Alas de abeja I: El ala plegada

Por: Guadalupe Montoya

Alas de abeja es una historia sobre la diferencia, la vergüenza, la ternura que a veces limita y la posibilidad de encontrar una forma propia de existencia. La comparto en dos partes para que pueda leerse con calma. Esta primera parte acompaña a Lito en el descubrimiento doloroso de su cuerpo, de la mirada de las otras y de aquello que comienza a incomodarle.

I. El ala plegada

Cuando están volando, las alas de una abeja se convierten en un temblor rápido; vibran con una velocidad que las vuelve casi invisibles. Por otro lado, cuando están en reposo son como una delicada película de vidrio húmedo, extremadamente limpias y exactas. Es aterrador lo frágil que son para lo necesarias que resultan para una criatura nacida para no detenerse. Basta ver las alas de una abeja para entenderlas: en ellas está escrito lo que son. Sostienen casi nada y al mismo tiempo casi todo.

Una de esas alas había traicionado el cuerpo que debía sostener. Todas las abejas del panal lo veían como un desajuste, pero para Lito sus propias alitas asimétricas eran una falla íntima, una vileza del propio cuerpo. Eran una imagen cruel: una de sus alas era un intento interrumpido de creación; tenía un ala plegada.

En general, Lito vivía a cuestas no con una gran tragedia, sino con una tragedia pequeña, pero constante e insalvable. Simplemente tenía que aprender a vivir con ello; no había nada más que hacer y por parte de la colmena no hubo más que una aceptación que se sentía más como indiferencia.

“Lito, si no puedes, retírate”, “No queremos que luego te frustres”, “No creo que llegues a hacer vuelos largos”, “No tienes que esforzarte en seguirnos”. Esas eran las palabras que constantemente había escuchado Lito durante toda su brevísima vida.

Además, era mucho más pequeña que sus hermanas, su constitución física era una desventaja para poder coexistir con sus hermanas y que no fueran completamente visibles sus diferencias.

Para Lito, el percatarse de su diferencia no surgió como algo que sabes. Nadie se lo dijo. Pero cuando quiso volar se fue de bruces contra las celdas de la colmena. Al momento de que intentó alzar el vuelo se dio cuenta de que el sonido y la vibración que emitían sus alas no era nada parecido a lo que había escuchado venir de otras.

El sonido que viene de las alas de una abeja no es melódico ni dulce, al contrario, es frío, pero es constante, da una sensación de precisión. En cambio, de Lito provenían sonidos que nunca eran iguales, sonaban descompuestos y débiles. Emitía sonidos desagradables; las demás abejas aumentaban el malestar de Lito al mostrarse complacientes y ajenas.

Su ala plegada y arrugada desentonaba completamente con la uniformidad del cuerpo de todas las demás abejas de su panal. Nadie lo decía, pero a ella le invadía un profundo sentimiento de vergüenza cuando se veía junto con sus hermanas y su sola presencia desencajaba de manera violenta. Su deformidad era violenta y chocaba con la intimidante belleza de las demás.

Lito podría haber vivido con una moderada normalidad si su ala plegada hubiera sido solo una forma distinta de verse. Pero lo que la aturdía era otra cosa. Una conciencia que no llego al mismo tiempo que la mirada de las otras, sino después, y era la conciencia de que su cuerpo no respondía como debía.

Su voluntad y su cuerpo no tenían el mismo tamaño. En sus primeros días intentó compensarlo; se decía que solo le costaba más trabajo, que bastaba con querer. Y Lito quería con todo su cuerpo. Quería con una fuerza que sus hermanas respetaban, aunque a ella ese respeto le dejara una incomodidad difícil de nombrar.

II. La cera

La diferencia no se le revelaba solo en el cuerpo, era claramente evidente en cada pequeña exigencia de la colmena. Había que llevar cera de una zona del panal a otra para reparar una celda que se había dañado, Lito y algunas de sus hermanas tenían que hacerlo. Cada una tomó un trozo de cera, dejando el más pequeño a Lito, nadie lo acordó verbalmente; simplemente cada una tomó un trozo y el más pequeño estaba esperando a la abeja con el ala plegada. Se tenía que transportar de la zona A a la zona C, la celda a reparar se encontraba en la zona más alta, era una tarea de mantenimiento.

Para Lito, hasta el trozo de cera más pequeño se sentía grande y pesado. Tratando de disimular el miedo que le daba la tarea ya que nadie más parecía percatarse de su dificultad, fingió una seguridad que era completamente contraria a lo que realmente rozaba sus alas. Pronto Lito se dio cuenta de que lo más difícil no era el peso de la cera, sino mantener el equilibrio al cargarla. La cera juguetona se balanceaba hacia un lado y hacia otro; apenas comenzaba la tarea y Lito ya había chocado con varias abejas.

Al reconocer que era Lito quien tropezaba con ellas la dejaban pasar. Le saludaban suavemente, dejando desaparecer el momentáneo desconcierto que sintieron al ser atropelladas. Lito no respondía el saludo, sus patas temblaban por el peso de la cera y ella mantenía la mirada fija como tratando de sostenerla también con los ojos. Le aterraba que llegara rota, reducida a una migaja inútil entre sus patas.

Cuando estaba llegando a la zona C y ahora solo le restaba subir vio a sus compañeras regresando por otro cargamento de cera, contentas, las saludaron y continuaron su camino. En ese momento su pequeña esperanza de llegar a tiempo se desmoronó, sin embargo, toda su energía se concentró en llegar.

Al avanzar tan despacio, alcanzó a ver que la celda dañada tenía una grieta más larga de lo que parecía desde abajo. Las demás habían pasado frente a ella sin detenerse; Lito, en cambio, no podía evitar mirar cada borde, cada hundimiento, cada pequeña irregularidad.

Moverse entre la finura de las celdas era algo que toda abeja hacía constantemente, su arquitectura era perfecta para albergarles y servirles de refugio. Sin embargo, para Lito caminar entre las celdas era todo un reto, había aprendido a hacerlo con la rapidez y normalidad que su cuerpo le permitía, pero en este caso traía consigo un trozo de cera que dificultaba todo. Conforme avanzaba entre las celdas juntas su frustración aumentaba y su deseo de llegar se volvía cada vez grande, pareciera que conforme pasaba el tiempo todo se hacía más evidente. Lito tenía la sensación de que en cualquier momento llegaría una de sus compañeras con su amabilidad característica a ofrecer ayuda. Si eso sucedía Lito no podría evitar lanzarse sobre ella y atacarla.

Pero eso no sucedió, Lito llegó al mismo tiempo que sus compañeras con el segundo viaje de cera, su trozo era pequeño, pero estaba intacto. Después de eso se retiró a descansar.

Mientras descansaba, Lito se dio cuenta de que cumplió con su misión, una tarea pequeña, pero que dentro del cansancio le brindaba cierta satisfacción al recordar que la cera había llegado en perfecto estado, pero no era una victoria porque también era consciente de que ella solo transportó un pequeño trozo mientras sus hermanas transportaron dos.

Definitivamente necesitaba descansar, se sentía mal, pero su malestar principal y sobre todo nuevo, provenía de algo más. No podía dejar de pensar en por qué el imaginar que una de sus hermanas le ofrecía ayuda le había hecho pensar en atacarla. ¿En qué punto la amabilidad y el cariño de las demás se había vuelto odioso para ella?

La rabia le dio culpa. En el panal, recibir ayuda era tan natural como respirar entre las celdas. Entonces, ¿por qué imaginar esa ayuda le había encendido algo tan feroz?

 Preguntándose eso  se encontraba Lito cuando sintió una necesidad de convivir con sus hermanas y disculparse sin decirlo.

Ignoró su cansancio y salió de su celda, sabía dónde se encontrarían sus hermanas recibiendo otras tareas y se dirigió hacia allí.

III. La amabilidad

Al llegar se dio cuenta que la asignación de tareas para el día había terminado, por lo que lo más probable es que sus hermanas la estuvieran buscando para planificar las tareas de su equipo para mañana.

Lito se encontraba a una distancia pequeña de donde estaban sus tres compañeras de equipo, le desconcertó que al parecer ya estaban planificando el día de mañana sin importar que ella faltara.

—Por el bien del equipo y la colmena, a Lito le asignaremos tareas donde no pueda retrasarse en comparación con nosotras —dijo Lira de forma segura.

—Lito tiene demasiada voluntad y se esfuerza mucho, no me gustaría que se haga evidente su discapacidad, no me gusta exponerla —expresó Lena con un tono casi maternal.

Lira asintió de manera casi inmediata a las palabras de Lena y siguió observando la lista como buscando donde acomodar a Lito.

—Con nuestro equipo siempre ha sido así, somos las mejores y por eso complementamos las deficiencias de Lito, pero tal vez deberíamos de aceptar que no todos estamos hechos para lo mismo —sentenció Luma con un dejo de cansancio.

De todo lo que Lito pudo haber escuchado sin que se percataran de que estaba ahí fue justo eso lo que escuchó. Se quedó quieta, sin ser alcanzada por la mirada de sus hermanas porque ser pequeña a veces le brindaba escondites no intencionales.

Ya ni siquiera escuchó qué siguió después, por el momento solo quería entender lo que había escuchado y por qué se sentía de esa forma. Sus hermanas no habían dicho nada malo, pero habían dicho lo peor.

Así estuvo Lito un rato sin moverse. Luego, aún sin entender nada, despacito se fue.

Por primera vez anduvo por el panal de manera lenta, sin forzarse a avanzar más rápido; no tenía a dónde llegar con rapidez, ni la necesidad de evitar que la vieran limitada y angustiosamente débil.

Toda su vida trató de disfrazarse, pero ahora sentía que nada podría evitar que la vieran como lo hacían. No podía llevar a cabo ninguna acción que la transformara en lo que no era.

Llegó a su celda y cayó dormida, parecía que su cuerpo no podía soportar el agotamiento de su jornada de trabajo, ni las palabras de sus hermanas que pesaban hondamente en ella.

Cuando despertó, era de noche; la mayoría del panal dormía solo algunas nodrizas y guardianas se movían aún entre las celdas. Una guardiana recorría siempre el mismo borde de celdas, más despacio que las demás, apoyando apenas una de sus patas. Lito la vio pasar sin detenerse en ella; en ese momento, todo lo que no fueran las palabras de sus hermanas le parecía lejano.

Observó con calma lo perfecto de su hogar y de sus compañeras y sintió una ternura amarga que terminó por recordarle las palabras que había escuchado.

Esas palabras que ahora les daban un sentido distinto a las acciones y frases que había escuchado dirigidas a ella durante toda su vida, ahora todo lo recordaba de otra forma.

¿La amabilidad y ternura con la que había sido tratada toda su vida simplemente era una forma de ajustarla?

Desde su celda veía a una nodriza alimentando larvas y sintió cierta nostalgia de algo que ni siquiera recordaba y era su etapa larvaria, tal vez esa había sido la única etapa en que nadie había sabido todavía cómo distinguirla.

En ese estado de contemplación volvió, como un presentimiento, el recuerdo de la furia que surgió de su cabeza y se disparó por su espina dorsal, casi sintió el abrazo de sus hermanas, las palmadas en la espalda y los saludos tranquilizadores, después de esos gestos siempre se sentía desarmada. Después de esos gestos, venían esas pequeñas exclusiones que parecían no significar nada y acababan dejándola fuera.

Antes de volver a dormir, se preguntó si alguna vez podría volver a mirar esas acciones como antes.

IV. Caminar

Cuando llegó el momento de retomar las labores, a Lito le fue asignada una tarea sencilla: llevar alimento a una celda de cría.

Con tranquilidad, Lito aceptó la tarea. Se disponía a acomodar la carga y emprender el vuelo, pero al primer intento su ala plegada respondió con ese pequeño tirón hacia un lado que conocía demasiado bien. Era algo ya conocido: emprendia el vuelo, se inclinaba, recalculaba la inclinación, se giraba al otro lado, no se sostenía y perdía el equilibrio.

Tomando eso en cuenta, siempre había creído que bastaba con corregirse en el aire, inclinarse menos, resistir más, caer mejor. Pero esa mañana algo en su cuerpo no quiso negociar.

Caminaría todo lo que pudiera.

Mientras acomodaba su carga en su espalda, Lena la observaba con curiosidad, intuía lo que Lito pretendía hacer, quiso acercarse a saludar y ayudarle, pero notó que Lito estaba muy tranquila y no pudo acercarse, esa tranquilidad no era normal.

Luma también observó con curiosidad a Lito, entendió rápidamente lo que pretendía y le pareció una idea estúpida. Se sintió molesta porque atrasaría la tarea. Ellas llevarían tres o cuatro viajes de alimento en lo que Lito llevaría uno.

Cuando Lito llevaba algunos pasos dados se sintió extraña y le dieron ganas de regresar. Se percató del tiempo que le llevaría llegar hasta la zona del panal donde tenía que dejar el alimento para la larva y le pareció imposible. Sin embargo, continuó porque, aunque se sentía ridícula también se sentía demasiado emocionada por hacerlo distinto.

Mientras transitaba por el panal otras abejas la miraban y saludaban como de costumbre. Lito, esta vez, respondía algunos saludos. Era extraño verla, algunas abejas consideraron que Lito estaba enferma, porque iba lento y distraída.

Solo una abeja vieja, que limpiaba cerca de las celdas bajas con una pata demasiado rígida, no la miró con extrañeza. Apenas inclinó las antenas, como si reconociera algo que no necesitaba comentario.

Lira pasó rozando de cerca a Lito, ya iba regresando.

—¿Estás bien, Lito? —dijo enérgicamente Lira mientras frenaba y regresaba adonde estaba Lito.

Lito sonrió, asintió y no paró.

Durante el rato que le tomó a Lito llegar a la zona donde tenía que entregar el alimento para la larva, su equipo, tal como había pronosticado Luma hizo tres viajes.

Ya estaban ahí cuando Lito llegó y entregó el alimento a una nodriza. Antes de apartarse, notó que una de las larvas se movía de forma distinta a las otras: no más fuerte, no más débil, solo con una urgencia pequeña que las nodrizas parecían atender sin escándalo. Lito se quedó mirando un instante más de lo necesario.

Se le veía visiblemente cansada, pero muy serena. Al verla Lena volvió a tener la misma sensación que tuvo cuando la vio en un inicio de la tarea.

Lito le solicitó a la nodriza que le permitiera ayudarle a alimentar a las larvas y la nodriza aceptó. Cuando sus hermanas escucharon eso se sorprendieron. Normalmente al terminar una tarea Lito estaba visiblemente agotada y retraída. Además, ahora estaba solicitando realizar una actividad que no estaba asignada para ella en ese momento. Lito siempre quería cumplir de manera cabal con sus actividades; no se distraía con otras cosas.

Para Luma la actitud que hoy estaba tomando Lito le parecía irritante, aún con sus limitaciones pudo haber hecho dos viajes y con ayuda dos y medio, pero hoy decidió hacer solo uno. Según su punto de vista, lo único bueno de Lito era su entusiasmo y voluntad, si perdía eso no era una abeja que mereciera la pena. Irritada Luma se retiró y las otras dos hermanas se quedaron para sumarse a alimentar larvas en realidad lo hacían porque querían observar a Lito.

Cuando terminaron Lito se veía con un cansancio evidente, así que Lena se ofreció a acompañarla hasta su celda. Quería acercarse a Lito de forma que le permitiera comprender por qué hoy estaba actuando de manera tan desconcertante.

Para Lena muy pronto en su vida fue evidente que Lito requería de protección, ella asumió ese rol sin que fuera algo establecido, y simplemente de manera natural ella siempre había cuidado de la pequeña abeja con el ala plegada. Le abría paso, le acercaba cargas más pequeñas, le celebraba cada esfuerzo con una ternura que parecía no cansarse nunca. Una abeja como Lito no debería trabajar, sin embargo, como la pequeña abejita siempre lo había exigido, Lena no se opuso abiertamente, al final tal vez trabajar le servía para que Lito se distrajera y era agradable compartir tiempo con una abeja tan entusiasta como ella. ¡Era toda una inspiración! A veces, cuando el trabajo se volvía pesado, miraba a Lito seguir adelante con su ala plegada y sentía vergüenza de su propio cansancio. Entonces sonreía, se animaba, volvía a trabajar.

Tal vez por eso nunca se preguntó si a Lito le pesaba ser vista así.

Mientras atravesaban el panal para llegar a la celda de Lito, Lena iba por delante tratando de abrir el paso para que pasara Lito. Siempre lo había hecho así, pero esta vez Lito no se quedaba atrás, sino que iba a un lado de ella.

—¿Cómo estuvo tu día, Litito? —inquirió Lena con un tono entusiasta y bobalicón.

—Estoy muy cansada, pero fue bonito alimentar una larva —contestó Lito con su característica voz que asemejaba un hilo de sonido que parecía caberle justo en el pecho.

—Mañana deberías hacer un trabajo menos pesado o incluso deberías considerar descansar —sugirió Lena pensando que el extraño comportamiento de Lito se debía a un agotamiento extremo.

En ese momento las antenas de Lito recibieron una señal que no supo de dónde venía, pero es como si hubiera vivido esta situación un millón de veces.

—Lena… —dijo tímidamente Lito mientras volteaba hacia arriba para ver a Lena —¿Por qué siempre que caminamos juntas te preocupas por abrirme paso?

Lena soltó una carcajada y acarició la cabeza de Lito.

—Las abejas siempre vamos por el panal rápido y con una tarea en mente, tú eres muy pequeñita y muchas veces te empujan o tropiezan contigo. Yo lo único que hago es cuidarte —dijo con suavidad Lena. —Pero no te sientas mal por ser pequeña ni por el problema de tu ala; en realidad eres grande y no tengas duda de que todos vemos tu grandeza.

Justo en ese momento llegaron a la celda de Lito. Ya no hubo oportunidad de réplica por parte de Lito, y en realidad no sabía qué decir, ese tipo de halagos siempre le habían causado una espina de incomodidad, sin embargo, hoy esas palabras se sentían ofensivas.

La incomodidad que Lena había dejado en Lito no se apagó durante la noche; al contrario, la acompañó hasta el momento en que el equipo volvió a reunirse.

La segunda parte de este relato “Alas de abeja II: Las otras” estará disponible próximamente

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