Prosa Completa de Alejandra Pizarnik
Calculó los residuos de esperanzas que yacían en su alma: ¿qué esperar?, ¿cuándo?, ¿hasta dónde?, ¿por qué?, ¿para qué?
Actualmente, Alejandra Pizarnik es una figura popular en redes sociales, o por lo menos eso me hace creer mi algoritmo cuando me lanza un montón de videos o imágenes con poemas escritos por ella, a veces verdaderos, a veces apócrifos, o cuestiones referentes a su vida personal, como su amistad con Julio Cortázar o su suicidio. Yo la conocí gracias a esa popularidad en mi época de preparatoria, cuando no la estaba pasando nada bien y, de repente, me encontré su escrito llamado Dolor. Fue una revelación tremenda porque ella estaba describiendo lo que yo sentía y yo no había experimentado eso de manera tan directa. Me aprendí ese escrito de memoria, pero no quise leer nada más de ella.
Siempre me han dicho que enero es mucho más frío que diciembre; lo he escuchado siempre, pero creo que solo en los últimos años de mi vida he tomado conciencia de muchas cosas. El domingo que tuve que ir al médico me di cuenta de que era verdad y subestimé los fríos anteriores que había sentido, que no eran nada comparados con lo que estaba sintiendo ese día. Llegué a mi cita puntualmente, pero el doctor no había abierto ni siquiera la puerta de la sala de espera; aunque el tianguis que estaba en esa calle ya me estaba esperando, así que fui a recorrerlo. Estaban los mismos puestos que están domingo tras domingo; aun así, yo buscaba algo nuevo en lo ya conocido. Me encontré un puesto de libros; sabía que iba a comprar algo en cuanto lo vi, y así fue. Estaba dispuesta a comprar un libro, no sabía cuál, pero lo iba a comprar. Y ahí estaba el libro Prosa completa de Alejandra Pizarnik. Me acordé de ese poema y, después de casi diez años de haberlo leído y memorizado, me estaba volviendo a sentir igual de triste y con el mismo dolor que cuando lo encontré por primera vez.
¡No ser! Y ahora, ¿acaso ella era? ¿Qué era? ¡Un grito de dolor! Un simulacro fastidioso de agonía humana que ocultaba un prosaico y pequeño fracaso: ¡el de su vida! Quería atribuirse la responsabilidad del vértigo universal, cuando en realidad no era más que una partícula llorosa y humillada por esa vida tan dura y tan mala, ¡vida que no comprendía, vida que no intentaba comprender, vida que no aceptaba! Tornó a sufrir.
Sabía que no encontraría la poesía que me aparece ocasionalmente en TikTok o en Instagram, sino que iba a encontrar prosa. Me percaté de que al final había ensayos y reportajes, y yo quería saber qué podría decirme Alejandra en un ensayo. Pero también había un apartado de humor que, sinceramente, me llamó mucho la atención y, cuando lo empecé a leer, fue la parte a la que quería llegar.
Más allá del texto que estuviera leyendo, lo que fue una constante es la sensación de que Pizarnik no escribe para explicarse o para decir algo importante; escribe para perderse aún más. Y eso me gustó mucho porque algo en lo que todos caemos —o hemos caído— cuando escribimos, pero incluso también cuando hablamos, es que queremos comunicar cosas importantes y que los demás asientan y digan que está bien, y mucho mejor si dicen que han aprendido algo de lo que escribimos. Eso hace que, cuando no escribimos con tanta maestría, sintamos que debemos dejar de hacerlo. Yo decidí iniciar este blog con la única intención de registrar mis lecturas y, para complementar, mi gusto por la lectura con mi gusto por la escritura, y esa ha sido la única intención. Por eso sigo escribiendo; si lo hiciera para comunicar algo importante, lo hubiera dejado de hacer desde mi primera entrada.
¡No! Todo estaba muy bien, muy correcto, muy sensato. Su cuarto vibraba de orden y belleza. Su cuerpo bien vestido y perfumado. Sus uñas luminosas, su rostro bien compuesto, su pelo simétrico y su frente intacta.
Además de mi escoliosis de 10°, que es lo que actualmente más me preocupa, no me atrevo a comunicar que a veces, simplemente sin razón, me siento triste. Pero cuando leo a Pizarnik veo que ella también se sentía así y que, a lo largo de la historia de la humanidad, hay muchas personas que se sintieron y otras que actualmente se están sintiendo de este modo, y algunos que aún no nacen conocerán este sentimiento también. Se vuelve algo universal y me doy cuenta de que la máscara que yo uso la usarán otras personas porque no es exclusivamente mía. Eso se siente bien, pero al mismo tiempo se siente como una herida abierta que no cicatriza. Yo pensé que sí, porque desde la preparatoria no me sentía triste de esta forma, y ahora, con veintiséis años, vuelvo a sentir exactamente en cada esquina el mismo sentimiento que yo había olvidado. Pero que ni esa vez ni esta me he atrevido a comunicar a las personas que están a mi lado, por miedo a que me acusen de ingratitud y que menosprecien lo que siento, porque podría soportar todo excepto que me digan que lo que siento es pequeño y llevadero.
Los humanos siempre queremos comunicar cosas; parece que tenemos una urgencia por decir lo que pensamos, y creo que eso nos hace humanos porque buscamos distintos medios para comunicar. A mí me gusta escuchar, ver y sentir lo que otros piensan; por eso me gusta el cine, por eso me gusta leer, porque cuando alguien me dice lo que siente sin decírmelo literalmente, me siento parte de la comunicación. Pizarnik tenía algo en contra del lenguaje porque lo veía como el medio, pero también como el límite. Yo quisiera también verlo como un límite: conocerlo y explorarlo tanto, al punto de querer más sabiendo que no se puede.
Como una flecha venenosa, la contaminó un deseo: escribir, escribir.
En la prosa de Alejandra Pizarnik aparece constantemente el tema de la infancia, y es curioso porque lo explora como origen y, a veces, me da la sensación también de que aparece como trauma, como un territorio perdido y corrompido. Mientras leía eso me pregunté: ¿quién es tan valiente como para escribir sobre su infancia y no narrar solo hechos, sino evocar sensaciones?
La escritura en Pizarnik es auténtica porque no identifiqué que tuviera una intención más que escribir y perderse, como ya lo dije. Pero también hay veces que las personas se pierden para encontrarse, y creo que ella escribía así. Leí en su libro también que el poema no está completo hasta que encuentra un lector y ese lector le da un significado al poema, pero ese poema no tiene un lector determinado. Entonces, yo creo que escribes buscando y lees tratando de encontrar.
Hubo partes de su prosa que me resultaron incómodas, densas y difíciles de sostener, y paradójicamente la mayoría de esas partes las encontré en el apartado de Humor. Si no me equivoco, llegué ahí el segundo día que estuve leyendo su libro y fue muy extraño leer el humor de Alejandra Pizarnik. Es un humor bastante fino, pero también bastante negro. Me incomodó y luego me cuestioné el porqué quería que todo lo que leyera fuera agradable según mis estándares. Me di la oportunidad de seguir leyendo, aunque me sintiera incómoda, y de ir leyendo mis propias emociones, preguntarme por qué eso me incomodaba. Simplemente era algo que no esperaba en ese apartado.
Escribían NADA, con grandes caracteres luminosos, NADA imborrable y dolorosa, NADA desde lo más profundo de su alma. ¡NADA! Siguió pensando en la muerte. La tinta de la pluma languidecía, por lo que ella dijo: «¡Maldita lapicera!». Y rompió a llorar.
Después de leer Prosa completa, me siento con un poco más de valor para escuchar mi propia voz. Sí, sí cambió un poco mi forma de pensar en cuanto a la escritura: me gustó recordar que incluso el lenguaje nos sirve tanto para perdernos como para encontrarnos, y para las personas que nos gusta escribir esto es algo que no debemos olvidar nunca.

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