• Una habitación propia de Virginia Woolf

    ¿Qué opciones te brinda o te da el hecho de tener una habitación propia? Una sola habitación, un espacio, una pieza. Podría incluso dirigir mi imaginación hacia algo mucho más grande, como tener una casa propia, pero tener una casa propia significa tener acceso a distintos lugares y espacios dedicados a actividades distintas. Pero ¿qué actividades realizas en una habitación aparte de dormir? Cualquier cuestión que venga a mi mente referente a esa pregunta son actividades en las que requiero un tanto de intimidad.

    Antes de comenzar a leer Una habitación propia de Virginia Woolf yo sabía que era un libro sobre las mujeres y la literatura. Yo soy una mujer que escribe y, si bien estoy viviendo muchos años después de los que vivió Virginia, entiendo y me duele la situación que ella describe en este ensayo. Todos nos lamentamos la pérdida de la biblioteca de Alejandría; supongo que duele porque era algo valioso que existía y dejó de existir. Pero de manera personal también me duele lo que ni siquiera pudo existir, pero había potencial: y es lo que muchas mujeres pudieron narrarnos a través de su literatura.

    El extracto que dice:

    “El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: ‘escribe si quieres; a mí no me importa’. El mundo le decía burlonamente: ‘¿Escribir? ¿Para qué quieres escribir?’”.

    Fue tan real porque incluso actualmente escribir cuando se hace como un pasatiempo es algo ridiculizado. Si alguien se atreve a auto llamarse escritor se le considera tonto. Actualmente pareciese que ser escritor se valida únicamente si tienes éxito y libros publicados. Pero es que además lo que es escrito por mujeres es completamente invalidado porque creen que las mujeres solo escribimos cosas sumamente sentimentales. Bueno, la cuestión es que, si así es, no le veo lo malo.

    La mirada femenina me ha salvado muchas veces: en la literatura, en la música, en el cine; pero también en la calle, en la escuela, en el trabajo, en mi casa. Yo quiero saber lo que las mujeres opinan siempre, quiero saber cómo ven la vida. Y quiero leerlas siempre.

    Sé que muchas personas leen este ensayo de Virginia Woolf como teoría feminista y entiendo por qué lo hacen. Hoy, de hecho, creo que mi primera intención al acercarme a este libro era también esa, pero debo confesar que al final terminó siendo una lectura mucho más íntima. Sobre todo, sentí varios jalones de oreja cuando decía que las mujeres muchas veces vemos fragmentada nuestra voz en lo que escribimos porque queremos escribir como los hombres. ¿Cuántas veces me he avergonzado de lo que he escrito?

    Yo no escribo ni la décima parte de lo bien que me gustaría hacerlo, pero no voy a llegar a hacerlo si sigo avergonzándome tanto.

    Yo tengo una habitación propia que es literal; ahí escribo esto que estoy escribiendo en este momento. También desde esa habitación trabajo, lo cual me permite tener una habitación propia en el sentido económico. Antes las mujeres eran sumamente pobres, y no porque no quisieran trabajar sino porque no tenían oportunidades de hacerlo. Yo, dentro de mis limitaciones, puedo hacerlo. Tal vez lo único que me falta construir es una habitación propia que sea mental y un espacio seguro para escribir. Este blog donde publico mis conclusiones sobre lo que leo es una habitación propia simbólica que he construido poco a poco y apenas está en sus cimientos.

    Las dos condiciones que Woolf plantea —dinero y espacio— siguen siendo sumamente necesarias para cualquiera que quiera escribir o dedicarse a cualquier actividad artística. Yo actualmente agregaría otra condición: el tiempo. Cumpliendo con estas tres cuestiones alguien puede consagrarse a explayar su creatividad libremente y crear representaciones de la vida a través de palabras, música, pintura o imágenes.

    Y es que incluso las personas que vociferan constantemente que el arte es mal pagado porque es algo innecesario son las personas que constantemente están escuchando música o consumiendo cine. ¿Qué sería de sus vidas si se les negara este tipo de expresiones?

    Abrir el aspecto creativo de la mente requiere de un entorno físico que no afecte la capacidad de pensar. Y esto me atrevo a decirlo con mucha certeza porque lo he visto. Yo tengo un espacio que podría considerar adecuado para escribir, pero lo construí —debo admitirlo con algo de vergüenza— no para escribir sino para trabajar. Siempre había querido escribir, pero nunca me había dado la oportunidad de hacerlo porque yo misma lo consideraba algo a lo cual no valía la pena dedicarle tiempo. Pero una vez que las condiciones estuvieron dadas, no pude resistirme y empecé a escribir.

    Judith Shakespeare, de haber existido y tener las mismas habilidades creativas y cognitivas que su hermano William Shakespeare, habría terminado suicidándose. Sí, esta hermana de Shakespeare es imaginaria, pero es un ejercicio estupendo que nos propone Virginia Woolf en el ensayo porque te permite comparar las condiciones a las que eran sometidos hombres y mujeres en ese tiempo. Todos sabemos quién es William Shakespeare; todos podemos mencionar, aunque sea una sola obra de él. Nunca he escuchado a nadie que dude de su talento. Pero si hubiera tenido una hermana con sus mismas habilidades, pero con la diferencia de que era mujer, el destino de ella hubiera sido completamente distinto: condenada a huir de su casa si no quería contraer matrimonio, viviendo en condiciones sumamente precarias y de pobreza porque ese era el destino de las mujeres solteras, no habría tenido más opción que suicidarse.

    Y eso nos abre a la posibilidad también de pensar en cuántas voces femeninas nunca tendremos la oportunidad de leer porque nunca tuvieron la oportunidad de existir. Y esto también me lleva a pensar en las autoras que yo sí he tenido oportunidad de leer últimamente, algunas muy contemporáneas como Cristina Rivera Garza y Fernanda Melchor, a través de las cuales he podido ver distintas caras de la violencia en mi país, pero también autoras como la misma Virginia, de la cual amo su mirada de lo cotidiano. Ellas han escrito como mujeres y eso me hace poder leer como mujer, por eso es por lo que me gusta tanto la literatura femenina y ahora lo entiendo.

    Creo sobre todo que han logrado escribir con una “mente andrógina”, que es un término que plantea Woolf dentro de este ensayo, donde menciona que es fatal que la mujer solo sea mujer y el hombre solo sea hombre porque eso limita nuestra visión del mundo. Creo que es una visión bastante sana porque nos permite estar abiertos en términos creativos.

    Actualmente se han puesto de moda esos términos de energía femenina y masculina y hablan de que incluso haber perdido esto es una consecuencia de las problemáticas que existen actualmente. Se nos culpa principalmente a las mujeres de adoptar posturas más masculinas y que es por eso por lo que los hombres han construido una masculinidad más violenta o hay quienes dicen que han perdido su masculinidad. La verdad ese tipo de ideas me suenan completamente absurdas, otro tipo de violencia misógina.

    El sistema nos tiene frecuentemente enojados a hombres y mujeres; tal vez eso nos hace renunciar a tener una “mente andrógina”. El enojo nos hace renunciar a una de las dos partes, pero es un mecanismo de supervivencia. Estamos enojados como estaba la sociedad de Virginia Woolf después de la guerra y de la violencia que se vivió; hoy eso no ha cambiado.

    Woolf también hace una crítica hacia el resentimiento con el cual escribían muchas mujeres que lograban escribir en ese entonces. Ella decía que ese resentimiento limitaba. Yo no estoy al 100% de acuerdo con esa afirmación. Yo creo que el resentimiento en muchos contextos es inevitable. Si plasmamos en la literatura la realidad, y en la realidad hay condiciones que nos hacen sentir violentadas y por lo tanto resentidas, tenemos que plasmarlo; es casi una responsabilidad. Pero también le doy la razón, porque como ella mencionaba, toda la literatura escrita por hombres acerca de las mujeres estaba llena de resentimiento y odio. En esos casos ya no se estaba plasmando la realidad; más bien se estaba manipulando.

    La libertad a mí siempre me ha llevado a reflexionar sobre otros temas, pero especialmente hablando de la actividad de escribir creo que escribir es un acto de libertad, una consecuencia de ser libre. Por eso, para escribir primero necesitas ser libre y muchas veces esa libertad te la da un espacio y un sustento económico.

    Me gustó mucho la ironía desde la cual escribió Woolf casi al final del texto cuando se disponía a dar una arenga. Esas últimas palabras llegaron directamente y me invitaron a muchas cosas, pero sobre todo a escribir. Me recordó la postura que tienen muchos hombres frente a las mujeres y me gustaría decir que actualmente ya no es así, pero estaría mintiendo. Así que al recordar esa visión masculina no puedo hacer nada más que no olvidarla.

    Virginia es sumamente lúcida en este ensayo. No pensó en estas cosas únicamente para escribirlas, sino que las veía constantemente; estaban en su día a día, eran parte de su realidad. Creo que ella reconocía su privilegio e hizo algo magnífico con ello, que fue escribir como mujer libre, tomar posturas, distintas perspectivas enriquecedoras, crear personajes masculinos y femeninos dándoles un trasfondo profundo y humano.

    Ella me invita a ser una escritora justo como ella lo fue, así como lo acabo de describir en el párrafo anterior. El mundo en el que ella vivió es muy distinto al mío, pero hay cuestiones esenciales que no cambian, y es justo en esos vértices donde me he encontrado con ella.

    Inicié escribiendo esto con una pregunta en la mente: ¿Qué opciones te brinda o te da el hecho de tener una habitación propia? Y yo creo que una habitación propia te brinda precisamente eso, opciones. Desde tu privacidad y soledad, tu genialidad se puede ir desbordando libremente.

  • Un dulce olor a muerte de Guillermo Arriaga

    ¿Alguna vez has dicho una mentira, ya sea grande o pequeña, que se repitió tantas veces y se volvió verdad?

    Desde el inicio de la novela se sintió muy familiar, como la narración del inicio de un día cualquiera. Ramón tenía una tiendita como esas que yo veía en mi camino hacia la preparatoria, que estaban ya abiertas esperando clientes desde temprano. El bullicio de niños corriendo de un lado a otro también es un sonido conocido para mí. Y lamentablemente también conozco la sensación de despertar con una noticia como la que sacudió a Loma Grande ese día. Pero toda esa experiencia, aunque rodeó todo mi pueblo, yo no la viví directamente porque nunca vi, sentí ni olí el dulce olor a muerte, solo dejé que me lo contaran.

    Lo que sentí también al final de la novela fue el mismo sentimiento que me acompaña cuando recuerdo ese suceso: una desesperanza y resignación tristes. También hay un poco de impotencia, una sensación incómoda de que no hay nada más que hacer que quedarse viendo. Yo no quería terminar el libro cuando faltaban 14 páginas; quise parar y dejarlo para otro día. Lamentablemente, para el día siguiente que lo leí, el final seguía siendo el que había predicho que sería.

    Es un libro lleno de escenas perturbadoras e incómodas, pero desde el primer capítulo está una que impacta tanto a Ramón como al lector: cuando encuentran el cuerpo de Adela. Pero personalmente, y no sé si los demás lectores coincidan conmigo, una de las partes que más me perturbó es cuando intentan preparar el cuerpo de Adela porque está empezando a descomponerse con el calor. Me parece muy fuerte que su cuerpo estuviera expuesto y vulnerable y en tan poco tiempo comenzara a descomponerse. También hubo otra escena que incluso me hizo plantear qué preferiría cuando yo muera: ser cremada o ser enterrada. Fue cuando el cuerpo de Adela ya estaba en su casa y las moscas se posaban en sus ojos entrecerrados; me hizo sentir vulnerable ante la idea de que las moscas se posaran con tal impunidad en los ojos de alguien.

    Es curioso porque son personajes muy humanos y desde mi contexto incluso los sentí muy conocidos, pero por quien no creí sentir una empatía inesperada fue por Justino Téllez. El delegado, la autoridad del pueblo. Él supo que el Gitano no era el asesino de Adela; se internó un poco en la investigación, pero lo dejó rápidamente. Creo que lo invadió la sensación de que era inevitable que hubiera más muertes a causa de ello. Cuando conoces quién está en la autoridad y sabes que la justicia para ellos no es una opción, cuando además sabes que culturalmente estás envuelto en dinámicas que no te permiten salir de ahí, el impulso del momento de hacer lo correcto se desvanece, se ahoga, no sobrevive mucho tiempo.

    Un simbolismo que me impactó mucho fue el del cuerpo muerto. Ya mencioné más arriba cómo me hizo sentir lo vulnerable que era el cuerpo de Adela, pero además cuando Ramón se siente aplastado por las dos Adelas me di cuenta de que cuando mueres dejas de ser y te conviertes en lo que recuerdan de ti. Para la mayoría solo era el cuerpo porque no conocieron a la Adela viva, pero para Ramón había dos Adelas: la viva que él conoció de lejos y de la cual se enamoró, y la muerta que estaba ahí tendida descomponiéndose.

    El cadáver se vuelve el centro de todo en muchos momentos porque es lo único que muchos conocían sobre Adela: es la prueba de un delito, es la forma en que muchos satisfacen su morbo, es la novedad, se vuelve un espectáculo, se vuelve un estorbo, y eso me pareció en muchos momentos muy violento. Todos quieren ver, todos quieren acercarse, quieren saber, comentar, estar en el centro. Es como si perdieran la compostura porque se embriagan con el olor a muerte.

    Es impactante cómo un acto de violencia individual, que fue el asesinato de Adela, todo el pueblo lo convierte en un acto de violencia colectivo. Incluso parece un pueblo unido primero por el morbo y después por la venganza. Pero sobre todo se unen —especialmente algunos personajes— en un silencio que resulta muy violento porque hay personajes clave que, diciendo la verdad, podrían encontrar al asesino de Adela, pero pareciera que todos tienen un pacto simbólico de silencio. Hay algunos personajes en los cuales entiendo por qué guardaron silencio, pero ahí entran algunos dilemas morales interesantes.

    Ramón sabe que Adela nunca fue su novia y que solamente cruzaron unas palabras mientras ella estuvo viva. Justino Téllez ve que la huella del zapato tiene cierta medida y sabe que el asesino no es el Gitano. Ranulfo La Amistad sabe que inventó que vio a Adela con el Gitano. Gabriela sabe que quien realmente estaba con el Gitano era ella. Astrid sabe que Adela andaba con un hombre casado.

    El silencio se presenta de distintas formas: para Ramón es cobardía; para Justino y para Gabriela es supervivencia; para Astrid es complicidad. Para La Amistad no tengo claro si es porque sabe algo más y quería desviar la atención. Puede ser que él sea el asesino; en realidad no me convence esa teoría, pero puede ser una posibilidad.

    Algo impactante también en esta novela es que en ningún momento alguien tiene intención de que se haga justicia, pero sí tienen mucha hambre de venganza. Da la sensación de que saben que la justicia no les va a llegar, que es algo que no existe o es inaccesible para ellos. Por eso la alternativa que les suena más lógica es la de matar al asesino de Adela. Hay también una urgencia de cerrar el conflicto; no importa si sacrifican a un inocente y el asesino está viviendo ahí con ellos en el pueblo. Nadie hace esto por Adela; incluso Ramón, que se dice enamorado de ella, parece que lo hace más por demostrarse hombre.

    Otro elemento que fue central desde el inicio fue cómo opera el rumor dentro del pueblo. Se corrió el rumor de la muerte, luego el rumor de que Ramón era el novio de Adela, luego el rumor de que el Gitano había matado a Adela y, al final, el rumor de la venganza que aplicaría Ramón. El rumor se impuso y nadie fue capaz de hacerle frente con la verdad. Se creó una verdad oficial a base de rumores y eso desencadenó el final.

    Hubo un momento en que ya fue imposible dar marcha atrás. Por ejemplo, para Ramón el que todos lo vieran como el novio de Adela, incluso los padres de ella, desmentir esa mentira se vería como cobardía. Fue un acto cariñoso hacia Adela no desmentir eso. Lo interesante de esa parte es que él mismo empezó a creerse esa mentira porque quería que ella en realidad estuviera enamorada de él. ¿Qué tanto estamos dispuestos a creer mentiras que nos hacen un poco felices?

    Adela era una adolescente que vivía su vida de adolescente, a excepción de que era la amante de un hombre casado. Tal vez si Astrid hubiera dicho eso le hubiera hecho más daño a Adela porque la gente en esos contextos tiene ciertos códigos que no negocian. Hubieran justificado su muerte y la hubieran repudiado más, lo cual era algo sumamente injusto.

    Tanto sus actos cuando estaba viva como las circunstancias de su muerte reflejan un profundo odio hacia las mujeres y un machismo que impera en contextos similares a los de Loma Grande. Algo que es considerado normal ni siquiera se nota porque está en el día a día. El que un hombre amenace a una mujer con matarla por serle infiel no es normal, pero en ese pueblo se veía como una consecuencia totalmente proporcional al acto. Por momentos incluso parecía que todo el pueblo se compadecía más de Ramón —que era el novio de Adela— que de la misma Adela, que era a quien habían asesinado. Era como si Ramón hubiera perdido una pertenencia valiosa.

    Yo no sé, en este momento no puedo responder si una tragedia así pudiera evitarse, porque no se trata solo de acciones individuales; es algo incluso sistémico, social, cultural, institucional. Dentro de un contexto así ni siquiera una persona que se considere libre puede salir limpia de una situación donde todo está establecido para que funcione de ese modo. Tampoco quiero decir que esto sea un destino; esta historia está forjada de decisiones humanas, pero esas decisiones se toman según las herramientas que tenga cada uno.

    Es una novela sumamente vigente, y lo digo con tristeza. Creo que seguirá vigente muchos años más porque la violencia como acto colectivo la he visto por mí misma y se ve a diario en México y en otras partes del mundo. Es una historia que dialoga perfectamente con la violencia contemporánea en México.

    Aun así, también deseo con todo mi corazón que ya no existan más Adelas. Y si llegaran a existir, me gustaría que recibieran justicia, que no hubiera impunidad para sus asesinos, que como sociedad no permitamos que estas situaciones queden, así como si nada, revictimizando a la víctima, incitando más violencia y dejándonos llevar por el morbo del dulce olor a muerte.

    Yo creo que una mentira no se vuelve real, aunque la repitan todas las personas durante mucho tiempo y en muchos lugares; eso sigue sin ser verdad. Pero sí creo que nuestras mentiras transforman la realidad, y eso es distinto.

  • Prosa Completa de Alejandra Pizarnik

    Calculó los residuos de esperanzas que yacían en su alma: ¿qué esperar?, ¿cuándo?, ¿hasta dónde?, ¿por qué?, ¿para qué?

    Actualmente, Alejandra Pizarnik es una figura popular en redes sociales, o por lo menos eso me hace creer mi algoritmo cuando me lanza un montón de videos o imágenes con poemas escritos por ella, a veces verdaderos, a veces apócrifos, o cuestiones referentes a su vida personal, como su amistad con Julio Cortázar o su suicidio. Yo la conocí gracias a esa popularidad en mi época de preparatoria, cuando no la estaba pasando nada bien y, de repente, me encontré su escrito llamado Dolor. Fue una revelación tremenda porque ella estaba describiendo lo que yo sentía y yo no había experimentado eso de manera tan directa. Me aprendí ese escrito de memoria, pero no quise leer nada más de ella.

    Siempre me han dicho que enero es mucho más frío que diciembre; lo he escuchado siempre, pero creo que solo en los últimos años de mi vida he tomado conciencia de muchas cosas. El domingo que tuve que ir al médico me di cuenta de que era verdad y subestimé los fríos anteriores que había sentido, que no eran nada comparados con lo que estaba sintiendo ese día. Llegué a mi cita puntualmente, pero el doctor no había abierto ni siquiera la puerta de la sala de espera; aunque el tianguis que estaba en esa calle ya me estaba esperando, así que fui a recorrerlo. Estaban los mismos puestos que están domingo tras domingo; aun así, yo buscaba algo nuevo en lo ya conocido. Me encontré un puesto de libros; sabía que iba a comprar algo en cuanto lo vi, y así fue. Estaba dispuesta a comprar un libro, no sabía cuál, pero lo iba a comprar. Y ahí estaba el libro Prosa completa de Alejandra Pizarnik. Me acordé de ese poema y, después de casi diez años de haberlo leído y memorizado, me estaba volviendo a sentir igual de triste y con el mismo dolor que cuando lo encontré por primera vez.

    ¡No ser! Y ahora, ¿acaso ella era? ¿Qué era? ¡Un grito de dolor! Un simulacro fastidioso de agonía humana que ocultaba un prosaico y pequeño fracaso: ¡el de su vida! Quería atribuirse la responsabilidad del vértigo universal, cuando en realidad no era más que una partícula llorosa y humillada por esa vida tan dura y tan mala, ¡vida que no comprendía, vida que no intentaba comprender, vida que no aceptaba! Tornó a sufrir.

    Sabía que no encontraría la poesía que me aparece ocasionalmente en TikTok o en Instagram, sino que iba a encontrar prosa. Me percaté de que al final había ensayos y reportajes, y yo quería saber qué podría decirme Alejandra en un ensayo. Pero también había un apartado de humor que, sinceramente, me llamó mucho la atención y, cuando lo empecé a leer, fue la parte a la que quería llegar.

    Más allá del texto que estuviera leyendo, lo que fue una constante es la sensación de que Pizarnik no escribe para explicarse o para decir algo importante; escribe para perderse aún más. Y eso me gustó mucho porque algo en lo que todos caemos —o hemos caído— cuando escribimos, pero incluso también cuando hablamos, es que queremos comunicar cosas importantes y que los demás asientan y digan que está bien, y mucho mejor si dicen que han aprendido algo de lo que escribimos. Eso hace que, cuando no escribimos con tanta maestría, sintamos que debemos dejar de hacerlo. Yo decidí iniciar este blog con la única intención de registrar mis lecturas y, para complementar, mi gusto por la lectura con mi gusto por la escritura, y esa ha sido la única intención. Por eso sigo escribiendo; si lo hiciera para comunicar algo importante, lo hubiera dejado de hacer desde mi primera entrada.

    ¡No! Todo estaba muy bien, muy correcto, muy sensato. Su cuarto vibraba de orden y belleza. Su cuerpo bien vestido y perfumado. Sus uñas luminosas, su rostro bien compuesto, su pelo simétrico y su frente intacta.

    Además de mi escoliosis de 10°, que es lo que actualmente más me preocupa, no me atrevo a comunicar que a veces, simplemente sin razón, me siento triste. Pero cuando leo a Pizarnik veo que ella también se sentía así y que, a lo largo de la historia de la humanidad, hay muchas personas que se sintieron y otras que actualmente se están sintiendo de este modo, y algunos que aún no nacen conocerán este sentimiento también. Se vuelve algo universal y me doy cuenta de que la máscara que yo uso la usarán otras personas porque no es exclusivamente mía. Eso se siente bien, pero al mismo tiempo se siente como una herida abierta que no cicatriza. Yo pensé que sí, porque desde la preparatoria no me sentía triste de esta forma, y ahora, con veintiséis años, vuelvo a sentir exactamente en cada esquina el mismo sentimiento que yo había olvidado. Pero que ni esa vez ni esta me he atrevido a comunicar a las personas que están a mi lado, por miedo a que me acusen de ingratitud y que menosprecien lo que siento, porque podría soportar todo excepto que me digan que lo que siento es pequeño y llevadero.

    Los humanos siempre queremos comunicar cosas; parece que tenemos una urgencia por decir lo que pensamos, y creo que eso nos hace humanos porque buscamos distintos medios para comunicar. A mí me gusta escuchar, ver y sentir lo que otros piensan; por eso me gusta el cine, por eso me gusta leer, porque cuando alguien me dice lo que siente sin decírmelo literalmente, me siento parte de la comunicación. Pizarnik tenía algo en contra del lenguaje porque lo veía como el medio, pero también como el límite. Yo quisiera también verlo como un límite: conocerlo y explorarlo tanto, al punto de querer más sabiendo que no se puede.

    Como una flecha venenosa, la contaminó un deseo: escribir, escribir.

    En la prosa de Alejandra Pizarnik aparece constantemente el tema de la infancia, y es curioso porque lo explora como origen y, a veces, me da la sensación también de que aparece como trauma, como un territorio perdido y corrompido. Mientras leía eso me pregunté: ¿quién es tan valiente como para escribir sobre su infancia y no narrar solo hechos, sino evocar sensaciones?

    La escritura en Pizarnik es auténtica porque no identifiqué que tuviera una intención más que escribir y perderse, como ya lo dije. Pero también hay veces que las personas se pierden para encontrarse, y creo que ella escribía así. Leí en su libro también que el poema no está completo hasta que encuentra un lector y ese lector le da un significado al poema, pero ese poema no tiene un lector determinado. Entonces, yo creo que escribes buscando y lees tratando de encontrar.

    Hubo partes de su prosa que me resultaron incómodas, densas y difíciles de sostener, y paradójicamente la mayoría de esas partes las encontré en el apartado de Humor. Si no me equivoco, llegué ahí el segundo día que estuve leyendo su libro y fue muy extraño leer el humor de Alejandra Pizarnik. Es un humor bastante fino, pero también bastante negro. Me incomodó y luego me cuestioné el porqué quería que todo lo que leyera fuera agradable según mis estándares. Me di la oportunidad de seguir leyendo, aunque me sintiera incómoda, y de ir leyendo mis propias emociones, preguntarme por qué eso me incomodaba. Simplemente era algo que no esperaba en ese apartado.

    Escribían NADA, con grandes caracteres luminosos, NADA imborrable y dolorosa, NADA desde lo más profundo de su alma. ¡NADA! Siguió pensando en la muerte. La tinta de la pluma languidecía, por lo que ella dijo: «¡Maldita lapicera!». Y rompió a llorar.

    Después de leer Prosa completa, me siento con un poco más de valor para escuchar mi propia voz. Sí, sí cambió un poco mi forma de pensar en cuanto a la escritura: me gustó recordar que incluso el lenguaje nos sirve tanto para perdernos como para encontrarnos, y para las personas que nos gusta escribir esto es algo que no debemos olvidar nunca.

  • Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza

    El clima que domina esta novela está impregnado de polvo y de encierro; casi parece que puedes oler una habitación cerrada cuando empiezas a leerla. Te genera una sensación de que pronto tendrás fiebre y empezarás a tener esos sueños extraños que tienes cuando la temperatura de tu cuerpo se vuelve irregular; estás dañándote mientras intentas curarte.

    Hace mucho tiempo que no leía nada que estuviera ambientado en México, pero además lo interesante de este libro es que está situado en una época importante de nuestro país, que es la Revolución mexicana. Sin embargo, me está contando una historia paralela que por momentos se cruza con esa causa, pero también es muy ajena, porque esa lucha tenía como objetivo no dejar fuera del progreso que estaba experimentando México a una parte muy importante de la población: los pobres, los rechazados, los locos, las prostitutas. Y, sin embargo, muchos de ellos vivieron esos años ajenos a lo que estaba pasando en el país y a esos cambios que se estaban experimentando. Siendo México un país tan grande y tan rural en ese entonces, resultaba normal. Aunque otros, estando en la misma Ciudad de México, estaban ajenos a esa realidad porque estaban sumergidos en la morfina u otras drogas. Esta historia va de ellos, porque muchos de ellos se encontraban en La Castañeda, ese hospital psiquiátrico.

    Este libro tiene múltiples escenas que me parecieron memorables y muy impactantes. La primera fue cuando Joaquín vio por primera vez a Diamantina. Siempre he admirado a las personas que se mueven de forma agradable, con gracia, con un dejo de despreocupación y, sobre todo, si están tocando un instrumento, en una obra de teatro, bailando o algo similar. Diamantina estaba tocando el piano; me imagino que no era una mujer especialmente llamativa, pero era auténtica. Me impactó porque yo he visto personas así y sé que en ese momento sientes enamorarte de ellas.

    La mirada es importante en esta novela; una mirada define según sean los ojos que la dirijan. Yo soy muchas cosas distintas según quien me vea; no significa que yo realmente sea eso, sino que así me perciben y así me tratan. A los enfermos mentales de La Castañeda les pasaba así: los médicos los miraban como expedientes, Joaquín como fotos y muchos en la sociedad simplemente no los ven.

    Y ahí, siguiendo esa línea, también entra la fotografía, porque especialmente la fotografía de Joaquín Buitrago revela, inventa, traiciona, congela, controla. De manera muy vanguardista para su época captura silencios; de forma transgresora captura prostitutas y, muy resignadamente, también captura locos y presos.

    Fue interesante notar que a veces los narradores de todo esto eran los expedientes de los enfermos de La Castañeda, pero también da la impresión de que son expedientes demasiado primitivos y simplistas. Yo no soy experta en ese tema, pero tal vez esto se sienta así por la época en la que está situada esta historia. Creo que lo más difícil de todo eso era, incluso para los doctores, identificar esa delgada línea entre “enfermo” e “incómodo”. Tal vez muchos de los que estaban ahí simplemente empezaron a ser incómodos para alguien y por esa razón los internaron.

    Es muy interesante que en esa época se hablara tanto del progreso social, económico, político, etc., pero también se justificara la exclusión de unos cuantos bajo la hipótesis de que esas personas no tenían ninguna oportunidad de progresar y que, al contrario, eran un ejemplo de la involución.

    Cuando el experimento que estaba haciendo su tío Marcos con Matilda, de convertirla en una señorita de sociedad a pesar de su origen, falló, no fue porque ella tuviera la culpa o porque fuera real que las personas como ella no pueden ser decentes, limpias, trabajadoras. Lo que sucede es que ese mismo sistema que los quiere insertar dentro, los echa afuera, y entonces ya no depende de cada individuo.

    Las instituciones en esta historia (y en la vida real) aparecen como “máquinas” normalizadoras: por ejemplo, el hospital, el Estado, la familia, la ciencia; buscaban producir ciudadanos que encajaran con los estándares aspiracionistas de esa época.

    Como dije algunos párrafos más atrás, la mirada define, y cuando nadie está mirando a Matilda ella puede ser ella libremente. Porque precisamente esa es la libertad que sintió cuando llegó a la ciudad y es el anonimato que te da el vivir en un lugar con muchísimas personas por conocer, con muchísimas calles por recorrer. Y eso me llamó mucho la atención porque yo siempre he querido sentir eso, pero en donde yo vivo todos me conocen o por lo menos me identifican, y siempre siento una responsabilidad para con esas personas, y eso me molesta. Aunque, por otro lado, también debo reconocer que cuando nadie te ve no es tan simple como poder ser tú misma: si nadie te ve por mucho tiempo, se olvidan de tus necesidades.

    Matilda es un espejo donde se refleja la injusticia de la sociedad, los prejuicios sobre las mujeres y la locura, pero yo también quiero verla como un espejo que refleja resistencia. Yo quiero creer que esos momentos en los que no dejaba de hablar ni de moverse eran una forma de ocupar un espacio que se le quería negar. Si cuando actuó varias obras de teatro se estaba expresando y divirtiendo, creo que también podría hacerlo dentro de esa “locura”, seguir haciendo eso y resistirse a ser menos incómoda.

    Joaquín busca realmente en Matilda un pedacito de las mujeres que él había amado: Diamantina y Alberta. Y hay que reconocer que las tres tenían ese rastro de querer vivir en libertad y un desprecio por las convenciones sociales de la época. La mirada de Joaquín nunca me pareció muy confiable porque siempre lo vi como alguien obsesionado, ansioso, melancólico, pero sobre todo alguien que buscaba algo, aunque ni siquiera tenía claro qué era. Al final, Matilda también decidió dejarlo porque, como todos, también quería convertirla en algo que ella no era.

    En esta historia noté que se castigaban de manera especial dos cosas: la “locura” y la sexualidad femenina fuera de norma. Pareciera que se veía como si hubiese una relación directa entre las dos cuestiones y que una llevara a la otra y viceversa. Me gusta mucho que en esta historia pude ver y reflexionar ampliamente sobre cómo la sociedad siempre busca normalizar, pero nunca atiende las raíces de lo que sucede y duele.

    El lenguaje “clínico” o “institucional” que se maneja en parte del relato llega a indignar un poco porque minimiza mucho una cuestión que es bastante compleja y la hace ver como algo que no merece tanta atención o que simplemente se reduce a una palabra. Pero, al mismo tiempo, ese lenguaje también revela cómo se percibían esos temas. Es muy fuerte que una vida sea reducida a fichas, informes y causas; considero que eso es mucha violencia. Sin duda hay momentos donde todo es muy violento, pero no por violencia directa como un golpe, sino porque el sistema es cruel e injusto con algunas personas.

    Es curioso porque en esta historia me cuestiono bastante qué es lo que pesa más: si lo que le pasó a cada uno de los personajes, lo que recuerdan de esos sucesos, o lo que ha quedado registrado de eso a través de informes, fichas o fotografías. Por ejemplo, si nadie recuerda los años que Matilda estuvo en el desierto, ¿no pasaron? ¿Qué pesa más de eso: lo que realmente pasó, lo que Matilda recuerda de sus años con Paul, o simplemente que no hay registro y por eso asumieron que ella estaba delirando e inventando cosas?

    Yo identifico dos matices en esta novela: primero, la logro ver como una investigación del pasado, pero también se siente como un juicio moral del presente. Siento que hay una crítica muy clara al “progreso” y yo coincido con ello, porque creo que si deja fuera a un sector de la población no es realmente progreso.

    Creo que en esta historia llegué a empatizar mucho con la mayoría de los personajes, pero especialmente con Matilda: siempre evitó llorar frente a alguien y, cuando lloró, tampoco la vieron, y así el título Nadie me verá llorar cobra sentido.

    Una frase que viene en el libro y que me gustó mucho es precisamente sobre la cuestión de las miradas:

    “Matilda añora más que nunca vivir en un universo sin ojos, un lugar donde lo único importante sean las historias relatadas de noche.”

    Creo que después de terminarla pasará mucho tiempo en el que seguiré reflexionando sobre todo lo que leí, porque cien años después todo sigue siendo tan vigente. Nadie me verá llorar me dejó claro que no solo duele que te miren mal, también duele que no te miren en absoluto. Y quizá esa sea una de las violencias más silenciosas que siguen existiendo. Ahora me gustaría leer sobre La Castañeda.