Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza
El clima que domina esta novela está impregnado de polvo y de encierro; casi parece que puedes oler una habitación cerrada cuando empiezas a leerla. Te genera una sensación de que pronto tendrás fiebre y empezarás a tener esos sueños extraños que tienes cuando la temperatura de tu cuerpo se vuelve irregular; estás dañándote mientras intentas curarte.
Hace mucho tiempo que no leía nada que estuviera ambientado en México, pero además lo interesante de este libro es que está situado en una época importante de nuestro país, que es la Revolución mexicana. Sin embargo, me está contando una historia paralela que por momentos se cruza con esa causa, pero también es muy ajena, porque esa lucha tenía como objetivo no dejar fuera del progreso que estaba experimentando México a una parte muy importante de la población: los pobres, los rechazados, los locos, las prostitutas. Y, sin embargo, muchos de ellos vivieron esos años ajenos a lo que estaba pasando en el país y a esos cambios que se estaban experimentando. Siendo México un país tan grande y tan rural en ese entonces, resultaba normal. Aunque otros, estando en la misma Ciudad de México, estaban ajenos a esa realidad porque estaban sumergidos en la morfina u otras drogas. Esta historia va de ellos, porque muchos de ellos se encontraban en La Castañeda, ese hospital psiquiátrico.
Este libro tiene múltiples escenas que me parecieron memorables y muy impactantes. La primera fue cuando Joaquín vio por primera vez a Diamantina. Siempre he admirado a las personas que se mueven de forma agradable, con gracia, con un dejo de despreocupación y, sobre todo, si están tocando un instrumento, en una obra de teatro, bailando o algo similar. Diamantina estaba tocando el piano; me imagino que no era una mujer especialmente llamativa, pero era auténtica. Me impactó porque yo he visto personas así y sé que en ese momento sientes enamorarte de ellas.
La mirada es importante en esta novela; una mirada define según sean los ojos que la dirijan. Yo soy muchas cosas distintas según quien me vea; no significa que yo realmente sea eso, sino que así me perciben y así me tratan. A los enfermos mentales de La Castañeda les pasaba así: los médicos los miraban como expedientes, Joaquín como fotos y muchos en la sociedad simplemente no los ven.
Y ahí, siguiendo esa línea, también entra la fotografía, porque especialmente la fotografía de Joaquín Buitrago revela, inventa, traiciona, congela, controla. De manera muy vanguardista para su época captura silencios; de forma transgresora captura prostitutas y, muy resignadamente, también captura locos y presos.
Fue interesante notar que a veces los narradores de todo esto eran los expedientes de los enfermos de La Castañeda, pero también da la impresión de que son expedientes demasiado primitivos y simplistas. Yo no soy experta en ese tema, pero tal vez esto se sienta así por la época en la que está situada esta historia. Creo que lo más difícil de todo eso era, incluso para los doctores, identificar esa delgada línea entre “enfermo” e “incómodo”. Tal vez muchos de los que estaban ahí simplemente empezaron a ser incómodos para alguien y por esa razón los internaron.
Es muy interesante que en esa época se hablara tanto del progreso social, económico, político, etc., pero también se justificara la exclusión de unos cuantos bajo la hipótesis de que esas personas no tenían ninguna oportunidad de progresar y que, al contrario, eran un ejemplo de la involución.
Cuando el experimento que estaba haciendo su tío Marcos con Matilda, de convertirla en una señorita de sociedad a pesar de su origen, falló, no fue porque ella tuviera la culpa o porque fuera real que las personas como ella no pueden ser decentes, limpias, trabajadoras. Lo que sucede es que ese mismo sistema que los quiere insertar dentro, los echa afuera, y entonces ya no depende de cada individuo.
Las instituciones en esta historia (y en la vida real) aparecen como “máquinas” normalizadoras: por ejemplo, el hospital, el Estado, la familia, la ciencia; buscaban producir ciudadanos que encajaran con los estándares aspiracionistas de esa época.
Como dije algunos párrafos más atrás, la mirada define, y cuando nadie está mirando a Matilda ella puede ser ella libremente. Porque precisamente esa es la libertad que sintió cuando llegó a la ciudad y es el anonimato que te da el vivir en un lugar con muchísimas personas por conocer, con muchísimas calles por recorrer. Y eso me llamó mucho la atención porque yo siempre he querido sentir eso, pero en donde yo vivo todos me conocen o por lo menos me identifican, y siempre siento una responsabilidad para con esas personas, y eso me molesta. Aunque, por otro lado, también debo reconocer que cuando nadie te ve no es tan simple como poder ser tú misma: si nadie te ve por mucho tiempo, se olvidan de tus necesidades.
Matilda es un espejo donde se refleja la injusticia de la sociedad, los prejuicios sobre las mujeres y la locura, pero yo también quiero verla como un espejo que refleja resistencia. Yo quiero creer que esos momentos en los que no dejaba de hablar ni de moverse eran una forma de ocupar un espacio que se le quería negar. Si cuando actuó varias obras de teatro se estaba expresando y divirtiendo, creo que también podría hacerlo dentro de esa “locura”, seguir haciendo eso y resistirse a ser menos incómoda.
Joaquín busca realmente en Matilda un pedacito de las mujeres que él había amado: Diamantina y Alberta. Y hay que reconocer que las tres tenían ese rastro de querer vivir en libertad y un desprecio por las convenciones sociales de la época. La mirada de Joaquín nunca me pareció muy confiable porque siempre lo vi como alguien obsesionado, ansioso, melancólico, pero sobre todo alguien que buscaba algo, aunque ni siquiera tenía claro qué era. Al final, Matilda también decidió dejarlo porque, como todos, también quería convertirla en algo que ella no era.
En esta historia noté que se castigaban de manera especial dos cosas: la “locura” y la sexualidad femenina fuera de norma. Pareciera que se veía como si hubiese una relación directa entre las dos cuestiones y que una llevara a la otra y viceversa. Me gusta mucho que en esta historia pude ver y reflexionar ampliamente sobre cómo la sociedad siempre busca normalizar, pero nunca atiende las raíces de lo que sucede y duele.
El lenguaje “clínico” o “institucional” que se maneja en parte del relato llega a indignar un poco porque minimiza mucho una cuestión que es bastante compleja y la hace ver como algo que no merece tanta atención o que simplemente se reduce a una palabra. Pero, al mismo tiempo, ese lenguaje también revela cómo se percibían esos temas. Es muy fuerte que una vida sea reducida a fichas, informes y causas; considero que eso es mucha violencia. Sin duda hay momentos donde todo es muy violento, pero no por violencia directa como un golpe, sino porque el sistema es cruel e injusto con algunas personas.
Es curioso porque en esta historia me cuestiono bastante qué es lo que pesa más: si lo que le pasó a cada uno de los personajes, lo que recuerdan de esos sucesos, o lo que ha quedado registrado de eso a través de informes, fichas o fotografías. Por ejemplo, si nadie recuerda los años que Matilda estuvo en el desierto, ¿no pasaron? ¿Qué pesa más de eso: lo que realmente pasó, lo que Matilda recuerda de sus años con Paul, o simplemente que no hay registro y por eso asumieron que ella estaba delirando e inventando cosas?
Yo identifico dos matices en esta novela: primero, la logro ver como una investigación del pasado, pero también se siente como un juicio moral del presente. Siento que hay una crítica muy clara al “progreso” y yo coincido con ello, porque creo que si deja fuera a un sector de la población no es realmente progreso.
Creo que en esta historia llegué a empatizar mucho con la mayoría de los personajes, pero especialmente con Matilda: siempre evitó llorar frente a alguien y, cuando lloró, tampoco la vieron, y así el título Nadie me verá llorar cobra sentido.
Una frase que viene en el libro y que me gustó mucho es precisamente sobre la cuestión de las miradas:
“Matilda añora más que nunca vivir en un universo sin ojos, un lugar donde lo único importante sean las historias relatadas de noche.”
Creo que después de terminarla pasará mucho tiempo en el que seguiré reflexionando sobre todo lo que leí, porque cien años después todo sigue siendo tan vigente. Nadie me verá llorar me dejó claro que no solo duele que te miren mal, también duele que no te miren en absoluto. Y quizá esa sea una de las violencias más silenciosas que siguen existiendo. Ahora me gustaría leer sobre La Castañeda.

Dejar un comentario