vaya, porque cuando esté tomando café y extrañe sentirlo en mi regazo con su ronroneo que hace que mi taza vibre, no quiero que me abrumen los pensamientos de que yo ocasioné esto; prefiero sufrirlo igual, pero con la certeza de que el gato fue quien decidió irse.

    Cuando estoy con el perro, mi pensamiento es azul —un azul muy bonito; no podría definir el tono exacto—, pero es luminoso y muy uniforme y estable. Me gusta ese color; me da cierta estabilidad. Con el perro mi respiración se ahonda, mis hombros se bajan, mi pulso se empareja, y reina un silencio amplio. El perro que tengo es negro, demasiado delgado, pero al mismo tiempo da la impresión de ser fuerte. Su pelo es tan corto y siempre está tan peinado que parece de terciopelo.

    Creo que, si alguna vez mi perro y mi gato se cruzan, se quedarán viéndose por algún tiempo y luego el gato se recostará porque simplemente se habrá cansado de sostenerle la mirada. El perro, por su parte, se quedará intrigado por la actitud del gato y se preguntará si debería atacarlo. Aun así, no puedo imaginar que el encuentro llegue a ser violento entre ellos; siento que sería violento para mí verlos juntos, enfrentados, conociéndose.

    Mi gato es tan despreocupado que, después de eso, me haría dos o tres preguntas y después dejaría de importarle que exista el perro. Las mañanas deslavadas continuarían sin problema; seguiría despertando con un sobresalto y el foco, palpitante. Sin embargo, el perro guardaría rencor dentro de sí, porque además de que tengo un gato, sabría que el gato estuvo antes que él, pero me seguiría hundiendo en una calma que él me ha dado y que, mientras esté conmigo, ni él mismo es capaz de quitarme.

    Ejerzo mi memoria y viene el amarillo a invadir mis pensamientos: El gato, de un salto, sube a mis piernas y me exige que deje de escribir, para que con movimientos no le incomode el sueño que tiene planeado iniciar. Yo, obediente, dejo también de tomar mi café, porque se va a enfriar. El gato bosteza y ahora estoy llena de amarillo.

    Cuando escapo de mis pensamientos, voy a buscar a mi perro. Se posa el azul: él está listo para recostarse en mis pies y ver cómo empiezo a escribir; a veces, siento que sabe lo que escribo. El movimiento de su cola tiene un compás que me tranquiliza y me concentra. El perro se permite cerrar los ojos y me envuelve de azul.

    Ya sé que, para este punto, dirán que la personalidad que suelen tener los gatos y los perros es completamente distinta a lo que estoy describiendo aquí; sin embargo, eso es lo que me gusta de este gato y de este perro, porque son muy particulares si los comparo con individuos similares a ellos.

    La verdad es que me cuesta mucho tener las dos mascotas, porque yo soy de enfocarme en una sola cosa, y tener dos y dividir el cariño no es algo normal para mí. Sinceramente sé que el perro es lo que quiero en este momento, pero también imagino que llegará un momento en que tal vez lo que quiera sea un conejo. En el horóscopo chino yo soy Conejo, y no es que crea en esas cosas, pero de tanto que lo he interiorizado creo que sí me identifico con uno.

    Mi problema con el gato ha sido la costumbre y su forma tan despreocupada de mostrarme su poco interés: solo quiere que su plato esté lleno siempre. Ya sé que se preguntarán: «¿Qué más espera esta mujer de un pobre gato?»

    Y, bueno, el perro es completamente atento y curioso por todo lo que me rodea: siento que me analiza con lupa, sacrifica horas de sueño con tal de velar el mío. Pero yo sé que el perro quiere que yo sea mejor de lo que soy: que me levante a tiempo, que cumpla mis pendientes, que sostenga mis hábitos. Y me preocupa que quiera que esas mejoras lleguen a un punto en el que yo no sea capaz…

    Se ven. Ha ocurrido lo inevitable: un chasquido en la taza, una hondura que los separa. El gato parpadea; parece que el amarillo de sus ojos hoy resalta más con su característico color naranja. El perro respira profundo; el azul entra como aire hondo. No hay zarpazo ni ladrido: solo un silencio espeso. El gato parpadea, bosteza y se recuesta; el perro majestuoso se sienta. ¿Por qué, si no está sucediendo nada, siento que esto es tan violento?
    Debo decidir si me quedo a mitad o si doy un paso.

  • ¿Acaso necesitamos llegar a la desesperación para descubrir lo que realmente es importante en nuestra vida?
    Banana Yoshimoto lo sugiere con crudeza en Kitchen: “Pues sí, pero una persona tiene que estar completamente desesperada una vez en su vida y entonces sabe a qué cosas de sí misma no puede renunciar. Si no, llegará a la madurez sin saber lo que realmente es importante.”
    Hace poco terminé de leer Kitchen de Banana Yoshimoto y me enfrentó a esta idea: cómo el ser humano puede reconstruirse en sus momentos más difíciles, y como esa reconstrucción suele ser de las más genuinas. Estar en medio de la desesperación obliga a sopesar lo que es realmente importante: a qué cosas puedes renunciar y seguir viviendo, y qué cosas son indispensables.
    Kitchen fue publicada en 1988 y es una novela corta dividida en tres partes. Dos de ellas, Kitchen y Luna llena, tienen como protagonista a Mikage, una joven que se queda sola después de la muerte de su abuela. La tercera parte, Moonlight Shadow, es una historia independiente que aborda los mismos temas —la pérdida, el duelo y los lazos humanos—, pero esta vez a través de Satsuki, una joven que enfrenta la vida después de la muerte de su novio.
    En Kitchen, la cocina no es solo un espacio doméstico: se convierte en un símbolo vital. Para Mikage, recién enfrentada a la muerte de su abuela, es el único lugar soportable de la casa. Allí encuentra un ambiente cargado de vida, porque cocinar significa crear, transformar y alimentar. La cocina, con sus sonidos y olores, ofrece la posibilidad de enraizarse nuevamente en el mundo cuando todo lo demás parece vacío.
    Dormir junto a la nevera es una de las imágenes más poderosas de la novela. Ese ruido constante, casi como una respiración, le brinda a Mikage la ilusión de compañía y de continuidad. Puede sonar extraño que alguien busque consuelo en un electrodoméstico, pero en realidad refleja cómo, en momentos de duelo, cualquier señal de vida se convierte en un ancla. Esa necesidad de refugio se entiende mejor cuando pensamos en nuestra propia relación con los espacios íntimos: a veces la cocina, más que un comedor o una sala, guarda memorias, olores y gestos que nos conectan con quienes amamos.
    La cocina, entonces, funciona como metáfora de resistencia frente a la muerte. No es casualidad que Mikage no solo busque estar en ese lugar, sino que también disfrute cocinar. En su duelo, cada plato preparado es un recordatorio de que sigue viva y de que todavía tiene la capacidad de sostenerse a sí misma y a los demás. Lo que podría ser un gesto rutinario se convierte en un acto de reconstrucción personal.
    En Kitchen, los lazos humanos se presentan de manera distinta a los modelos convencionales de familia. Mikage, tras la muerte de su abuela, encuentra un hogar inesperado junto a Yûichi y Eriko. Ninguno de ellos representa lo que tradicionalmente se entiende como familia, pero juntos construyen un espacio de cuidado y afecto que resulta más auténtico que cualquier lazo impuesto por la sangre. El vínculo entre ellos surge de la necesidad mutua de compañía y se fortalece precisamente porque cada uno carga con pérdidas y heridas que los vuelven más sensibles al dolor del otro.
    La casa de Eriko se convierte en un refugio para Mikage. No se trata solo de un lugar físico donde vivir, sino de un espacio donde puede respirar sin la asfixia de los recuerdos, un entorno donde la soledad no es tan aplastante. La compañía de Yûichi y la calidez de Eriko le ofrecen una forma de reconstruirse a partir de vínculos que no siguen ninguna norma establecida. Yoshimoto sugiere así que las familias más genuinas son aquellas que se eligen, que se construyen en la aceptación y en la solidaridad, aunque no encajen en los moldes sociales.
    Estos vínculos no convencionales, al igual que la cocina, funcionan como espacios de refugio frente a la incertidumbre de la vida. En ellos, los personajes encuentran una tregua para sobrellevar la náusea que deja la pérdida, y descubren que el verdadero sostén no siempre proviene de estructuras rígidas, sino de la empatía y del acompañamiento sincero.
    El relato Moonlight Shadow, que acompaña a Kitchen, aborda el duelo desde una perspectiva más onírica y simbólica. Satsuki, la protagonista, enfrenta la muerte repentina de su novio y busca en el ejercicio físico —el aerobismo— una manera de no hundirse en la tristeza. Al igual que Mikage, necesita una rutina que le recuerde que sigue viva. Sin embargo, en su caso, el verdadero punto de inflexión llega con la experiencia en el puente.
    El puente funciona como metáfora del tránsito entre el pasado y el futuro, entre la presencia y la ausencia. Allí, Satsuki se encuentra con Urara, una figura enigmática que parece moverse entre dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. Este encuentro ofrece un respiro al dolor insoportable, un momento liminal donde lo inexplicable se vuelve posible y la despedida adquiere una forma casi mágica. La escena no elimina el sufrimiento, pero lo transforma, mostrando que el duelo no es un cierre definitivo, sino un camino que se atraviesa paso a paso.
    La aparición del puente en Moonlight Shadow complementa lo que la cocina simboliza en Kitchen: ambos son espacios de refugio frente al vacío. La diferencia es que, mientras la cocina se ancla en lo cotidiano y lo tangible, el puente se abre a lo misterioso y lo espiritual. En conjunto, las dos narraciones muestran que el ser humano necesita tanto de lo concreto como de lo simbólico para reconstruirse después de la pérdida.
    Kitchen es una novela profundamente actual porque, aunque no se presente como un tratado filosófico, en su esencia toca preguntas existenciales: ¿cómo enfrentamos la pérdida?, ¿dónde encontramos refugio?, ¿qué vínculos sostienen nuestra vida cuando todo lo demás se desmorona? Yoshimoto nos recuerda que lo cotidiano —una cocina iluminada, un sofá compartido, una comida preparada a mano— puede tener un peso filosófico tan grande como cualquier teoría, porque ahí se juegan nuestra soledad y nuestra capacidad de reconstrucción.
    En lo personal, la lectura me invita a cuestionar la manera en que busco vínculos y espacios de refugio en mi propia vida. Resulta paradójico: Kitchen se desarrolla en una gran ciudad donde el individualismo parece inevitable, pero incluso en un contexto distinto, donde la comunidad tiene un lugar central, también es posible sentirse aislada. Esa tensión revela que lo esencial no está en la cantidad de relaciones, sino en la autenticidad de los lazos. Los vínculos verdaderos —los que no se reducen a conveniencia ni a apariencia— son los que ofrecen sostén cuando el absurdo de la existencia se hace presente. Como Mikage, cada persona que atraviesa la pérdida descubre que la soledad puede ser insoportable, pero también liberadora. “No había nadie en el mundo de mí misma sangre, y, así, me era posible ir a cualquier lugar y hacer cualquier cosa.” Lo que parece una herida se convierte también en una ventana: mirar el mundo con ambos ojos abiertos y comenzar de nuevo.
    Tal vez por eso Kitchen resuena tanto hoy: porque nos confronta con la necesidad de reconocer lo frágiles que somos y, al mismo tiempo, con la oportunidad de elegir dónde y con quién queremos reconstruirnos.

  • La náusea es el título de la obra escrita por Jean-Paul Sartre en 1938, es una novela que aborda conceptos centrales dentro de la filosofía existencialista, tales como: el absurdo, la mala fe, la existencia y la esencia. Es un relato que enfrenta al lector con la reflexión de temas densos e incomodos sobre el sentido de la vida, surge entonces la pregunta ¿Por qué La náusea sigue siendo vigente frente a las evasiones que permite el mundo actual? Precisamente, porque sigue siendo incomodo abordar la libertad radical que implica darle un sentido propio a la existencia y se vive en la constante huida de la libertad mediante el refugio en hábitos mecánicos y evasivos. Por eso la obra sigue interpelándonos a asumir la responsabilidad de dar sentido a la vida en un mundo carente de propósito previo.
    Un aspecto fundamental es la náusea, mismo concepto que le da nombre a esta obra y es el punto de partida de la filosofía existencialista, es ese vacío que puede dar miedo y nace cuando se es consciente del absurdo existencial. Puede ser una experiencia muy desagradable, angustiante y perturbadora, pero es lo que abre la posibilidad de crear el propio significado. El protagonista de esta historia percibe el absurdo cuando contempla los objetos más cotidianos y siente que se imponen con una presencia excesiva y gratuita: “La náusea no está en mí; la siento allí, en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor. Es una sola cosa con el café, soy yo la que está en ella”. En este caso, se refleja cómo la familiaridad del mundo se rompe y todo aparece como extraño, despersonalizado y sin justificación. Cabe destacar que el absurdo no es la simple idea de que la vida no tiene sentido, es una vivencia concreta que nace cuando te haces conocedor de que tu existencia no tiene justificación previa, tampoco la existencia de los objetos o cualquier otra cosa que rodee, es cobrar conciencia de que al no haber esencia prefijada, surge la libertad de inventar el propio sentido. Sin duda, asumir una libertad tan radical como la que propone el existencialismo puede resultar angustiante. Esto ocurre sobre todo si se ha crecido con la idea de que se es especial y que alguna fuerza superior —como Dios— tiene un propósito para la vida. En esos casos es común repetir frases como “que se haga tu voluntad y no la mía”, “estoy en tus manos” o “Dios se ocupará de este asunto”. Este tipo de consuelo puede ser ventajoso en momentos difíciles; sin embargo, cuando la vivencia de La náusea se presenta como consecuencia del absurdo y coloca toda la responsabilidad en los propios hombros, la experiencia puede ser profundamente perturbadora. Sumado a lo anterior, en la obra se reconoce que lo que solemos percibir como leyes inevitables no son más que hábitos que se repiten hasta parecer naturales: “Yo veo esa naturaleza, yo la veo… sé que su sumisión es pereza, sé que no tiene leyes: lo que ellos toman por constancia… solo tiene hábitos y puede cambiarlos mañana”. Este pasaje revela que nada garantiza la estabilidad de lo cotidiano: lo que parecía firme y seguro se revela como una costumbre sin fundamento. Así, la náusea intensifica la experiencia del absurdo al mostrar que incluso lo más familiar es contingente y puede transformarse.
    Por lo tanto, una de las revelaciones más importantes es la que se refleja en una de las frases más conocidas de Sartre: la existencia precede a la esencia, es decir, que primero estamos en el mundo y solo después nos definimos a través de nuestras acciones. Significa que la existencia es lo más elemental y primitivo de todo lo que es, sin la existencia que simplemente está y es porque si, no puede haber esencia que defina o le dé personalidad a ninguna cosa que tenga vida o que no la tenga. Roquentin en una de sus reflexiones sobre la historia dice: “Explican lo nuevo por lo viejo, y lo viejo lo han explicado por acontecimientos más viejos todavía”. Con esta observación, el protagonista percibe que el pasado no ofrece un fundamento estable, sino solo una cadena interminable de hechos que se justifican entre sí sin otorgar un sentido definitivo.
    Así pues, la novela expone la relación entre libertad, angustia y mala fe. Para Sartre, la libertad radical implica que el ser humano está condenado a elegir en todo momento, aun cuando no quiera hacerlo. Esta responsabilidad se traduce en angustia, como lo expresa Roquentin: “Lo cierto es que tuve miedo o algo por el estilo. Si por lo menos supiera de qué tuve miedo, ya sería un gran paso”. No se trata de un miedo común, sino de la angustia existencial que surge al enfrentarse a la nada y reconocer que todo depende de la propia elección. El protagonista lo confirma cuando reflexiona: “¿Soy yo quien ha cambiado? Si no soy yo, entonces es este cuarto, esta ciudad, esta naturaleza; hay que elegir”. En esta frase se percibe que, aun en medio del desconcierto, no hay escapatoria: el hombre debe decidir. Sin embargo, Sartre muestra que muchas personas buscan huir de esta libertad a través de la mala fe, como cuando afirma que “los que viven en sociedad han aprendido a mirarse en los espejos, tal como los ven sus amigos”. En lugar de asumir su autenticidad, se refugian en la mirada de los otros para evitar la angustia de ser libres.
    Por otra parte, La náusea mantiene su vigencia en la crítica que hace a las rutinas sociales como formas de evasión. Sartre describe con ironía a los burgueses que, tras una semana de trabajo, buscan el domingo como medio para “acumular juventud” y así poder reiniciar el ciclo el lunes: “¿Tendrían tiempo de acumular bastante juventud para empezar de nuevo el lunes por la mañana?”. Es decir, se refleja cómo la vida se reduce a un mecanismo repetitivo en el que la vitalidad se convierte en simple combustible para continuar con la rutina. Aunque escrito en 1938, el señalamiento sigue siendo actual: la evasión de la libertad se perpetúa en la repetición de hábitos que postergan el enfrentamiento con el absurdo de la existencia. La obra, en este sentido, trasciende su contexto histórico porque revela una verdad universal: la sociedad crea rutinas para evitar que los individuos se enfrenten con la responsabilidad de dar sentido a su propia vida.
    Finalmente, la obra dialoga con la actualidad porque los mecanismos de evasión descritos por Sartre encuentran equivalentes en la vida contemporánea. El Autodidacta, empeñado en leer todos los libros de la biblioteca en orden alfabético, simboliza la ilusión de sentido en una tarea mecánica y sin reflexión. Esta compulsión se refleja también en su vida cotidiana: “Por lo general vengo aquí con un libro, aunque el médico me lo haya desaconsejado: uno come demasiado rápido, no mastica. Pero tengo un estómago de avestruz, puedo tragar cualquier cosa”. Su manera de comer leyendo muestra la falta de conciencia plena, el “tragar” tanto alimento como información sin procesarla. En nuestros días, esa misma actitud puede verse en la costumbre de comer mirando pantallas, donde el acto de alimentarse se combina con la distracción digital. Así como el Autodidacta confundía la acumulación de lecturas con auténtico conocimiento, hoy se confunde la acumulación de información o interacciones con sentido vital. Ambos casos reflejan la misma evasión de la libertad: ocupar el tiempo en hábitos automáticos para no enfrentar la angustia de decidir qué hacer con la propia existencia.
    En conclusión, La náusea de Jean-Paul Sartre no solo es una obra fundamental del existencialismo, sino también un texto de permanente vigencia. A través de Roquentin, Sartre muestra la crudeza del absurdo, la inexistencia de una esencia previa y la necesidad de asumir la libertad aun cuando esta se acompañe de angustia. El retrato de la mala fe y de las rutinas sociales revela cómo los individuos, en lugar de aceptar la responsabilidad de construir su propio sentido, prefieren refugiarse en hábitos mecánicos que simulan otorgar estabilidad. A casi un siglo de su publicación, la obra sigue interpelando al lector contemporáneo, ya que las formas de evasión han cambiado de rostro, pero no de fondo: lo que antes era la rutina burguesa o la compulsión del Autodidacta, hoy se refleja en la dependencia tecnológica y en el consumo acrítico de información. De este modo, La náusea no se limita a ser una novela filosófica de su tiempo, sino una invitación universal a enfrentar la incomodidad del absurdo y a convertir la libertad radical en una oportunidad de crear sentido en la existencia.