• La señora Dalloway de Virginia Woolf

    El cómo transcurre el tiempo dentro de la narrativa de Virginia Woolf es algo que se siente tan fluido, es tan natural cómo empieza y termina todo. Los acontecimientos se van presentando y dentro de ellos se va deslizando un hilo de pensamiento que le va dando forma a la historia y que es el sentido de la lectura. Este fluir del tiempo ya lo había sentido cuando leí Las olas, también de Virginia Woolf, pero en Las olas, al inicio de cada capítulo, se describía un momento del día que coincidía con la vida de los protagonistas; por ejemplo, en la niñez era el amanecer. Acá eso es mucho menos marcado, pero también muy visible.

    Aquí es muy interesante cómo dialoga el paso del tiempo externo —por ejemplo, las campanadas de Big Ben— con el tiempo interno de los personajes. Como todo gira alrededor de la preparación de la fiesta de la señora Dalloway, que al final termina siendo el momento donde más claramente los caminos de todos se juntan, aunque a lo largo del día ya se habían visto por fugaces momentos.

    En este relato el día se siente como algo inevitable: el tiempo sigue transcurriendo para todos y hay momentos que hacen que cada uno se sumerja en pensamientos tan trascendentales que contrastan con lo cotidiano de las acciones que están llevando a cabo, pero también esa cotidianeidad los saca de las profundidades de sus pensamientos y continúan dando vuelta sin parar.

    Todos los personajes utilizan mucho el recurso de recordar; tal vez es por eso por lo que, aunque sea una novela tan corta, yo siento a los personajes tan profundos, porque veo lo que están pensando y lo que recuerdan, y cómo eso contrasta también con quienes son actualmente y con las decisiones que los han llevado a estar donde están. Pareciese que durante toda la novela todos se cuestionan quiénes son y por qué están en los lugares en donde se encuentran. Algunos están algo arrepentidos, pero inmediatamente racionalizan sus decisiones y se conforman con ellas, y hay otros que se sienten completamente víctimas.

    Si hablamos, por ejemplo, de la protagonista, es la señora Dalloway mientras camina por Londres y organiza su fiesta y hace que el mundo gire a su alrededor, pero es Clarissa cuando recuerda su juventud y su vida antes de casarse.

    El percatarse de ese día que ya no era tan joven como antes le hizo recordar muchas cosas de su juventud y, aunado a eso, Peter la visita después de tantos años. Pareciese que esas cosas tan cotidianas le dan la oportunidad de abrir una puerta a algo más; el inicio puede ser el recordar algunas cosas y cuestionarse otras. Por ejemplo, cuando se cuestiona su decisión de terminar su noviazgo con Peter y regresa a ella la sensación que le dejaba estar con él, porque siempre se sentía juzgada, incomprendida, superficial e incluso tonta. Sin embargo, lo amaba profundamente, a pesar del carácter de Peter y de que nunca se sintió completamente comprendida por él tampoco.

    Sin embargo, su fiesta se presenta como un ancla en la realidad y le impide que se sumerja del todo en esos recuerdos y pensamientos. Los preparativos son un constante recordatorio de que tomó la decisión correcta al quedarse con Richard, porque le ha ofrecido una vida estable y feliz, algo que tal vez con Peter no hubiera tenido. La obsesión por esa fiesta y, en general, el empeño que pone Clarissa en cada fiesta en la cual es anfitriona se ve como un esfuerzo por evadirse, pero también por mostrarse como la señora Dalloway. Ella mantiene el equilibrio en su casa y en su mente al cumplir con lo que socialmente se espera de ella y siendo la mejor en su rol.

    Siento que últimamente no puedo evitar que el tema de la libertad se cuele en estas reflexiones que hago al terminar un libro. Pero también lo veo muy claro en esta historia. Clarissa es lo más libre que puede ser una mujer en ese momento histórico en el que se desarrolla la novela. Tomó la decisión que ella consideraba correcta al casarse con Richard porque le brindó cierta libertad, aunque parezca que no: le dio estatus —algo muy importante en ese momento— y le permitió ser el centro de algo que, en este caso, es su casa y sus fiestas. Puede parecer que Clarissa es una mujer superficial, pero no lo creo. Sin embargo, como a todos, le pesa tomar decisiones porque significa renunciar a algo, y ella renunció a algo que quería mucho: Peter. Tal vez con él no hubiera sido completamente feliz, porque Peter era un hombre que constantemente la subestimaba intelectualmente.

    Pero no solamente para Clarissa el pasado irrumpe en el presente, también para Peter, que acaba de regresar de la India y ve la ciudad tan cambiada, con tantos contrastes. Se encuentra con una sociedad completamente distinta a la que era cuando se fue y sigue recordando con muchísimo dolor el momento en que Clarissa lo dejó. Cuando se vuelven a ver, pareciese que incluso hay un sentimiento de decepción porque se ven envejecidos, pero siguen siendo los mismos, incluso siguen teniendo las mismas manías y formas de moverse, de hablar, de ser.

    El pasado irrumpe como una ola en el presente de los personajes.

    En los recuerdos de Clarissa parece que existe mucha nostalgia hacia quien era ella en su juventud y también un tanto de resquemor hacia Peter por no haber sido el hombre que ella quería. Extraña ser Clarissa y no ser solamente la señora Dalloway, aunque eso no implica que quiera renunciar a ser la señora Dalloway.

    De manera muy especial, Peter Walsh y Sally Seton significan en la vida de Clarissa aquello a lo que ella renunció para ser quien es actualmente. Son dos personas a las que amó, tal vez de forma distinta: a Peter de manera más romántica y a Sally desde una parte más libre, más inesperada, pero incluso más personal, porque la misma Clarissa define el beso que tuvo con Sally como el mejor momento de su vida.

    Ellos son lo que Clarissa perdió al elegir una vida “segura”. Por eso, cuando los recuerda, hay nostalgia y por momentos también algo de arrepentimiento, aunque no me dio la impresión de que fuera un arrepentimiento profundo que le provocara un malestar mayor. Sin duda es algo que ella quisiera ignorar más de lo que puede.

    Hay un momento donde Clarissa dice que tiene una teoría: para conocer a una persona tienes que conocer a las personas más importantes para ella y ciertos lugares. Creo que para conocer a Clarissa habría que conocer precisamente a Peter Walsh y a Sally Seton.

    El deseo en esta novela es algo más recordado que vivido. Incluso me atrevería a afirmar que también es más imaginado que vivido. Esto se ve claramente en la escena donde Peter ve a una joven bella y empieza a seguirla por la calle; todo termina cuando ella llega a su destino y entonces él se da cuenta de que en realidad no pasó nada, pero imaginar lo que podría pasar le dio, en ese momento, algo de sentido a su vida.

    Dentro de la novela hay otra historia paralela: la de Septimus. Es muy curioso, porque Clarissa y Septimus dialogan, aunque nunca se encuentren. Dialogan siendo la antítesis uno del otro. Clarissa eligió una vida donde nunca tendría que enfrentarse a lo que se enfrenta Septimus ese día. Él es un veterano de guerra que ha visto atrocidades y, además, tiene un trauma por la muerte de su amigo Evans; empieza a escuchar voces y a no distinguir lo que es real de lo imaginario.

    Septimus representa, en el mundo que habita Clarissa, aquello que hay que evitar a toda costa: lo que se sale de las normas sociales, lo indeseable. Es, sin duda, una enfermedad mental, algo que nadie quisiera padecer. Para Clarissa, la aceptación social y el sentirse en el centro y con las riendas de la situación es vital; para Septimus eso había pasado a último término, porque estaba padeciendo un dolor psíquico profundo y la incomprensión social aumentaba ese dolor.

    El que la novela se narre a partir de un día normal y cotidiano les da a las convenciones sociales un papel central en la vida de los personajes. Desde mi perspectiva, Peter tuvo una buena vida, sin embargo, socialmente era visto como un fracasado porque no tenía un puesto importante dentro del gobierno, había vivido mucho tiempo en la India y regresado “sin nada”, además de haberse casado y divorciado, y ahora buscaba casarse con una mujer que tenía dos hijos y era esposa de un general. Desde la juventud se veía que Peter iba a tener un futuro así, y creo que esa es la razón por la cual Clarissa no quiso casarse con él: ya había vislumbrado ese futuro.

    Es curioso cómo la fiesta representa un punto de conexión social, pero al mismo tiempo funciona como una máscara para Clarissa. Por eso, cuando algo se salía mínimamente del guion, le causaba gran estrés. Era una máscara eficaz, y por eso cuando Peter sí asistió a la fiesta le causó tanta incomodidad: ella sabía que Peter podía ver que estaba siendo falsa con los demás. Él la conocía lo suficiente como para notar que estaba exagerada e hipócrita con todos.

    En esta novela también se toca un tema que siempre me ha hecho ruido: la soledad. Pareciese que en esa sociedad era muy mal visto estar solo; sin embargo, todos se sentían solos. La cuestión no era sentirse solo o no, sino no aparentarlo. Yo, que soy una persona muy solitaria, sé que lo que pesa no es la soledad, sino el juicio sobre ella.

    Pareciese que los temas centrales de la novela son la mente, la sociedad y la libertad. Agregaría también el amor, aunque creo que está contenido dentro de la libertad.

    El dolor psíquico de Septimus está profundamente ligado a la mente y a cómo las experiencias externas moldean nuestros pensamientos y percepciones. Su muerte fue inesperada para mí, porque tuvo un momento de lucidez antes de morir: volvió a ser el Septimus de antes, bromeó e hizo reír a su esposa. Ese instante de lucidez es un gesto de amor final: Septimus vuelve un momento para no dejarla completamente sola antes de irse.
    Rezia, la esposa de Septimus, es un personaje muy interesante porque refleja también, de forma bastante contrastante, los temas que se abordan en la novela. Por ejemplo, ama profundamente a Septimus; sin embargo, no comprende por lo que está pasando. Ella simplemente quiere que él vuelva a ser como era antes, y el que sus cuidados no le ayuden la hace sentir impotente. Sin embargo, también carga con algo mucho más que los cuidados de su esposo: carga con los médicos, que pareciese que no ayudan en nada a Septimus con la enfermedad, y, para terminar, con la incomprensión social hacia su marido.
    Pero, sobre todo, ella era para Septimus lo que para Clarissa eran sus fiestas: un ancla, o un puente, a la realidad y a la sociedad. Así que ese momento en el que Septimus vuelve a bromear y a estar en el aquí y el ahora con Rezia es profundamente conmovedor y refleja mucho amor de parte de los dos. Luego, en menos de media página, se arrojó por la ventana y murió. Eso me sacudió mucho.

    Después de la muerte de Septimus, el segundo momento que más me impactó fue la reacción de Clarissa. El doctor Bradshaw y su esposa llegan tarde a la fiesta y explican el motivo. A Clarissa le incomoda tanto el tema de la muerte que se siente ofendida de que se hable de ello en su fiesta. Ahí se siente como si viera la muerte como una liberación, pero pensar en liberarse la incomoda profundamente.

    La escritura de Woolf se siente como una corriente de agua que fluye de manera tan natural que es casi imposible no dejarse llevar. Hubo muchos momentos en los que sentí que estaba leyendo mis propios pensamientos. Me identifiqué mucho con lo contemplativo de Peter Walsh; tal vez por eso no quiero que me consideren un fracasado, aunque quizá lo sea. Las personas que pasamos tanto tiempo pensando tendemos a no actuar, como si quisiéramos ahorrar energía para seguir pensando.

    Esta lectura me deja la certeza de que todo pasa, incluso lo que parece una gran tragedia. Todo se convierte en recuerdo y, aunque eso nos moldea, no termina con nosotros:

    “¡Fue terrible! —gritó Peter—. Terrible, terrible. Aun así, el sol seguía calentando. Aun así, todo se supera. Aun así, la vida suma un día tras otro.”

    Sé que en mi vida hubo personas que aún me definen y que, si las vuelvo a encontrar dentro de diez años, seguirán siendo las mismas, solo más viejas. Me quedo con la idea de que los vínculos nos definen no por sí mismos, sino por lo que recordamos y por lo que decidimos hacer con ellos, incluso cuando elegimos alejarnos.

    Creo que La señora Dalloway es una novela que narra la vida cotidiana, pero que quiere hablar de lo que se esconde debajo.

  • La pasión según G.H. de Clarice Lispector

    La novela nace de un gesto tan cotidiano como entrar a un cuarto, pero dentro de esa habitación le espera a G.H. un encuentro que la invita a enfrentar algo que tal vez había estado evitando durante mucho tiempo. ¿Quién no ha entrado a una habitación esperando que sea de cierto modo y se ve sobrecogido por todo lo contrario? La luz o la oscuridad te invaden, el frío o el calor se sienten profundamente, el soplo del viento o la quietud te aprietan, rincones en la habitación atraen poderosamente tu vista. Y puede ser agradable o desagradable, pero es una sensación de descubrimiento y, más aún, te da inquietud porque sabes que lo que vas a descubrir no es solamente el entorno que te rodea, sino que las sensaciones que te provoca te llevarán a un viaje interno donde tendrás que recorrer caminos que habías evitado por mucho tiempo. Tal vez existe un punto en el que puedes evitar seguir avanzando y puedes regresar a tu cómoda —o incómoda pero conocida— vida, pero cuando ya estás ahí sabes que lo que debes hacer es avanzar.

    ¿Alguna vez has sentido que lo primitivo de la vida te toca? Eso que se siente puro y primitivo y que ni siquiera puedes poner en palabras, como cuando fui a Mazamitla y la pantera bebé me vio a los ojos. Me sobrepasó, pero al mismo tiempo me repuse de inmediato porque había mucha humanidad alrededor de mí que no me dejó quedarme dentro de sus ojos; para los demás ni siquiera pasó nada. Pues bueno, a G.H. le pasó algo mucho mayor: vio lo primitivo en un ser que es sumamente primitivo y que además era producto de miedo, asco y horror para ella desde siempre: una cucaracha.

    La parte de su identidad que se desmorona primero es su moral. La invadió el deseo de matar a la cucaracha y en su mente solo había eso de manera pura. Quién sabe, si la hubiera matado en el primer intento este libro no habría existido y G.H. se habría repuesto pronto, pero no la mató; solo la atrapó entre la puerta del armario y empezó a brotarle la vida desde su interior.

    Esta historia es completamente experiencia, pero también es completamente racional porque está basada en la vida, en conclusiones que se desprenden de la mente una vez que experimentas lo que te rodea. Todo es tan lógico como decir que si lanzas una manzana hacia arriba va a caer. Lo que descubrió G.H. está destinado a golpearnos mínimamente una vez en nuestra existencia. Pero es una experiencia tan irremediable que tal vez inconscientemente la evitamos; por eso siempre queremos estar ocupados y nos da miedo tener tiempo libre, porque no sabemos ser libres.

    De la protagonista de esta historia no hace falta ni siquiera saber su nombre, solo sus iniciales, sobre todo porque casualmente una de ellas coincide conmigo y yo sentí todo esto tan personal que también me resultó muy natural. Además, cuando tengo miedo yo también imagino una mano que busca la mía para tomarme fuerte; igual no tiene rostro porque no he conocido a nadie que pueda ser esa mano.

    Yo le tengo un miedo y un asco a un insecto que no es la cucaracha, porque donde yo vivo no hay cucarachas, pero le tengo miedo a los pinacates. Son como un tanque en miniatura. Es impresionante el ruido que hacen una vez que entran a una casa volando: chocan con algo y caen. Muchos dicen que lo que digo no es verdad, pero varias veces han entrado a mi habitación por la noche y escucho cómo empiezan a hacer ruido entre mi librero. No sé por qué se atreven a tocar mi librero, pero siempre llegan ahí. Y otra cosa que tampoco me van a creer: siempre entran de dos. Estéticamente se podría decir que son bonitos, completamente negros, brillantes, robustos, de cuerpo ovalado y caparazón duro. Pero además no son tan indefensos como mi papá dice, porque si se sienten amenazados tienen un mecanismo de defensa que les permite lanzar un aroma horrible, muy penetrante, que odio.

    Yo lo siento sumamente personal cuando entran a mi habitación, porque de toda la casa el único lugar al que entran es precisamente ahí. ¿Qué buscan? ¿A mí? Para la próxima vez que sea temporada y empiecen a llover del cielo, se escurran por debajo de la puerta y se dirijan directamente a mi espacio, no les tendré miedo; dejaré que me invada el deseo de matarlos y luego veré cómo ellos destruyen mi “yo” o me brindan una revelación de algo más profundo.

    El asco juega un papel fundamental en la transformación de G.H. Ella lo dice:

    Por el momento, el primer placer tímido que siento es el de constatar que he perdido el miedo a lo feo.

    De pronto, el asco que sentía por la cucaracha y por lo que emanaba de ella al ser aplastada por la puerta del armario se convertía en fascinación. Y esa fascinación le abrió la puerta a ver la verdad. Luego, ella llega a la conclusión de que la verdad no es buena ni mala, simplemente es. Creo que a muchos nos da miedo y por eso tratamos de ocultarla. El asunto de la cucaracha no podía ser disfrazado: era real, era algo vivo agonizando. Eso que estaba viendo, tan asqueroso, le permitía ver un reflejo de su propia naturaleza. Todo eso se convertía en una oportunidad para dejar lo humano a un lado y ver la vida, lo divino y lo primitivo.

    Siento en este relato una conexión profunda con el concepto de “existencia sin esencia”: lo que existe simplemente es, no requiere ni siquiera que lo nombremos. Todos existimos y luego tenemos una esencia.

    Pero este tipo de revelaciones se da solo por casualidad, cuando la realidad te choca. Cuando algo se sale de tus límites, te sobrepasa y se mete dentro. A G.H. le llegó cuando abrió la habitación y vio algo completamente contrario a lo que esperaba. Ella quería limpiar porque eso le permitía sentir que tenía control de su casa y, sin embargo, cuando abrió la puerta se encontró con que esa habitación ya estaba limpia. Dentro de todo, ella esperaba encontrar algo que pudiera ordenar aún, pero no algo tan contrastante como una cucaracha, que además era el objeto de su miedo.

    La imagen más fuerte y simbólica de la novela es cuando G.H. se come la materia blanca que sale del interior de la cucaracha. Eso significa una renuncia a su identidad y a lo humano: es abrazar la náusea, adoptar una libertad radical fuera de las convenciones sociales y racionales.

    He dicho más arriba en este relato que esta es una experiencia que cualquier persona puede vivir; sin embargo, para vivirla tienes que permitir que una cucaracha te haga pensar sobre cosas divinas, que te lleve a reflexionar sobre Dios, sobre la naturaleza del hombre, la mujer, el perro, el desierto y las cucarachas.

  • La voz narrativa en Agua viva de Clarice Lispector se sentía tan cercana que a veces parecía que me estaba susurrando al oído; otras veces, que era alguien a quien yo veía mientras acomodaba apurada sus instrumentos para pintar y me contaba lo que yo estaba leyendo. Sentía que estaba viendo a Clarice siendo ella. No tuve la impresión de estar observando a un personaje, sino a la mismísima autora contándome algo íntimo, casi como cuando tienes una epifanía y la compartes con tus amigos porque “esto lo tienes que saber”.

    Tal vez este tipo de obra es desconcertante porque no tiene una narrativa común, pero justo por eso me deja ver y sentir tanto que me parece maravilloso. Y como vengo de leer a Virginia Woolf, estoy muy abierta a experiencias narrativas nuevas; a Clarice Lispector la recibí con los brazos abiertos.

    A veces me descubro teniendo una idea nueva o un pensamiento provocador y lo que hago es contárselo a la gente de mi confianza, quienes sé que lo van a comprender. Esta obra es algo similar: Clarice diciendo “esto soy yo ahora”. Cuando la mente está llena de preguntas, hipótesis, intuiciones, a veces lo único que quieres es encontrar algo que te permita aterrizar esa intensidad, y eso se logra al comunicarlo. Clarice habla del instante-já, el presente absoluto: eso que se siente como agua porque el tiempo está vivo. Al principio no entendía a qué se refería. Ahora, después de varios días pensando en ello, creo que el arte que ella practicaba —la escritura y la pintura— era un intento de capturar ese presente, aunque en cuanto lo plasmaba se convertía en pasado.

    Sentí que el libro me obligaba a leer más lento y con más atención porque quería sentir todo lo que ella comunicaba. Algunas ideas necesitaban reflexión, no solo lectura, y eso hacía que mi experiencia fuera un poco más pesada… pero esa pesadez la disfruté. Quería que mi lectura no se quedara solo en “tantas páginas leídas”, sino hacerlas mías. Este tipo de libros me permite eso, y ahí está su encanto.

    Hubo fragmentos donde sentí que estaba leyendo mi propio presente. Como cuando habla de su rostro frente al espejo y del placer que le da saber que nadie más tendrá ese rostro. Aunque haya cosas que no me gustan del todo, ese rostro es mío, y nadie más lo va a tener. Eso es hermoso.

    Otro concepto que me llamó la atención es el “it”. Eso que sabemos que existe, pero no podemos nombrar ni clasificar. Algo primitivo, interno, crudo, sin forma. Cuando leí eso pensé inmediatamente en la “existencia” de Sartre: eso que está ahí sin propósito previo, que precede a la esencia, y que tal vez nunca comprendamos del todo pero seguimos persiguiendo para darle sentido.

    La narradora fluye como una corriente: a veces dice “me voy” y luego “volví”. Por eso sentía que leía fragmentos de conversaciones, momentos distintos, lugares distintos. Hay parte de esa dispersión con la que me identifiqué mucho, aunque eso prefiero guardarlo para mí (ya lo dejé anotado en mi registro de lectura).

    Algo muy evidente es que Clarice escribe como quien pinta y pinta como quien escribe. No sé cómo explicarlo, pero usa técnicas de pintura en su escritura y técnicas de escritura al pintar. Agua viva es más un cuadro que una narración, y creo que el ritmo es lo que más genera esa sensación.

    También destaca el deseo, que en este libro se ve entrelazado con lo carnal, lo espiritual y lo artístico. En algunos momentos me hizo sentir expuesta, pero no incómoda.

    Clarice escribe para atrapar lo que no se puede decir, para atrapar el “it”. Por eso su escritura es casi pictórica: quiere capturar algo que no cabe en palabras. Me hizo preguntarme: ¿qué otras cosas solo pueden verse, pero no describirse? Es una pregunta impresionante.

    A veces yo también me quedo sin palabras, pero es porque todavía no tengo las palabras correctas. Justo por eso me dio curiosidad intentar encontrar mi propio “it”: sentir o ver algo que escape de la lógica y la realidad. Siento que estoy destinada a ello.

    Leer sin trama tradicional, después de Virginia Woolf, se siente como encontrar una nueva comida favorita. Tengo claro que quiero seguir leyendo este tipo de literatura: cosas que me hagan sentir que alguien me habla al oído. No solo quiero ver escenas; quiero vivirlas.

    Agua viva me habla sobre mi forma de sentir el tiempo, el deseo y la vida. Es un libro corto que leí en tres días, aunque no de forma lineal: un día leí diez páginas y otro cuarenta. No voy a explicar por qué leí tan poco cierto día; prefiero guardarlo. Pero cada vez que cerré el libro, esos tres días, me quedé con sensaciones distintas, intensas todas.
    Si yo tuviera que describir mi experiencia con este libro en una imagen —honrando que este libro es, en esencia, un cuadro— sería: yo frente al espejo, tratando de dejar de ver mi reflejo para capturar el instante-já.

  • Hace algunos años me había dispuesto a leer Al faro de Virginia Woolf porque me llamaba mucho la atención su persona y sentía que era una gran escritora. Sin embargo, nunca había tenido un acercamiento real con su literatura. La verdad no recuerdo por qué decidí que Al faro sería la obra adecuada para empezar. Solo recuerdo que lo inicié y tenía que releer los párrafos que acababa de pasar porque no entendía; me rendí en las primeras páginas, y así pasó aproximadamente tres años sin volver a intentar leer nada de ella.

    Ahora, en 2025, me encuentro con Las olas y me doy la oportunidad de leerlo. Definitivamente, creo que es de las obras más maravillosas que he leído hasta el momento. La forma en la que está escrito es tan melodiosa, con un ritmo tan distinto a cualquier otro libro que haya leído. Realmente sentí que se asemejaba mucho a cómo escucho mis pensamientos cuando presto atención: cómo describen lo que siento a mi alrededor, lo que escucho, las asociaciones que hago y cómo eso me lleva a recordar otras cosas y sacar conclusiones. Es como un hilo que se va tejiendo y que le da forma a la información que recibo de fuera y a cómo la capto por dentro.

    El lenguaje, el ritmo y la narración me revelaban muchas cosas, y al mismo tiempo me resultaban muy familiares. Era como haber estado antes en esos lugares, pero que ahora se me daban las palabras para describir eso que ya había sentido y pensado. La mayoría del libro lo leí en el patio de mi casa, bajo la sombra de una planta, escuchando los polinizadores llegar e irse, los gritos y risas de los niños de la escuela detrás de mi casa. Estaba sintiendo todo eso y, al mismo tiempo, apreciando lo que Virginia describía a través de los monólogos internos de los seis personajes.

    Me parece encantador que el tema central que reconozco en esta obra es el “ser uno mismo”, aunque paradójicamente se plantee dentro de una narración donde la voz se fragmenta entre seis perspectivas. Cada personaje es tan distinto: tienen diferentes objetivos, miedos y amores, pero al mismo tiempo pareciera que son uno mismo.

    Por momentos dudaba si eran seis personajes distintos o manifestaciones de una sola conciencia; aun así, decido quedarme con que cada uno es un individuo porque eso me permitió conectar más con cada uno. Me gusta creer que puedo coincidir con seis personas diferentes, aunque no sea en su totalidad, y eso lo hace más maravilloso.

    Conforme leía, me iba identificando con uno u otro personaje. En mi registro de lectura escribí que al inicio me identificaba con Susan. Ella fue el primer personaje con el que sentí una conexión: la impotencia que sintió cuando vio que Jinny besaba a Louis, y más adelante cuando dice:

    “No quiero que, al entrar, la gente levante la vista con admiración. Quiero dar, quiero recibir, y quiero soledad en la que desplegar cuanto tengo”.

    Sin embargo, el personaje con el que más me identifiqué fue Rhoda. Tenía una sensibilidad que la llevaba a tener muchos miedos y actuar siempre de manera esquiva, temerosa y silenciosa. Era soñadora y tenía un mundo interno enorme.

    Hubo un momento en el que pensé que Jinny era todo lo que yo nunca podría ser y que, a veces, sinceramente, sí querría ser. Sería algo que hasta ahora ha sido inalcanzable para mí. Pero también soy consciente de que ser Jinny sería renunciar a ser Susan y Rhoda, y no quiero eso nunca.

    Louis tiene algo muy particular: en la historia lo describen como alguien “universal”. Es muy racional. Siempre tuvo el complejo de su acento y de que su papá era banquero. Cuando lo vemos en su etapa adulta, se siente dueño del mundo porque tiene un trabajo importante, como si ese trabajo lo validara. En eso me identifico con él: muchas veces he sentido que mis títulos universitarios me validan porque, fuera de eso, tanto a Louis como a mí se nos ha subestimado.

    La contemplación de Bernard es impresionante; tiene algo que envidio: el don de la palabra. Le es fácil iniciar y mantener conversaciones con desconocidos, siempre tiene algo que decir, una historia que contar. Tiene una libreta de frases adecuadas para cada circunstancia. Escribe cartas. Se siente Hamlet, Shelley, un personaje de Dostoyevski, Napoleón, pero principalmente Byron. Así que ahora yo me voy a sentir Virginia.

    Neville es alguien que mira y desea más de lo que actúa. Es un poco como un hombre del subsuelo, pero que se mantiene en la superficie. Aparenta muy bien porque no quiere que nada se salga del molde, y debe ser difícil para él porque siente un amor que se sale completamente de lo establecido: Neville ama a Percival. La obra rara vez dice las cosas literalmente, pero es imposible no darse cuenta.

    El título de la obra es perfecto porque la forma en que accedo a la vida de cada personaje se siente como una ola: llega de repente y lentamente se va, y luego llega otra. Los saltos en el tiempo también se sienten así. Cada vez que leía el monólogo de otro personaje, sobre todo cuando terminaba un capítulo, sentía que habían cambiado, pero seguían siendo los mismos que conocí al inicio. Creo que la memoria funciona de manera similar: cuando recuerdo mi infancia, llega una ola con un momento específico. No recuerdo todo, pero sí ciertos escenarios con claridad, aunque cada vez esa ola traiga algo distinto o menos preciso.

    Sobre los “capítulos”, hay un simbolismo importante a través de los momentos del día —del amanecer al anochecer—, lo que da estructura a la novela. Esos extractos iniciales son bellísimos porque permiten ver el paso del tiempo a través de lo que los sentidos aprecian. La luz de la mañana no es la misma que la de la tarde, y poder “ver” eso mediante palabras me parece supremo.

    Cada personaje envejeció y se transformó. En las primeras páginas los vi siendo niños; en las últimas, a través de Bernard, los vi siendo viejos. Sé que Rhoda muere: Bernard recuerda que se arrojó desde una altura. Es una forma poética de decirlo, pero no deja lugar a dudas. Rhoda siempre se sintió ajena al mundo, evitaba los espejos y todo lo que pudiera darle una identidad definida.

    Y hablando de muertes: la más importante es la de Percival. Este personaje, para mí, es un misterio. Fue importante para todos; lo conocí a través de sus amigos. Aunque suene impopular, al inicio no entendía la devoción que le tenían: me parecía el típico hombre sumamente bello y correcto, pero sin ver mayor mérito. A mí me gustan los personajes rotos como los seis amigos. Percival parecía perfecto y eso me chocaba un poco. Luego vi a un “Percival” en mi día a día y entendí mejor lo que representaba.

    Cuando murió, afectó a todos. Neville, enamorado de él, fue el más devastado. También se menciona que Percival estaba enamorado de Susan, y paradójicamente ella no parece afectada con la misma intensidad, lo cual es curioso. Con todo, Percival era el centro que mantenía al grupo unido: su muerte les movió el mundo.

    Creo que la amistad entre los personajes les dota de una identidad y los ancla a un mundo “real”. En la historia lo dicen: los amigos son un espejo en el que te puedes mirar. Y aun así, a pesar de la conexión, todos parecen profundamente solos. Pero eso no tiene misterio: todos estamos solos, y muchas veces cuando más rodeados estamos es cuando más solos nos sentimos.

    Sostengo que Las olas es una meditación sobre la persistencia de la memoria. Ya lo dije: la memoria es como el mar; de repente llegan olas que traen recuerdos viejos o cosas nuevas. Otras veces son escuetas. Es raro, pero así es, porque esas olas las lanzamos nosotros mismos.

    Entiendo que este tipo de escritura refleja mejor el pensamiento humano que una narración tradicional. Como dije mientras leía: se sentía como un terreno conocido porque pienso todo el tiempo mientras estoy despierta, y mi pensamiento ha ido por esos mismos caminos. En una narración tradicional leo diálogos; aquí escuché pensamientos.

    Las olas no tiene una visión esperanzadora ni pesimista de la vida. Creo que tiene una visión muy real. Bernard, en las últimas páginas, sostiene que “la vida es bella”, pero también reconoce que a veces se siente como una frase inacabada. Es una imagen fuerte viniendo de quien tenía una libreta de frases para cada situación y para quien las palabras fluían naturalmente. Eso me permite comprender el vacío que sentía en ciertos momentos —algo completamente humano—.

    La imagen que más se me quedó grabada fue la muerte de Percival: esa caída del caballo en la India. Me impactó mucho; no me esperaba su muerte y está descrita con dolor a través de los demás.

    En muchos momentos sentí que el libro me hablaba directamente. Muchas de las formas en que los personajes ven el mundo las he experimentado yo. Me sentí conmovida la mayor parte del tiempo. A veces leo libros que me interesan pero no me conmueven; este me conmovió desde la primera hasta la última página.

    Si tuviera que describir este libro con una sola palabra sería: pensamiento. Y dentro de esa palabra cabe absolutamente todo.