Rumor y silencio
Un dulce olor a muerte de Guillermo Arriaga

¿Alguna vez has dicho una mentira, ya sea grande o pequeña, que se repitió tantas veces y se volvió verdad?

Desde el inicio de la novela se sintió muy familiar, como la narración del inicio de un día cualquiera. Ramón tenía una tiendita como esas que yo veía en mi camino hacia la preparatoria, que estaban ya abiertas esperando clientes desde temprano. El bullicio de niños corriendo de un lado a otro también es un sonido conocido para mí. Y lamentablemente también conozco la sensación de despertar con una noticia como la que sacudió a Loma Grande ese día. Pero toda esa experiencia, aunque rodeó todo mi pueblo, yo no la viví directamente porque nunca vi, sentí ni olí el dulce olor a muerte, solo dejé que me lo contaran.

Lo que sentí también al final de la novela fue el mismo sentimiento que me acompaña cuando recuerdo ese suceso: una desesperanza y resignación tristes. También hay un poco de impotencia, una sensación incómoda de que no hay nada más que hacer que quedarse viendo. Yo no quería terminar el libro cuando faltaban 14 páginas; quise parar y dejarlo para otro día. Lamentablemente, para el día siguiente que lo leí, el final seguía siendo el que había predicho que sería.

Es un libro lleno de escenas perturbadoras e incómodas, pero desde el primer capítulo está una que impacta tanto a Ramón como al lector: cuando encuentran el cuerpo de Adela. Pero personalmente, y no sé si los demás lectores coincidan conmigo, una de las partes que más me perturbó es cuando intentan preparar el cuerpo de Adela porque está empezando a descomponerse con el calor. Me parece muy fuerte que su cuerpo estuviera expuesto y vulnerable y en tan poco tiempo comenzara a descomponerse. También hubo otra escena que incluso me hizo plantear qué preferiría cuando yo muera: ser cremada o ser enterrada. Fue cuando el cuerpo de Adela ya estaba en su casa y las moscas se posaban en sus ojos entrecerrados; me hizo sentir vulnerable ante la idea de que las moscas se posaran con tal impunidad en los ojos de alguien.

Es curioso porque son personajes muy humanos y desde mi contexto incluso los sentí muy conocidos, pero por quien no creí sentir una empatía inesperada fue por Justino Téllez. El delegado, la autoridad del pueblo. Él supo que el Gitano no era el asesino de Adela; se internó un poco en la investigación, pero lo dejó rápidamente. Creo que lo invadió la sensación de que era inevitable que hubiera más muertes a causa de ello. Cuando conoces quién está en la autoridad y sabes que la justicia para ellos no es una opción, cuando además sabes que culturalmente estás envuelto en dinámicas que no te permiten salir de ahí, el impulso del momento de hacer lo correcto se desvanece, se ahoga, no sobrevive mucho tiempo.

Un simbolismo que me impactó mucho fue el del cuerpo muerto. Ya mencioné más arriba cómo me hizo sentir lo vulnerable que era el cuerpo de Adela, pero además cuando Ramón se siente aplastado por las dos Adelas me di cuenta de que cuando mueres dejas de ser y te conviertes en lo que recuerdan de ti. Para la mayoría solo era el cuerpo porque no conocieron a la Adela viva, pero para Ramón había dos Adelas: la viva que él conoció de lejos y de la cual se enamoró, y la muerta que estaba ahí tendida descomponiéndose.

El cadáver se vuelve el centro de todo en muchos momentos porque es lo único que muchos conocían sobre Adela: es la prueba de un delito, es la forma en que muchos satisfacen su morbo, es la novedad, se vuelve un espectáculo, se vuelve un estorbo, y eso me pareció en muchos momentos muy violento. Todos quieren ver, todos quieren acercarse, quieren saber, comentar, estar en el centro. Es como si perdieran la compostura porque se embriagan con el olor a muerte.

Es impactante cómo un acto de violencia individual, que fue el asesinato de Adela, todo el pueblo lo convierte en un acto de violencia colectivo. Incluso parece un pueblo unido primero por el morbo y después por la venganza. Pero sobre todo se unen —especialmente algunos personajes— en un silencio que resulta muy violento porque hay personajes clave que, diciendo la verdad, podrían encontrar al asesino de Adela, pero pareciera que todos tienen un pacto simbólico de silencio. Hay algunos personajes en los cuales entiendo por qué guardaron silencio, pero ahí entran algunos dilemas morales interesantes.

Ramón sabe que Adela nunca fue su novia y que solamente cruzaron unas palabras mientras ella estuvo viva. Justino Téllez ve que la huella del zapato tiene cierta medida y sabe que el asesino no es el Gitano. Ranulfo La Amistad sabe que inventó que vio a Adela con el Gitano. Gabriela sabe que quien realmente estaba con el Gitano era ella. Astrid sabe que Adela andaba con un hombre casado.

El silencio se presenta de distintas formas: para Ramón es cobardía; para Justino y para Gabriela es supervivencia; para Astrid es complicidad. Para La Amistad no tengo claro si es porque sabe algo más y quería desviar la atención. Puede ser que él sea el asesino; en realidad no me convence esa teoría, pero puede ser una posibilidad.

Algo impactante también en esta novela es que en ningún momento alguien tiene intención de que se haga justicia, pero sí tienen mucha hambre de venganza. Da la sensación de que saben que la justicia no les va a llegar, que es algo que no existe o es inaccesible para ellos. Por eso la alternativa que les suena más lógica es la de matar al asesino de Adela. Hay también una urgencia de cerrar el conflicto; no importa si sacrifican a un inocente y el asesino está viviendo ahí con ellos en el pueblo. Nadie hace esto por Adela; incluso Ramón, que se dice enamorado de ella, parece que lo hace más por demostrarse hombre.

Otro elemento que fue central desde el inicio fue cómo opera el rumor dentro del pueblo. Se corrió el rumor de la muerte, luego el rumor de que Ramón era el novio de Adela, luego el rumor de que el Gitano había matado a Adela y, al final, el rumor de la venganza que aplicaría Ramón. El rumor se impuso y nadie fue capaz de hacerle frente con la verdad. Se creó una verdad oficial a base de rumores y eso desencadenó el final.

Hubo un momento en que ya fue imposible dar marcha atrás. Por ejemplo, para Ramón el que todos lo vieran como el novio de Adela, incluso los padres de ella, desmentir esa mentira se vería como cobardía. Fue un acto cariñoso hacia Adela no desmentir eso. Lo interesante de esa parte es que él mismo empezó a creerse esa mentira porque quería que ella en realidad estuviera enamorada de él. ¿Qué tanto estamos dispuestos a creer mentiras que nos hacen un poco felices?

Adela era una adolescente que vivía su vida de adolescente, a excepción de que era la amante de un hombre casado. Tal vez si Astrid hubiera dicho eso le hubiera hecho más daño a Adela porque la gente en esos contextos tiene ciertos códigos que no negocian. Hubieran justificado su muerte y la hubieran repudiado más, lo cual era algo sumamente injusto.

Tanto sus actos cuando estaba viva como las circunstancias de su muerte reflejan un profundo odio hacia las mujeres y un machismo que impera en contextos similares a los de Loma Grande. Algo que es considerado normal ni siquiera se nota porque está en el día a día. El que un hombre amenace a una mujer con matarla por serle infiel no es normal, pero en ese pueblo se veía como una consecuencia totalmente proporcional al acto. Por momentos incluso parecía que todo el pueblo se compadecía más de Ramón —que era el novio de Adela— que de la misma Adela, que era a quien habían asesinado. Era como si Ramón hubiera perdido una pertenencia valiosa.

Yo no sé, en este momento no puedo responder si una tragedia así pudiera evitarse, porque no se trata solo de acciones individuales; es algo incluso sistémico, social, cultural, institucional. Dentro de un contexto así ni siquiera una persona que se considere libre puede salir limpia de una situación donde todo está establecido para que funcione de ese modo. Tampoco quiero decir que esto sea un destino; esta historia está forjada de decisiones humanas, pero esas decisiones se toman según las herramientas que tenga cada uno.

Es una novela sumamente vigente, y lo digo con tristeza. Creo que seguirá vigente muchos años más porque la violencia como acto colectivo la he visto por mí misma y se ve a diario en México y en otras partes del mundo. Es una historia que dialoga perfectamente con la violencia contemporánea en México.

Aun así, también deseo con todo mi corazón que ya no existan más Adelas. Y si llegaran a existir, me gustaría que recibieran justicia, que no hubiera impunidad para sus asesinos, que como sociedad no permitamos que estas situaciones queden, así como si nada, revictimizando a la víctima, incitando más violencia y dejándonos llevar por el morbo del dulce olor a muerte.

Yo creo que una mentira no se vuelve real, aunque la repitan todas las personas durante mucho tiempo y en muchos lugares; eso sigue sin ser verdad. Pero sí creo que nuestras mentiras transforman la realidad, y eso es distinto.

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