Por: Guadalupe Montoya

—Maldito frío —murmuró con los dientes entrecerrados mientras se frotaba los brazos con la mano contraria.

Se quedó esperando un escalofrío que no llegaba; incluso detuvo la marcha, como si lo que necesitara fuera concentración, pero eso solo hizo que el frío se sintiera más interno. Lo que estaba frío eran sus huesos.

Estaba tan mojado que daba la impresión de que era más líquido que sólido. No se secaba por más que pasaba el tiempo; parecía que el agua salía dentro de él y, sin embargo, tenía tanta sed. Era una sed constante, pero cuando le prestaba atención, le daba una rabia desproporcionada, aunque en ese momento esa rabia poco a poquito se convertía en más agua que salía por sus ojos.

Se dio cuenta de que había dejado de pisar el terreno pedregoso; ahora estaba pisando algo mucho más sólido, un camino pavimentado. Estaba parado en la orilla de la carretera. Sin pensarlo mucho continuó caminando, ya estaba bien entrada la noche. Miró para arriba y pudo ver las estrellas; incluso sintió un poquito de consuelo al verlas. Pensó que, si su hijita estuviera ahí, de seguro le señalaría la estrella más brillante y le diría: “mira, papi, ese es un planeta”

Se puso a buscar la estrella más brillante del cielo, pero justo cuando ubicaba una, aparecía otra más brillante. En eso estaba cuando el ladrido de un perro lo desconcentró.

—Fregado perrito, ¿para qué me asustas? —gritó mientras hacía un ademán para asustar al perro.

Pero el perro no reaccionó a ese ademán, lanzó unos ladridos más hacia su dirección, pero al poco tiempo se echó a correr.

Se quedó viendo hacia donde el perro corría, y le dieron ganas de correr detrás de él, pero iban para lados contrarios. Se dio la vuelta y siguió avanzando. A los pocos minutos, vio que las luces de una camioneta iluminaban la carretera, cada vez se acercaban más por detrás de él.

Sintió un destello de esperanza y alzó la mano en señal de pedir un aventón, pero la camioneta pasó. Se sintió estúpido por esperar un resultado diferente. Ya no se separó del camino, siguió avanzando a un lado de la carretera. Casi no pasaban camionetas, era una carretera solitaria.

Iba avanzando por una curva cuando tuvo la impresión de haber pasado con su moto por ahí muchas veces. Levantó la vista y se percató de que el paisaje había cambiado. Ya estaba cerca de casa, solo unos kilómetros más. Esa vegetación seca y hosca entre la que había crecido era fácilmente reconocible.

Al reconocerse cerca sentía un impulso de avanzar, a pesar del frío y la constante agua que le escurría. Aunque fuera difícil tenía que llegar.

Disfrutaba del silencio que le ofrecía el momento, ese silencio que en muchas ocasiones había sentido asfixiante, ahora era reconfortante para su pesado caminar. Para él últimamente todo había durado mucho, lo desagradable no terminaba.

Otra vez los faros de una camioneta iluminaron la carretera, pero no sólo fueron los faros y el rugido del motor los que irrumpieron en el silencio de la noche. Era una camioneta con música fuerte y a alta velocidad.

Sintió unas espinas clavándosele en el pecho con violencia. Y se puso a medio carril sin pensarlo, como hacía tantas otras cosas cuando estaba molesto.

—Esos presumidos que solo van al norte para regresar al rancho a presumir sus troconas y palacios que construyen —dijo molesto mientras intentaba escupir en el suelo—. Yo no sería así de presumido.

Cuando dijo eso recordó que ya lo había dicho en una conversación que había tenido con su esposa:

—Ya veremos cuando regreses Leandro —le había respondido su esposa mientras sonreía.

—Nombre ya verás, yo solo voy para construir una casa e irnos de casa de tu mamá —había dicho mientras trataba de convencerse a sí mismo—. Es por pura necesidad que yo voy.

Ahora que estaba caminando por la carretera y lo recordaba, tímidamente dejó asentar una verdad dentro de él y era que, sí se había ido para construir un patrimonio, pero también había sido porque quería conocer algo más allá de un pueblo tunero.

El impulso que había sentido al reconocer el entorno se le estaba yendo entre pensamientos y arrepentimientos. Una vez que empezó a sentirse culpable, los demás remordimientos vinieron detrás.

La incertidumbre de no saber qué tan diferente sería su vida si hubiera terminado la prepa. Los regaños de sus padres y la decepción que le causó a su novia que ahora es su esposa le habían hecho dudar muchas veces de esa decisión.

Empezaba a rumiar cada vez más hasta el punto en que sentía culpa por no haberle explicado a su hija que no siempre las estrellas más grandes eran planetas.

Avanzaba lento y con pasos chiquitos, porque sus pensamientos lo hacían más pesado. Hasta le dio la impresión de estar en el mismo lugar. Volteó para atrás, algo no encajaba del todo. Justo a un lado de la carretera había una palma, junto un huizache, pero ahora daban la impresión de estar más lejos uno del otro.

Sintió que en la carretera con sus líneas chuecas que definían los carriles le estaban cansando la vista, así que decidió acortar camino por medio de los campos. Volvió la vista a la palma y seguía lejos del huizache.

No podía dar pasos más grandes, pero empezó a dar pasos más rápidos. La sensación de agua entrando por la nariz se acrecentó.

Pasó junto a una palma y la observó detenidamente, pero casi con pudor, sin girar la cabeza. Avanzó unos metros y luego volteó a ver la palma.

—No chingues —dijo irritado—. Ahora resulta que estas cosas se mueven ¿cuál me había dicho mi apá que era el nombre de estas palmas? —se preguntó a sí mismo mientras volvió a hacer el ademán de tocarse la barbilla.

Se quedó quieto, observando a su alrededor. Vio una rata de campo que salió de entre un nopal y recordó cuando sus amigos y él iban por la noche a cazar ratas para hacer un caldo después. En esas ocasiones nunca había visto nada extraño en el campo.

De repente por detrás de él, percibió cómo algo se movía lentamente, se acercaba, pero no quiso voltear. Justo detrás de él se detuvo, lo rodeó.

No entendía por qué simplemente no lo estaba atravesando, pero se quedó muy quieto y de reojo empezó a ver por la derecha un tronco áspero y alto con una enorme corona de hojas largas, rígidas y puntiagudas; era una palma.

Leandro estaba suspendido, no sabía qué sensación lo invadía más: si lo maravillado que se sentía; el terror por estar viendo algo que no debería; o la nostalgia y enojo por saber que esto sucedía hasta ahora.

—¡Yuca, se llaman yucas! —gritó casi sin darse cuenta e inmediatamente se tapó la boca —. Ja, ja, ja ¡no me escucharon!

La vegetación del semidesierto seguía moviéndose. Algunas yucas movían únicamente sus brazos y se desplazaban un poco. Las yucas que no tenían muchas ramificaciones se movían y tambaleaban un poco más.

Antes de ver esto, Leandro, solo creía que estas plantas se asemejaban a un viejito bigotón. Las hojas delgadas, largas y puntiagudas les daban un aspecto de viejas. Algunas con muchas ramificaciones y otras individuales como si fueran conscientes de que tener muchos hijos en el semidesierto no fuera conveniente.

Pensó en sus dos hijos.

Volvió a salir una rata de campo, y Leandro la siguió con la mirada hasta que se escondió debajo de otro nopal. Era un nopal tosco y pesado, una planta humilde.

— Tú no eres viejo ni nuevo —le dijo Leandro al nopal—. Eres necesario para los guisos de mi amá.

Después de mucho tiempo de no hacerlo, Leandro pensó en sus padres.

Ese nopal no tenía tunas espectaculares, pero otros a su alrededor sí. Leandro sintió una desesperación atroz por no poder comerse alguna. No tenía hambre, pero tenía mucha sed. Una tuna jugosa sería la solución, pero, aunque hubiera muchas, no podía tomar ninguna.

Recordó que hacía dos meses se había dado cuenta de que en vez de corazón tenía una tuna, una tuna cardona. Tenía semillas, tenía pulpa y para su desgracia tenía espinas. Y empezó a ser dolorosamente consciente de las espinas, lo que lo obligó a mirarse el pecho y poner modestamente la mano ahí para seguir avanzando a paso forzado con la mirada baja.

Al levantar la mirada se encontró con un quiote de maguey y lo recorrió con los ojos hasta llegar a la punta. Empezó a reír dejando escapar aire entre los dientes a causa del recuerdo de que en su infancia creía que esos quiotes eran árboles. Le habían llamado la atención porque parecían árboles rectos y pelones que habían decidido soltar ramas hasta estar lo más alto posible.

A causa de una ráfaga de aire las ramas de un mezquite se movieron violentamente por un momento. Al voltear hacia él, Leandro pudo ver a causa de sus recuerdos cómo en los días de campo se refugiaba bajo la sombra de un generoso mezquite.

Hacía ya bastantes años que no caminaba en el campo abierto. Como paisaje todo eso le parecía conocido, pero ahora lo veía no como un todo sino como un conjunto de cosas distintas y singularmente particulares.

Cada que recordaba algo sentía como las espinas de la tuna que tenía en el pecho se le encajaban violentamente

—Tengo que llegar a casa, tengo que llegar a casa, tengo que llegar a casa —empezó a repetir como un mantra mientras quiso acelerar el paso otra vez—. ¿Para qué? —dijo de golpe y detuvo la marcha.

De golpe fue consciente nuevamente de sus huesos fríos, de su acuosidad y dolor en los pulmones.

—Estoy muerto —dijo despacito—. No alcancé a cruzar el río —continuó—. Nunca regresaré a casa, a una casa propia.

Se quedó quieto. Las espinas de la tuna que tenía en el pecho se le hundieron un poco más.

—Estoy muerto y sigo pensando en esas cosas —dijo mientras se dio una palmada en la frente que chapoteó como si hubiera golpeado un charco de agua—. Solo necesito regresar a la casa, ver a mi esposa y chiquillos, porque yo no sé si ellos ya saben de mi muerte, pero si no, pues yo quiero estar ahí cuando se enteren —terminó de decir esas palabras, tratando de hacerlas sonar para sí mismo menos crueles.

El cielo empezó a pasar de un oscuro profundo y estrellado a un morado con menos estrellas. Y a esas alturas del día Leandro se iba alejando del campo para entrar al pueblo. Volteó para ver con nostalgia a las yucas, y le dieron ganas de conservar esa imagen en su memoria para siempre.

Entró por el camino principal, uno que había recorrido cientos de veces durante toda su vida. Ese pueblo seguía existiendo, y estaba exactamente igual que la mañana en que se había marchado de ahí hacía dos meses. Las mismas calles, el mismo sonido del molino funcionando desde temprano, el mismo grupo de perros callejeros. Mismos que se veían desconcertados al pasar de Leandro.

Continuó caminando casi de manera automática hacia la casa de su suegra donde había vivido por diez años desde que se había casado con su esposa. Esa casa donde hacía siete años había nacido su niña y hacía dos su bebé.

Ya había amanecido cuando estaba frente a la casa. Vio la camioneta vieja y destartalada de su suegro estacionada afuera, como siempre. Y se dispuso a entrar.

Junto a la puerta, colgado, todavía le esperaba el casco de su moto. Estaba exactamente donde lo había dejado y tenía el mismo rayón de aquella vez que se le cayó por intentar colgarlo sin encender la luz.

Ahí apenas entrando en la sala estaba la cobija del bebé, ojalá no tuviera la nariz llena de agua para poder olerla. Siguió avanzando y vio cómo por la ventana que estaba al fondo del pasillo ya entraba bastante luz. Nunca había visto la luz que entraba a esa hora, él siempre se iba a trabajar antes. Nuevamente tuvo el presentimiento de una sensación que no llegó, él ya no podía sentir el calor del sol por la mañana.

Giró a la izquierda y vio la puerta de la habitación entreabierta, asomó un ojo y vio tres bultos tirados en la cama. Aún estaban dormidos, por fin los estaba viendo. Solo podía llenarse los ojos con esa escena, no podía hacer nada más.

—No tardan en despertar —dijo mientras se acercaba a la ventana como si quisiera taparla, pero él ya no tenía sombra.

En ese momento su hija despertó, siempre despertaba, pero no abría los ojos hasta un rato después. Después de un rato de luchar contra el sueño, la niña se estiró y lanzó un bostezo largo. Con la cara cobijada hasta la mitad volteó hacia la ventana y se quedó viendo detenidamente.

Sin dejar de ver hacia allí, con una mano empezó a sacudir a su mamá y con la voz adormilada le dijo:

—Mami, esa palma ayer estaba más lejos.

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