Incienso

Nadie quiere que le vendan humo, yo sí. He pensado cómo sería si lo vendieran, tal vez venderían el humo en kilos y entonces me compraría un kilo en una bolsa, haría un agujerito pequeño y lo soltaría poco a poco alrededor de mí; si lo vendieran por metros, compraría un carrete y me haría pulseras y collares con él. Si hace frío me haría una bufanda.

Yo sí compraría humo, pero no lo venden y no lo venden, porque no se puede.

A mí me gusta mucho el humo porque lo siento en los ojos y en la nariz, pero no lo puedo atrapar en mis manos, incluso si toca mi cara no lo puedo sentir. A veces pienso que el humo es imaginario, no sería la primera vez que algo imaginario me cala en la garganta.

Pero es que yo lo veo y no me canso de verlo. Yo nunca me he recordado diciendo que me he cansado de ver humo, me ha lastimado los ojos, pero siempre quiero verlo. Hay algo en ver humo que me hace sentir que siempre es muy poquito, casi nada. Además, para mí los humos nunca se repiten, cada uno es diferente.

Siempre que los veo nacer ya tienen la urgencia de irse y siempre logran irse, buscan la altura y se van, apenas y me rozan o me ven fugazmente y huyen.

Además, desde hace tiempo el humo también me hace favores, por ejemplo, me deja seguir leyendo en el patio por las tardes porque me hace invisible a los zancudos.

Mi mamá enciende un incienso cerca de mí y los zancudos dejan de olerme y se retiran tristes, se resignan a perderme, no podrán probarme.

Yo creo que es verdad, porque un zancudo titilante tiraba suavemente de mi atención, luego el humo del incienso me la robó y cuando recordé al zancudo no lo encontré alrededor de mí. Sentí como si un amigo me hubiera abandonado, yo quise que me abandonara, eso era lo peor.

Tal vez si tuviera un poco más de humo podría ser invisible no solamente para los zancudos, podría ser físicamente invisible para todos. Yo soy invisible para alguien llamado Pedregoso, tal vez me castiga con su indiferencia porque busco ser invisible para sus zancudos. Esos pequeños seres que han nacido, crecido y se han reproducido en sus aguas encharcadas.

Un pequeño hilo de humo blanco hizo que Pedregoso se enojara conmigo. Yo sigo aquí viviendo en él, y ni él ni yo podemos evitarlo. Tenemos un pacto demasiado triste: yo ignoro la molestia de vivir en él, y él me vuelve invisible.

El humo del incienso además de desprender un olor agradable me parece de los humos que más me llenan los ojos. Se eleva poco a poco como un hilo bajo el agua, luego una mínima variación en el viento lo interrumpe, pero sigue subiendo de manera desorganizada hasta que se puede formar otra vez en un pequeño hilo.

Después del incienso ya no quise leer, quise jugar. Ya no hago el ademán de tomar el humo en mis manos porque sé que no puedo, pero decidí que iba a tomar la varita de incienso y la iba a mover como si fuera una varita mágica.

La vara de incienso me recuerda a una bengala. Yo creo que nacieron para lo mismo, pero una suelta chispas, encanta, alegra, cautiva y eso le cuesta ser tan fugaz; por otro lado, los inciensos tal vez son las bengalas que no tienen chispa, solo tienen humo y olor.

Los inciensos no son tan fugaces como las bengalas, pero las bengalas se mantienen completas, a veces simplemente se doblan dolorosamente. En cambio, el incienso se tiene que deshacer, cae a pedacitos, hace un esfuerzo grandísimo por no caer, pero al final tiene que hacerlo porque la ceniza no se puede sostener.

Mi papá y yo cada uno con una varita de incienso en la mano, sin que él se dé cuenta yo trato de imitar los movimientos que él hace. Tratamos de cubrirnos con el humo para que los zancudos no nos perciban, queremos seguir ahí. Miramos mutuamente las dos varitas para tratar de predecir cuál se terminará antes.

Yo no sé si mi papá sabe que lo miro así. No sé si sabe que hay movimientos suyos que se me quedaron adentro sin darme cuenta. Lo he aprendido, como se aprende lo cotidiano: como ciertas canciones, como ciertos olores, como ciertas tardes. Tal vez por eso ahora quiero comprenderlo más que antes. No quiero conocerlo todo porque sería como querer atrapar el humo, pero quiero conocerlo y que sea como contemplar como el humo va subiendo hasta que se vuelva invisible para mis ojos.

Siempre he creído que si mi papá fuera un elemento sería el viento. Es libre, fuerte, veloz y siempre combina con el humo. El humo del cigarro, ese es un aroma que siempre he asociado a él. Ese humo a diferencia del incienso me despierta la nariz. Al humo yo siempre lo he querido consumir con los ojos, pero el del cigarro no se conforma con ser mirado. Yo preferiría mil veces que el humo que lo rodea se pareciera más al del incienso que al del cigarro.

Pero, así como a mí no me gusta explicar por qué me gusta mirar el humo, me imagino que él tampoco cuenta por qué le gusta el humo del cigarro. Tengo curiosidad. Yo sé que, aunque nadie lo entienda, algo debe haber ahí. Pero no sé si ese algo él lo reconoce o si también se le esconde.

Por: Guadalupe Montoya

Posted in

Dejar un comentario