• Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza

    El clima que domina esta novela está impregnado de polvo y de encierro; casi parece que puedes oler una habitación cerrada cuando empiezas a leerla. Te genera una sensación de que pronto tendrás fiebre y empezarás a tener esos sueños extraños que tienes cuando la temperatura de tu cuerpo se vuelve irregular; estás dañándote mientras intentas curarte.

    Hace mucho tiempo que no leía nada que estuviera ambientado en México, pero además lo interesante de este libro es que está situado en una época importante de nuestro país, que es la Revolución mexicana. Sin embargo, me está contando una historia paralela que por momentos se cruza con esa causa, pero también es muy ajena, porque esa lucha tenía como objetivo no dejar fuera del progreso que estaba experimentando México a una parte muy importante de la población: los pobres, los rechazados, los locos, las prostitutas. Y, sin embargo, muchos de ellos vivieron esos años ajenos a lo que estaba pasando en el país y a esos cambios que se estaban experimentando. Siendo México un país tan grande y tan rural en ese entonces, resultaba normal. Aunque otros, estando en la misma Ciudad de México, estaban ajenos a esa realidad porque estaban sumergidos en la morfina u otras drogas. Esta historia va de ellos, porque muchos de ellos se encontraban en La Castañeda, ese hospital psiquiátrico.

    Este libro tiene múltiples escenas que me parecieron memorables y muy impactantes. La primera fue cuando Joaquín vio por primera vez a Diamantina. Siempre he admirado a las personas que se mueven de forma agradable, con gracia, con un dejo de despreocupación y, sobre todo, si están tocando un instrumento, en una obra de teatro, bailando o algo similar. Diamantina estaba tocando el piano; me imagino que no era una mujer especialmente llamativa, pero era auténtica. Me impactó porque yo he visto personas así y sé que en ese momento sientes enamorarte de ellas.

    La mirada es importante en esta novela; una mirada define según sean los ojos que la dirijan. Yo soy muchas cosas distintas según quien me vea; no significa que yo realmente sea eso, sino que así me perciben y así me tratan. A los enfermos mentales de La Castañeda les pasaba así: los médicos los miraban como expedientes, Joaquín como fotos y muchos en la sociedad simplemente no los ven.

    Y ahí, siguiendo esa línea, también entra la fotografía, porque especialmente la fotografía de Joaquín Buitrago revela, inventa, traiciona, congela, controla. De manera muy vanguardista para su época captura silencios; de forma transgresora captura prostitutas y, muy resignadamente, también captura locos y presos.

    Fue interesante notar que a veces los narradores de todo esto eran los expedientes de los enfermos de La Castañeda, pero también da la impresión de que son expedientes demasiado primitivos y simplistas. Yo no soy experta en ese tema, pero tal vez esto se sienta así por la época en la que está situada esta historia. Creo que lo más difícil de todo eso era, incluso para los doctores, identificar esa delgada línea entre “enfermo” e “incómodo”. Tal vez muchos de los que estaban ahí simplemente empezaron a ser incómodos para alguien y por esa razón los internaron.

    Es muy interesante que en esa época se hablara tanto del progreso social, económico, político, etc., pero también se justificara la exclusión de unos cuantos bajo la hipótesis de que esas personas no tenían ninguna oportunidad de progresar y que, al contrario, eran un ejemplo de la involución.

    Cuando el experimento que estaba haciendo su tío Marcos con Matilda, de convertirla en una señorita de sociedad a pesar de su origen, falló, no fue porque ella tuviera la culpa o porque fuera real que las personas como ella no pueden ser decentes, limpias, trabajadoras. Lo que sucede es que ese mismo sistema que los quiere insertar dentro, los echa afuera, y entonces ya no depende de cada individuo.

    Las instituciones en esta historia (y en la vida real) aparecen como “máquinas” normalizadoras: por ejemplo, el hospital, el Estado, la familia, la ciencia; buscaban producir ciudadanos que encajaran con los estándares aspiracionistas de esa época.

    Como dije algunos párrafos más atrás, la mirada define, y cuando nadie está mirando a Matilda ella puede ser ella libremente. Porque precisamente esa es la libertad que sintió cuando llegó a la ciudad y es el anonimato que te da el vivir en un lugar con muchísimas personas por conocer, con muchísimas calles por recorrer. Y eso me llamó mucho la atención porque yo siempre he querido sentir eso, pero en donde yo vivo todos me conocen o por lo menos me identifican, y siempre siento una responsabilidad para con esas personas, y eso me molesta. Aunque, por otro lado, también debo reconocer que cuando nadie te ve no es tan simple como poder ser tú misma: si nadie te ve por mucho tiempo, se olvidan de tus necesidades.

    Matilda es un espejo donde se refleja la injusticia de la sociedad, los prejuicios sobre las mujeres y la locura, pero yo también quiero verla como un espejo que refleja resistencia. Yo quiero creer que esos momentos en los que no dejaba de hablar ni de moverse eran una forma de ocupar un espacio que se le quería negar. Si cuando actuó varias obras de teatro se estaba expresando y divirtiendo, creo que también podría hacerlo dentro de esa “locura”, seguir haciendo eso y resistirse a ser menos incómoda.

    Joaquín busca realmente en Matilda un pedacito de las mujeres que él había amado: Diamantina y Alberta. Y hay que reconocer que las tres tenían ese rastro de querer vivir en libertad y un desprecio por las convenciones sociales de la época. La mirada de Joaquín nunca me pareció muy confiable porque siempre lo vi como alguien obsesionado, ansioso, melancólico, pero sobre todo alguien que buscaba algo, aunque ni siquiera tenía claro qué era. Al final, Matilda también decidió dejarlo porque, como todos, también quería convertirla en algo que ella no era.

    En esta historia noté que se castigaban de manera especial dos cosas: la “locura” y la sexualidad femenina fuera de norma. Pareciera que se veía como si hubiese una relación directa entre las dos cuestiones y que una llevara a la otra y viceversa. Me gusta mucho que en esta historia pude ver y reflexionar ampliamente sobre cómo la sociedad siempre busca normalizar, pero nunca atiende las raíces de lo que sucede y duele.

    El lenguaje “clínico” o “institucional” que se maneja en parte del relato llega a indignar un poco porque minimiza mucho una cuestión que es bastante compleja y la hace ver como algo que no merece tanta atención o que simplemente se reduce a una palabra. Pero, al mismo tiempo, ese lenguaje también revela cómo se percibían esos temas. Es muy fuerte que una vida sea reducida a fichas, informes y causas; considero que eso es mucha violencia. Sin duda hay momentos donde todo es muy violento, pero no por violencia directa como un golpe, sino porque el sistema es cruel e injusto con algunas personas.

    Es curioso porque en esta historia me cuestiono bastante qué es lo que pesa más: si lo que le pasó a cada uno de los personajes, lo que recuerdan de esos sucesos, o lo que ha quedado registrado de eso a través de informes, fichas o fotografías. Por ejemplo, si nadie recuerda los años que Matilda estuvo en el desierto, ¿no pasaron? ¿Qué pesa más de eso: lo que realmente pasó, lo que Matilda recuerda de sus años con Paul, o simplemente que no hay registro y por eso asumieron que ella estaba delirando e inventando cosas?

    Yo identifico dos matices en esta novela: primero, la logro ver como una investigación del pasado, pero también se siente como un juicio moral del presente. Siento que hay una crítica muy clara al “progreso” y yo coincido con ello, porque creo que si deja fuera a un sector de la población no es realmente progreso.

    Creo que en esta historia llegué a empatizar mucho con la mayoría de los personajes, pero especialmente con Matilda: siempre evitó llorar frente a alguien y, cuando lloró, tampoco la vieron, y así el título Nadie me verá llorar cobra sentido.

    Una frase que viene en el libro y que me gustó mucho es precisamente sobre la cuestión de las miradas:

    “Matilda añora más que nunca vivir en un universo sin ojos, un lugar donde lo único importante sean las historias relatadas de noche.”

    Creo que después de terminarla pasará mucho tiempo en el que seguiré reflexionando sobre todo lo que leí, porque cien años después todo sigue siendo tan vigente. Nadie me verá llorar me dejó claro que no solo duele que te miren mal, también duele que no te miren en absoluto. Y quizá esa sea una de las violencias más silenciosas que siguen existiendo. Ahora me gustaría leer sobre La Castañeda.

  • La señora Dalloway de Virginia Woolf

    El cómo transcurre el tiempo dentro de la narrativa de Virginia Woolf es algo que se siente tan fluido, es tan natural cómo empieza y termina todo. Los acontecimientos se van presentando y dentro de ellos se va deslizando un hilo de pensamiento que le va dando forma a la historia y que es el sentido de la lectura. Este fluir del tiempo ya lo había sentido cuando leí Las olas, también de Virginia Woolf, pero en Las olas, al inicio de cada capítulo, se describía un momento del día que coincidía con la vida de los protagonistas; por ejemplo, en la niñez era el amanecer. Acá eso es mucho menos marcado, pero también muy visible.

    Aquí es muy interesante cómo dialoga el paso del tiempo externo —por ejemplo, las campanadas de Big Ben— con el tiempo interno de los personajes. Como todo gira alrededor de la preparación de la fiesta de la señora Dalloway, que al final termina siendo el momento donde más claramente los caminos de todos se juntan, aunque a lo largo del día ya se habían visto por fugaces momentos.

    En este relato el día se siente como algo inevitable: el tiempo sigue transcurriendo para todos y hay momentos que hacen que cada uno se sumerja en pensamientos tan trascendentales que contrastan con lo cotidiano de las acciones que están llevando a cabo, pero también esa cotidianeidad los saca de las profundidades de sus pensamientos y continúan dando vuelta sin parar.

    Todos los personajes utilizan mucho el recurso de recordar; tal vez es por eso por lo que, aunque sea una novela tan corta, yo siento a los personajes tan profundos, porque veo lo que están pensando y lo que recuerdan, y cómo eso contrasta también con quienes son actualmente y con las decisiones que los han llevado a estar donde están. Pareciese que durante toda la novela todos se cuestionan quiénes son y por qué están en los lugares en donde se encuentran. Algunos están algo arrepentidos, pero inmediatamente racionalizan sus decisiones y se conforman con ellas, y hay otros que se sienten completamente víctimas.

    Si hablamos, por ejemplo, de la protagonista, es la señora Dalloway mientras camina por Londres y organiza su fiesta y hace que el mundo gire a su alrededor, pero es Clarissa cuando recuerda su juventud y su vida antes de casarse.

    El percatarse de ese día que ya no era tan joven como antes le hizo recordar muchas cosas de su juventud y, aunado a eso, Peter la visita después de tantos años. Pareciese que esas cosas tan cotidianas le dan la oportunidad de abrir una puerta a algo más; el inicio puede ser el recordar algunas cosas y cuestionarse otras. Por ejemplo, cuando se cuestiona su decisión de terminar su noviazgo con Peter y regresa a ella la sensación que le dejaba estar con él, porque siempre se sentía juzgada, incomprendida, superficial e incluso tonta. Sin embargo, lo amaba profundamente, a pesar del carácter de Peter y de que nunca se sintió completamente comprendida por él tampoco.

    Sin embargo, su fiesta se presenta como un ancla en la realidad y le impide que se sumerja del todo en esos recuerdos y pensamientos. Los preparativos son un constante recordatorio de que tomó la decisión correcta al quedarse con Richard, porque le ha ofrecido una vida estable y feliz, algo que tal vez con Peter no hubiera tenido. La obsesión por esa fiesta y, en general, el empeño que pone Clarissa en cada fiesta en la cual es anfitriona se ve como un esfuerzo por evadirse, pero también por mostrarse como la señora Dalloway. Ella mantiene el equilibrio en su casa y en su mente al cumplir con lo que socialmente se espera de ella y siendo la mejor en su rol.

    Siento que últimamente no puedo evitar que el tema de la libertad se cuele en estas reflexiones que hago al terminar un libro. Pero también lo veo muy claro en esta historia. Clarissa es lo más libre que puede ser una mujer en ese momento histórico en el que se desarrolla la novela. Tomó la decisión que ella consideraba correcta al casarse con Richard porque le brindó cierta libertad, aunque parezca que no: le dio estatus —algo muy importante en ese momento— y le permitió ser el centro de algo que, en este caso, es su casa y sus fiestas. Puede parecer que Clarissa es una mujer superficial, pero no lo creo. Sin embargo, como a todos, le pesa tomar decisiones porque significa renunciar a algo, y ella renunció a algo que quería mucho: Peter. Tal vez con él no hubiera sido completamente feliz, porque Peter era un hombre que constantemente la subestimaba intelectualmente.

    Pero no solamente para Clarissa el pasado irrumpe en el presente, también para Peter, que acaba de regresar de la India y ve la ciudad tan cambiada, con tantos contrastes. Se encuentra con una sociedad completamente distinta a la que era cuando se fue y sigue recordando con muchísimo dolor el momento en que Clarissa lo dejó. Cuando se vuelven a ver, pareciese que incluso hay un sentimiento de decepción porque se ven envejecidos, pero siguen siendo los mismos, incluso siguen teniendo las mismas manías y formas de moverse, de hablar, de ser.

    El pasado irrumpe como una ola en el presente de los personajes.

    En los recuerdos de Clarissa parece que existe mucha nostalgia hacia quien era ella en su juventud y también un tanto de resquemor hacia Peter por no haber sido el hombre que ella quería. Extraña ser Clarissa y no ser solamente la señora Dalloway, aunque eso no implica que quiera renunciar a ser la señora Dalloway.

    De manera muy especial, Peter Walsh y Sally Seton significan en la vida de Clarissa aquello a lo que ella renunció para ser quien es actualmente. Son dos personas a las que amó, tal vez de forma distinta: a Peter de manera más romántica y a Sally desde una parte más libre, más inesperada, pero incluso más personal, porque la misma Clarissa define el beso que tuvo con Sally como el mejor momento de su vida.

    Ellos son lo que Clarissa perdió al elegir una vida “segura”. Por eso, cuando los recuerda, hay nostalgia y por momentos también algo de arrepentimiento, aunque no me dio la impresión de que fuera un arrepentimiento profundo que le provocara un malestar mayor. Sin duda es algo que ella quisiera ignorar más de lo que puede.

    Hay un momento donde Clarissa dice que tiene una teoría: para conocer a una persona tienes que conocer a las personas más importantes para ella y ciertos lugares. Creo que para conocer a Clarissa habría que conocer precisamente a Peter Walsh y a Sally Seton.

    El deseo en esta novela es algo más recordado que vivido. Incluso me atrevería a afirmar que también es más imaginado que vivido. Esto se ve claramente en la escena donde Peter ve a una joven bella y empieza a seguirla por la calle; todo termina cuando ella llega a su destino y entonces él se da cuenta de que en realidad no pasó nada, pero imaginar lo que podría pasar le dio, en ese momento, algo de sentido a su vida.

    Dentro de la novela hay otra historia paralela: la de Septimus. Es muy curioso, porque Clarissa y Septimus dialogan, aunque nunca se encuentren. Dialogan siendo la antítesis uno del otro. Clarissa eligió una vida donde nunca tendría que enfrentarse a lo que se enfrenta Septimus ese día. Él es un veterano de guerra que ha visto atrocidades y, además, tiene un trauma por la muerte de su amigo Evans; empieza a escuchar voces y a no distinguir lo que es real de lo imaginario.

    Septimus representa, en el mundo que habita Clarissa, aquello que hay que evitar a toda costa: lo que se sale de las normas sociales, lo indeseable. Es, sin duda, una enfermedad mental, algo que nadie quisiera padecer. Para Clarissa, la aceptación social y el sentirse en el centro y con las riendas de la situación es vital; para Septimus eso había pasado a último término, porque estaba padeciendo un dolor psíquico profundo y la incomprensión social aumentaba ese dolor.

    El que la novela se narre a partir de un día normal y cotidiano les da a las convenciones sociales un papel central en la vida de los personajes. Desde mi perspectiva, Peter tuvo una buena vida, sin embargo, socialmente era visto como un fracasado porque no tenía un puesto importante dentro del gobierno, había vivido mucho tiempo en la India y regresado “sin nada”, además de haberse casado y divorciado, y ahora buscaba casarse con una mujer que tenía dos hijos y era esposa de un general. Desde la juventud se veía que Peter iba a tener un futuro así, y creo que esa es la razón por la cual Clarissa no quiso casarse con él: ya había vislumbrado ese futuro.

    Es curioso cómo la fiesta representa un punto de conexión social, pero al mismo tiempo funciona como una máscara para Clarissa. Por eso, cuando algo se salía mínimamente del guion, le causaba gran estrés. Era una máscara eficaz, y por eso cuando Peter sí asistió a la fiesta le causó tanta incomodidad: ella sabía que Peter podía ver que estaba siendo falsa con los demás. Él la conocía lo suficiente como para notar que estaba exagerada e hipócrita con todos.

    En esta novela también se toca un tema que siempre me ha hecho ruido: la soledad. Pareciese que en esa sociedad era muy mal visto estar solo; sin embargo, todos se sentían solos. La cuestión no era sentirse solo o no, sino no aparentarlo. Yo, que soy una persona muy solitaria, sé que lo que pesa no es la soledad, sino el juicio sobre ella.

    Pareciese que los temas centrales de la novela son la mente, la sociedad y la libertad. Agregaría también el amor, aunque creo que está contenido dentro de la libertad.

    El dolor psíquico de Septimus está profundamente ligado a la mente y a cómo las experiencias externas moldean nuestros pensamientos y percepciones. Su muerte fue inesperada para mí, porque tuvo un momento de lucidez antes de morir: volvió a ser el Septimus de antes, bromeó e hizo reír a su esposa. Ese instante de lucidez es un gesto de amor final: Septimus vuelve un momento para no dejarla completamente sola antes de irse.
    Rezia, la esposa de Septimus, es un personaje muy interesante porque refleja también, de forma bastante contrastante, los temas que se abordan en la novela. Por ejemplo, ama profundamente a Septimus; sin embargo, no comprende por lo que está pasando. Ella simplemente quiere que él vuelva a ser como era antes, y el que sus cuidados no le ayuden la hace sentir impotente. Sin embargo, también carga con algo mucho más que los cuidados de su esposo: carga con los médicos, que pareciese que no ayudan en nada a Septimus con la enfermedad, y, para terminar, con la incomprensión social hacia su marido.
    Pero, sobre todo, ella era para Septimus lo que para Clarissa eran sus fiestas: un ancla, o un puente, a la realidad y a la sociedad. Así que ese momento en el que Septimus vuelve a bromear y a estar en el aquí y el ahora con Rezia es profundamente conmovedor y refleja mucho amor de parte de los dos. Luego, en menos de media página, se arrojó por la ventana y murió. Eso me sacudió mucho.

    Después de la muerte de Septimus, el segundo momento que más me impactó fue la reacción de Clarissa. El doctor Bradshaw y su esposa llegan tarde a la fiesta y explican el motivo. A Clarissa le incomoda tanto el tema de la muerte que se siente ofendida de que se hable de ello en su fiesta. Ahí se siente como si viera la muerte como una liberación, pero pensar en liberarse la incomoda profundamente.

    La escritura de Woolf se siente como una corriente de agua que fluye de manera tan natural que es casi imposible no dejarse llevar. Hubo muchos momentos en los que sentí que estaba leyendo mis propios pensamientos. Me identifiqué mucho con lo contemplativo de Peter Walsh; tal vez por eso no quiero que me consideren un fracasado, aunque quizá lo sea. Las personas que pasamos tanto tiempo pensando tendemos a no actuar, como si quisiéramos ahorrar energía para seguir pensando.

    Esta lectura me deja la certeza de que todo pasa, incluso lo que parece una gran tragedia. Todo se convierte en recuerdo y, aunque eso nos moldea, no termina con nosotros:

    “¡Fue terrible! —gritó Peter—. Terrible, terrible. Aun así, el sol seguía calentando. Aun así, todo se supera. Aun así, la vida suma un día tras otro.”

    Sé que en mi vida hubo personas que aún me definen y que, si las vuelvo a encontrar dentro de diez años, seguirán siendo las mismas, solo más viejas. Me quedo con la idea de que los vínculos nos definen no por sí mismos, sino por lo que recordamos y por lo que decidimos hacer con ellos, incluso cuando elegimos alejarnos.

    Creo que La señora Dalloway es una novela que narra la vida cotidiana, pero que quiere hablar de lo que se esconde debajo.

  • La pasión según G.H. de Clarice Lispector

    La novela nace de un gesto tan cotidiano como entrar a un cuarto, pero dentro de esa habitación le espera a G.H. un encuentro que la invita a enfrentar algo que tal vez había estado evitando durante mucho tiempo. ¿Quién no ha entrado a una habitación esperando que sea de cierto modo y se ve sobrecogido por todo lo contrario? La luz o la oscuridad te invaden, el frío o el calor se sienten profundamente, el soplo del viento o la quietud te aprietan, rincones en la habitación atraen poderosamente tu vista. Y puede ser agradable o desagradable, pero es una sensación de descubrimiento y, más aún, te da inquietud porque sabes que lo que vas a descubrir no es solamente el entorno que te rodea, sino que las sensaciones que te provoca te llevarán a un viaje interno donde tendrás que recorrer caminos que habías evitado por mucho tiempo. Tal vez existe un punto en el que puedes evitar seguir avanzando y puedes regresar a tu cómoda —o incómoda pero conocida— vida, pero cuando ya estás ahí sabes que lo que debes hacer es avanzar.

    ¿Alguna vez has sentido que lo primitivo de la vida te toca? Eso que se siente puro y primitivo y que ni siquiera puedes poner en palabras, como cuando fui a Mazamitla y la pantera bebé me vio a los ojos. Me sobrepasó, pero al mismo tiempo me repuse de inmediato porque había mucha humanidad alrededor de mí que no me dejó quedarme dentro de sus ojos; para los demás ni siquiera pasó nada. Pues bueno, a G.H. le pasó algo mucho mayor: vio lo primitivo en un ser que es sumamente primitivo y que además era producto de miedo, asco y horror para ella desde siempre: una cucaracha.

    La parte de su identidad que se desmorona primero es su moral. La invadió el deseo de matar a la cucaracha y en su mente solo había eso de manera pura. Quién sabe, si la hubiera matado en el primer intento este libro no habría existido y G.H. se habría repuesto pronto, pero no la mató; solo la atrapó entre la puerta del armario y empezó a brotarle la vida desde su interior.

    Esta historia es completamente experiencia, pero también es completamente racional porque está basada en la vida, en conclusiones que se desprenden de la mente una vez que experimentas lo que te rodea. Todo es tan lógico como decir que si lanzas una manzana hacia arriba va a caer. Lo que descubrió G.H. está destinado a golpearnos mínimamente una vez en nuestra existencia. Pero es una experiencia tan irremediable que tal vez inconscientemente la evitamos; por eso siempre queremos estar ocupados y nos da miedo tener tiempo libre, porque no sabemos ser libres.

    De la protagonista de esta historia no hace falta ni siquiera saber su nombre, solo sus iniciales, sobre todo porque casualmente una de ellas coincide conmigo y yo sentí todo esto tan personal que también me resultó muy natural. Además, cuando tengo miedo yo también imagino una mano que busca la mía para tomarme fuerte; igual no tiene rostro porque no he conocido a nadie que pueda ser esa mano.

    Yo le tengo un miedo y un asco a un insecto que no es la cucaracha, porque donde yo vivo no hay cucarachas, pero le tengo miedo a los pinacates. Son como un tanque en miniatura. Es impresionante el ruido que hacen una vez que entran a una casa volando: chocan con algo y caen. Muchos dicen que lo que digo no es verdad, pero varias veces han entrado a mi habitación por la noche y escucho cómo empiezan a hacer ruido entre mi librero. No sé por qué se atreven a tocar mi librero, pero siempre llegan ahí. Y otra cosa que tampoco me van a creer: siempre entran de dos. Estéticamente se podría decir que son bonitos, completamente negros, brillantes, robustos, de cuerpo ovalado y caparazón duro. Pero además no son tan indefensos como mi papá dice, porque si se sienten amenazados tienen un mecanismo de defensa que les permite lanzar un aroma horrible, muy penetrante, que odio.

    Yo lo siento sumamente personal cuando entran a mi habitación, porque de toda la casa el único lugar al que entran es precisamente ahí. ¿Qué buscan? ¿A mí? Para la próxima vez que sea temporada y empiecen a llover del cielo, se escurran por debajo de la puerta y se dirijan directamente a mi espacio, no les tendré miedo; dejaré que me invada el deseo de matarlos y luego veré cómo ellos destruyen mi “yo” o me brindan una revelación de algo más profundo.

    El asco juega un papel fundamental en la transformación de G.H. Ella lo dice:

    Por el momento, el primer placer tímido que siento es el de constatar que he perdido el miedo a lo feo.

    De pronto, el asco que sentía por la cucaracha y por lo que emanaba de ella al ser aplastada por la puerta del armario se convertía en fascinación. Y esa fascinación le abrió la puerta a ver la verdad. Luego, ella llega a la conclusión de que la verdad no es buena ni mala, simplemente es. Creo que a muchos nos da miedo y por eso tratamos de ocultarla. El asunto de la cucaracha no podía ser disfrazado: era real, era algo vivo agonizando. Eso que estaba viendo, tan asqueroso, le permitía ver un reflejo de su propia naturaleza. Todo eso se convertía en una oportunidad para dejar lo humano a un lado y ver la vida, lo divino y lo primitivo.

    Siento en este relato una conexión profunda con el concepto de “existencia sin esencia”: lo que existe simplemente es, no requiere ni siquiera que lo nombremos. Todos existimos y luego tenemos una esencia.

    Pero este tipo de revelaciones se da solo por casualidad, cuando la realidad te choca. Cuando algo se sale de tus límites, te sobrepasa y se mete dentro. A G.H. le llegó cuando abrió la habitación y vio algo completamente contrario a lo que esperaba. Ella quería limpiar porque eso le permitía sentir que tenía control de su casa y, sin embargo, cuando abrió la puerta se encontró con que esa habitación ya estaba limpia. Dentro de todo, ella esperaba encontrar algo que pudiera ordenar aún, pero no algo tan contrastante como una cucaracha, que además era el objeto de su miedo.

    La imagen más fuerte y simbólica de la novela es cuando G.H. se come la materia blanca que sale del interior de la cucaracha. Eso significa una renuncia a su identidad y a lo humano: es abrazar la náusea, adoptar una libertad radical fuera de las convenciones sociales y racionales.

    He dicho más arriba en este relato que esta es una experiencia que cualquier persona puede vivir; sin embargo, para vivirla tienes que permitir que una cucaracha te haga pensar sobre cosas divinas, que te lleve a reflexionar sobre Dios, sobre la naturaleza del hombre, la mujer, el perro, el desierto y las cucarachas.

  • Agua viva de Clarice Lispector

    La voz narrativa en Agua viva de Clarice Lispector se sentía tan cercana que a veces parecía que me estaba susurrando al oído; otras veces, que era alguien a quien yo veía mientras acomodaba apurada sus instrumentos para pintar y me contaba lo que yo estaba leyendo. Sentía que estaba viendo a Clarice siendo ella. No tuve la impresión de estar observando a un personaje, sino a la mismísima autora contándome algo íntimo, casi como cuando tienes una epifanía y la compartes con tus amigos porque “esto lo tienes que saber”.

    Tal vez este tipo de obra es desconcertante porque no tiene una narrativa común, pero justo por eso me deja ver y sentir tanto que me parece maravilloso. Y como vengo de leer a Virginia Woolf, estoy muy abierta a experiencias narrativas nuevas; a Clarice Lispector la recibí con los brazos abiertos.

    A veces me descubro teniendo una idea nueva o un pensamiento provocador y lo que hago es contárselo a la gente de mi confianza, quienes sé que lo van a comprender. Esta obra es algo similar: Clarice diciendo “esto soy yo ahora”. Cuando la mente está llena de preguntas, hipótesis, intuiciones, a veces lo único que quieres es encontrar algo que te permita aterrizar esa intensidad, y eso se logra al comunicarlo. Clarice habla del instante-já, el presente absoluto: eso que se siente como agua porque el tiempo está vivo. Al principio no entendía a qué se refería. Ahora, después de varios días pensando en ello, creo que el arte que ella practicaba —la escritura y la pintura— era un intento de capturar ese presente, aunque en cuanto lo plasmaba se convertía en pasado.

    Sentí que el libro me obligaba a leer más lento y con más atención porque quería sentir todo lo que ella comunicaba. Algunas ideas necesitaban reflexión, no solo lectura, y eso hacía que mi experiencia fuera un poco más pesada… pero esa pesadez la disfruté. Quería que mi lectura no se quedara solo en “tantas páginas leídas”, sino hacerlas mías. Este tipo de libros me permite eso, y ahí está su encanto.

    Hubo fragmentos donde sentí que estaba leyendo mi propio presente. Como cuando habla de su rostro frente al espejo y del placer que le da saber que nadie más tendrá ese rostro. Aunque haya cosas que no me gustan del todo, ese rostro es mío, y nadie más lo va a tener. Eso es hermoso.

    Otro concepto que me llamó la atención es el “it”. Eso que sabemos que existe, pero no podemos nombrar ni clasificar. Algo primitivo, interno, crudo, sin forma. Cuando leí eso pensé inmediatamente en la “existencia” de Sartre: eso que está ahí sin propósito previo, que precede a la esencia, y que tal vez nunca comprendamos del todo pero seguimos persiguiendo para darle sentido.

    La narradora fluye como una corriente: a veces dice “me voy” y luego “volví”. Por eso sentía que leía fragmentos de conversaciones, momentos distintos, lugares distintos. Hay parte de esa dispersión con la que me identifiqué mucho, aunque eso prefiero guardarlo para mí (ya lo dejé anotado en mi registro de lectura).

    Algo muy evidente es que Clarice escribe como quien pinta y pinta como quien escribe. No sé cómo explicarlo, pero usa técnicas de pintura en su escritura y técnicas de escritura al pintar. Agua viva es más un cuadro que una narración, y creo que el ritmo es lo que más genera esa sensación.

    También destaca el deseo, que en este libro se ve entrelazado con lo carnal, lo espiritual y lo artístico. En algunos momentos me hizo sentir expuesta, pero no incómoda.

    Clarice escribe para atrapar lo que no se puede decir, para atrapar el “it”. Por eso su escritura es casi pictórica: quiere capturar algo que no cabe en palabras. Me hizo preguntarme: ¿qué otras cosas solo pueden verse, pero no describirse? Es una pregunta impresionante.

    A veces yo también me quedo sin palabras, pero es porque todavía no tengo las palabras correctas. Justo por eso me dio curiosidad intentar encontrar mi propio “it”: sentir o ver algo que escape de la lógica y la realidad. Siento que estoy destinada a ello.

    Leer sin trama tradicional, después de Virginia Woolf, se siente como encontrar una nueva comida favorita. Tengo claro que quiero seguir leyendo este tipo de literatura: cosas que me hagan sentir que alguien me habla al oído. No solo quiero ver escenas; quiero vivirlas.

    Agua viva me habla sobre mi forma de sentir el tiempo, el deseo y la vida. Es un libro corto que leí en tres días, aunque no de forma lineal: un día leí diez páginas y otro cuarenta. No voy a explicar por qué leí tan poco cierto día; prefiero guardarlo. Pero cada vez que cerré el libro, esos tres días, me quedé con sensaciones distintas, intensas todas.
    Si yo tuviera que describir mi experiencia con este libro en una imagen —honrando que este libro es, en esencia, un cuadro— sería: yo frente al espejo, tratando de dejar de ver mi reflejo para capturar el instante-já.